Asistir a los horrores del mundo como si fueran una película

«Si no quieres un hombre políticamente desgraciado, no le des dos aspectos de los problemas para que se preocupe. Dale uno. O mejor aún: no le des ninguno. Deja que olvide que hay una cosa que se llama guerra (…). Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o el nombre de las capitales de los estados, o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Empáchalos con datos no combustibles. Llénalos de hechos hasta que no puedan más pero se sientan excelentemente informados. Así les parecerá que piensan, tendrán la sensación de que se mueven sin que realmente se muevan nada. Y serán felices, porque este tipo de hechos no cambia. No les des materias escurridizas, como la filosofía o la sociología, para que comiencen a conectar las cosas. Eso lleva a la melancolía (…). Adelante entonces con los clubes y las fiestas, los acróbatas y los magos, los temerarios, los coches de reacción y las bicicletas-helicóptero, el sexo y la heroína, más de todo lo que tenga que ver con los reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la película no dice nada, si la obra es vacía, inyéctame teramina, una dosis fuerte. Creeré que respondo a la obra, cuando de hecho será únicamente una reacción táctil a las vibraciones. Pero es igual. Sólo busco un buen entretenimiento».

Ray Bradbury publicó Farenheit 451 en 1953, una novela en la que los bomberos se encargan de localizar y quemar libros, y quienes los poseen son castigados por desafiar un sistema basado en la banalidad. Los libros son armas que alientan el pensamiento crítico, que esconden el peligroso humanismo desterrado de una sociedad esclavizada por las pantallas que emiten constantemente estímulos vacíos de significado. Cualquiera que desarrolle opiniones propias que se atrevan a cuestionar cómo funcionan las cosas es eliminado. Y la guerra aparece como ruido de fondo, normalizada, apenas una molestia sin incidencia real en el día a día. Es en ese contexto que se desarrolla la charla entre el capitán Beatty y Guy Montag, el protagonista de la historia, cuando la semilla de la duda amenaza con germinar en su conciencia.

Avanzamos 63 años.

«Tengo los votantes más leales. ¿Alguna vez habían visto algo así? Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida, disparar a alguien y aun así no perdería votos».

Esto lo dijo Donald Trump, curiosamente en Iowa, en enero de 2016 en un acto de la campaña para las primarias de la candidatura republicana. Todavía, pues, no era candidato a las elecciones presidenciales, y pensar en que pudiera ser elegido presidente de EEUU aún sonaba a broma pesada. Pero él sabía perfectamente lo que decía. Vaya si lo sabía.

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El (desalentador) síndrome de Estocolmo

viñeta El Roto
El Roto y sus mensajes directos al estómago.

Ponerse a pensar en lo que ocurre en el mundo, violencia, abusos, guerras, injusticias, hambrunas, derroche de recursos, destrucción del medio ambiente, explotación laboral y de todos los tipos que a uno se le puedan ocurrir… Pensar en todo ello resulta muy deprimente. Yo lo hago, bastante a menudo, y acabo por tener que dejarlo porque mi cerebro amenaza con explotar. Plantearse que la situación pueda cambiar, no ya a corto plazo, sino a siglos vista, me parece tan utópico como confiar en que quienes dirigen el mundo, gente sin escrúpulos, desarrollen la conciencia social que con tanta indiferencia pisotean.

Es cierto que también hay personas por todo el planeta que actúan de forma muy distinta, que hacen de la empatía su motor de acción, que tratan de oponer resistencia a la deriva macrodestructiva que empuja a nuestra civilización. El problema es que siempre ha sido mucho más fácil, y rápido, destruir que construir. Que la industria armamentística sea la que marca el paso de los gobernantes lo dice todo. Seguir leyendo «El (desalentador) síndrome de Estocolmo»

Jesús no me quiere para ser un rayo de sol

Mujercitas, Farenheit 451 y Kurt Cobain. Un cóctel surrealista que da como resultado un nuevo ejercicio de los ‘Insectos comunes’. Apuesto a que los seguidores de Nirvana descubriréis enseguida la clave del juego…

 

Tanto empalago me daba ganas de vomitar. El rosa, el olor a caléndula, el té de poleo, aquellas jóvenes en flor, provocaron que acabara odiando aquel maldito acto de salón sensiblero.

—Te invito a mi boda —escuché que aquella cotorra de Brooke le anunciaba a Laurie.

—Asistiré, aunque tenga que venir del fin del mundo—le respondió con una sonrisa boba, para a continuación fingir que le importaba lo que sintiera Jo, aquella “capulla” negativa, tanto como yo.

—No apruebo la boda, pero he decidido soportarla y no diré nada en contra —mintió Jo; sé que habría estado dispuesta a vender el mundo para impedirla—. No puedes comprender lo duro que es para mí renunciar a Meg.

Ah, Meg… cuyo tierno espíritu seguía oliendo a adolescente… Seguir leyendo «Jesús no me quiere para ser un rayo de sol»

«Para qué sirve la recacha»

arracacha
Bonito cesto lleno de arracachas.

“La variedad gastronómica del Perú es posible gracias a sus ingredientes, logrando que un solo un plato tenga un toque distinto en diferentes regiones. Sin embargo, sus usos aún no son descubiertos del todo. Uno de ellos es la arracacha, una raíz milenaria consumida desde la época precolombina (…) Es un excelente antioxidante, fortalece el sistema inmunológico y es de fácil digestión. Por eso, se recomienda su consumo en niños y ancianos (…) Puede preparar la arracacha como la papa. Eso sí, debe pelar la raíz antes de ponerla a hervir. También puede consumirse en postres, pues la harina de este tubérculo puede agregarse a mazamorras y sopas antes de servirlas.”

Ya sabéis que recientemente celebré el primer aniversario de ‘la recacha’. En el post que escribí para la ocasión avancé que dedicaría otro a los términos de búsqueda a través de los cuales hay gente que ha venido a parar hasta aquí, la mayoría por accidente. No hay otra explicación teniendo en cuenta las surrealistas frases que algunas mentes retorcidas teclean en los buscadores. Seguir leyendo ««Para qué sirve la recacha»»

La inquietante sociedad de ‘Fahrenheit 451’

fahrenheit_451-785193Acabo de leer Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Es una novela de ciencia ficción publicada en 1953, pero resulta inquietante comprobar hasta qué punto la sociedad despersonalizada y deshumanizada que planteó el autor estadounidense hace sesenta años se asemeja al mundo actual.

La historia está ambientada en un futuro indeterminado en el que los libros están prohibidos y sus poseedores son perseguidos y castigados. Los bomberos han modificado radicalmente su función en la sociedad, y en vez de apagar incendios se encargan de quemar los libros que son descubiertos. Guy Montag, el protagonista, es un bombero perfectamente adaptado a una sociedad aparentemente feliz, donde la gente vive la vida a un ritmo frenético, continuamente bombardeada por estímulos superficiales, con la televisión como elemento central.

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