Violencia

El mundo que hemos creado es violento. Nos hemos acostumbrado a la violencia que se impregna en todo, que forma parte de nuestro estilo de vida. Nos hemos acostumbrado de tal manera, que somos insensibles a las atrocidades que aliñan nuestro día a día; la mayoría de las veces, ni siquiera somos conscientes de ellas.

Pero de igual manera que asimilamos la violencia ordinaria, la que deja a personas sin casa y las obliga a rebuscar entre la basura, la que acumula muertos en naufragios invisibles, la que se ceba en mujeres silenciadas y en niños indefensos, la violencia que emana de la necesidad de someterse a la esclavitud laboral, o la que deshumaniza a otros seres humanos para que nos parezca normal que carezcan de derechos humanos; de igual manera que asimilamos la violencia institucional como algo legítimo e incuestionable, esa violencia que se cobra los ojos de los inconformistas o que encarcela, amparándose en la ley, a quienes molestan, condenamos horrorizados la quema de contenedores y la rotura de escaparates.

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Motivos importantes para libros que importan

«Intercambiar libros importantes, el de una niña de nueve años y el de una mujer de cuarenta, el de un chaval de quince y el de una abuela de setenta, el de un hombre de cincuenta y el de una chica de veintidós, es un gesto sencillo, que, sin embargo, contiene una carga muy potente de esperanza en las personas. 

Porque el intercambio en sí no es lo más significativo. Tendríais que ver cómo se iluminan los rostros cuando les explico que hay que escribir el motivo por el que el libro es importante, y que a cambio recibirán el libro dedicado de otra persona. Eso lo cambia todo. Automáticamente, los mecanismos de la memoria se activan en busca de los recuerdos memorables relacionados con la lectura. Queremos hacer partícipe a un amigo invisible desconocido de nuestras vivencias, que comprenda por qué ese libro es memorable». 

Esto lo escribí en diciembre de 2018, mientras formaba parte del equipo de Libros que Importan en Barcelona. Fue gracias a aquella experiencia que conocí a Jorge Gonzalvo y a Atrapavientos. Unos días después, volví a vivir el intercambio de los «libros con alma» desde dentro, esta vez en Zaragoza, y me maravillé del entusiasmo con el que la gente se entregaba a la iniciativa. Desde entonces, mi historia de amor con la asociación maña no ha hecho más que crecer, hasta el punto de formar parte de su equipo docente y creativo. 

Como podéis imaginar, desde el inicio de la pandemia, Libros que Importan no ha podido celebrar ninguna edición presencial, ni en Zaragoza ni en las otras ciudades españolas que habían previsto hacerlo; incluso se habían concretado ediciones en varias ciudades europeas y americanas. 

Pero si en Atrapavientos nos gusta decir que somos creativos, este era el momento de demostrarlo. Así que después del verano nos pusimos a trabajar en el diseño de la edición más especial de Libros que Importan. La condición indispensable era que, aunque el intercambio no pudiera llevarse a cabo de forma presencial, los libros debían poder cambiar de manos, y debían ser ejemplares físicos; y así llegamos a una solución híbrida, que combina la inscripción online con el envío de los ejemplares por correo postal. 

«No va a funcionar», auguraron algunos. Ya veremos. Dentro del equipo hemos hecho una porra. De momento, no voy a dar números. Sí diré que, en mi opinión, ya es un éxito haberlo puesto en marcha. Desde el 8 de febrero, la participación está abierta a través de la plataforma Jotform. El formulario se rellena en menos de cinco minutos, y me atrevo a decir que una persona que no haya utilizado nunca un ordenador o un teléfono móvil lo puede completar sin problemas. 

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No veo la salida

El año pasado, durante el primer confinamiento, publiqué un texto de mi padre, Benjamín Recacha López, en el que reflexionaba en torno a la gestión de la pandemia y mostraba la misma inquietud que sentíamos muchos. Durante estos meses, ha seguido escribiendo, y hace unos días mi madre me envió por whatsapp (él no tiene teléfono móvil) unas fotos con su última creación, que también comparto.

Nos vimos por última vez el día de Reyes. Viven en el campo, a dos comarcas de distancia, y por el momento somos «responsables», aunque su única vida social consista en ver a su nieto y a sus dos hijos.

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Realidades cuánticas

Los talleres de escritura de Atrapavientos son un estupendo disparadero creativo. El último relato que he compartido en Salto al reverso surgió de un ejercicio en Desatrancos, S.A., el taller de mi colega Antonio J. Cuevas, guionista y verdadero maestro en el arte de afrontar con ingenio la hoja en blanco.

SALTO AL REVERSO

Photo by Ehud Neuhaus on Unsplash

Lo primero que me hizo sospechar que algo raro pasaba fue que abrí la puerta con solo medio giro de llave. La cerradura no estaba echada, y a aquella hora nunca había nadie. 

Pensé que quizás mamá había vuelto antes del trabajo;no había otra opción, porque yo estaba seguro de haber cerrado al salir por la mañana. ¿O había olvidado hacerlo?Dejé las llavesen el recibidor, me quité los auriculares, yla músicaproveniente del interior del piso resolvió la duda enseguida. Mamá estaba allí… con losFooFightersa todo trapo.

Vale, aquello sí que era raro. Mamá había hecho pellas del curro paraescuchar mi grupo favorito, el mismo que le provocaba escalofríoscada vez que entraba en mihabitación. «Pero hijo, ¿cómo puedes estudiar con esa música infernal?». «Me ayuda a concentrarme», le respondía, y, horrorizada,regresaba sobre sus pasos con la mano en la sien y losojos en blanco.

Pues ahí la…

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La búsqueda de la voz literaria

Photo by Toa Heftiba on Unsplash

Cuando decidimos sentarnos ante un teclado o un cuaderno y empezar a escribir, las posibilidades son infinitas. El único límite lo marca nuestra imaginación, por eso no deberíamos ponernos barreras colocándonos en la posición de los posibles lectores. Escribir preocupado por el qué dirán, o con la intención de gustar, no es extraño, pero en mi opinión supone desaprovechar el inmenso potencial de nuestras neuronas.

Los ejemplos de historias que calcan otras historias son innumerables, hasta el punto de casi conformar todo un género literario, el de las novelas carentes de personalidad, las que nacen al calor de un éxito comercial y se reproducen con el único propósito de hacer picar a los lectores del original.

Entre esos clones hay textos bien escritos, e incluso algunos «triunfan» (otro día hablamos sobre qué significa triunfar en literatura), pero sospecho que los que acaban en el olvido a la velocidad que vive una mosca del vinagre son muchísimos más.

Optar por ese camino me parece legítimo, pero supone renunciar a la honestidad creativa y a la apasionante aventura que empieza al preguntarnos: «¿cuál es mi voz literaria?». Es la pregunta que deberíamos hacernos en cuanto empezamos a deslizar la punta del bolígrafo sobre el papel —a teclear, para los menos románticos—. La respuesta no llegará de forma inmediata. En realidad, puede que nunca la hallemos del todo, porque el proceso de aprendizaje y, por tanto, de configuración de nuestro estilo personal, va a estar en constante evolución.

Y eso es lo que a mí me parece que convierte al viaje creativo en algo tan excitante. Sea cual sea el motivo que te empuja a contar historias, tanto si sueñas con el reconocimiento de miles de lectores como si únicamente pretendes divertirte, no deberías renunciar a contar la verdad; es decir, a dejarte llevar por tus inquietudes, a hacerle caso a tu imaginación.

Si te apetece leer el artículo completo, te invito a que lo hagas en el blog de Atrapavientos, donde los miembros del equipo docente reflexionamos cada dos semanas sobre escritura, lectura y creatividad.

Domingo, 24 de enero de 2021: aprender a perder la prisa

Photo by Eduardo Olszewski on Unsplash

¡Hola, Toni!

He tardado más de lo que pensaba en responder a tu última carta, pero aquí estoy, coincidiendo con el octavo aniversario de ‘la recacha’. Igual un día acabamos lanzando la segunda parte de Cartas a un escritor: ¿Cómo se escribe un best-seller? Quizás entonces ya debamos responder a la pregunta.

En realidad, no creo que podamos hacerlo nunca, ni siquiera pueden quienes de verdad los escriben (aunque las estanterías, físicas y virtuales, estén repletas de libros que pretenden vender la fórmula), por eso me sigue sorprendiendo que haya tanta gente que se lanza a la escritura con la esperanza de resolver la cuestión de la manutención mediante sus textos.

Todos los que escribimos y publicamos aspiramos a ello, claro. Es algo de lo que hemos hablado a menudo, y mi conclusión es la misma de siempre: si quieres ganar dinero con la literatura, asegúrate de escribir lo mejor posible. Sabemos que eso no es suficiente, y sabemos también que, en ocasiones, ni siquiera es necesario.

Hay libros muy malos que se venden muy bien. No es algo que podamos evitar, y, sinceramente, no debería ocuparnos ni un segundo. No sirve de nada lamentar cómo funciona el mercado editorial, más allá de la agradable pero inútil sensación que produce la autocompasión.

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Nos hemos acostumbrado

Valle de Pineta
La imagen del Valle de Pineta no tiene nada que ver con el texto, pero le aporta el color que le falta. Foto: Benjamín Recacha

Nos acostumbramos a todo. Recuerdo que al principio de la pandemia se me hacía inconcebible tener que llevar mascarilla en todas partes. Ahora lo difícil es pensar que dejaremos de llevarla en algún momento. A lo que no me acostumbro es a tener las gafas permanentemente empañadas. Pero qué le vamos a hacer. 

En realidad, lo de la mascarilla es casi una anécdota. Imagino que a la gente le proporciona cierta sensación de seguridad y de ser responsables. Si llevas mascarilla, puedes actuar casi con normalidad, como si no hubiera pandemia. Y eso, la verdad, me resulta chocante. ¿Cómo es posible que, si la inmensa mayoría de la gente cumple con las normas de prevención, los contagios continúen disparados? 

Yo no tengo ni idea, pero me sigo preguntando por qué, si la manera de detener el avance de una enfermedad contagiosa es evitar la interacción entre personas, y si de verdad es tan importante poner freno a esta pandemia, no estamos todos confinados como aquellas dos semanas en que incluso se cerraron las empresas. ¿No sería esa la manera más efectiva de conseguirlo? 

Aclaro que lo último que deseo es seguir viviendo encerrado, pero mis deseos resultan irrelevantes si de verdad (y el de verdad es el matiz clave en todo esto) queremos detener la pandemia. 

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Sábado 5 de diciembre: si no tienes una buena historia entre manos, no (auto)publiques

¡Hola, Toni!

Me alegró mucho «recibir» tu última carta. Después de todo, incluso del año de la «panmierda» se puede sacar alguna nota positiva, como (quizás) la recuperación de nuestra correspondencia sobre el mundo de la creación literaria y temas relacionados. De hecho, pocos días antes del confinamiento de marzo empecé a escribirte, pero lo que pretendía explicar quedó fulminantemente ridiculizado por la magnitud de los acontecimientos; así que empezaré de nuevo, tomando como referencia la interesante y completa reflexión que desarrollaste en tu carta de hace un par de semanas respecto a la autopublicación.

Siete años de experiencia son pocos en el cómputo de una vida humana, y una cantidad ínfima en la historia de la autopublicación, que es lo mismo que decir en la historia de la literatura. Ese es el tiempo que ha pasado (casi ocho) desde que autopubliqué El viaje de Pau, mi primera novela. Suficiente para haber aprendido unas cuantas cosas sobre el sector editorial, y, más importante, para haber acumulado una cantidad interesante de conocimientos sobre escritura de los que, en aquel momento, carecía.

No tengo dudas de que si aquella historia la escribiera ahora se convertiría en un libro mucho mejor, porque he aprendido lo suficiente para darme cuenta de lo que sobra en un texto, para dosificar mejor la información, para dotar de mayor profundidad a los personajes y dar más verosimilitud a su evolución en las tramas, etc.

Sería un libro mejor también porque he aprendido a corregir y editar mis textos. Me acuerdo de que cuando tecleé aquel primer «fin» estaba convencido de que ya había acabado. Lo de corregir se limitaba a una revisión para pescar erratas que se me hubieran colado. En mi cabeza no entraba la posibilidad de recortar texto, reescribir capítulos o eliminar personajes.

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El ratón que no quería ser caballo

Hace unos meses, en el taller de escritura de Atrapavientos ‘¿La bruja debe morir?’, que imparte mi querida colega (y maravillosa profe) Mariajo Floriano, tuvimos que revisitar algún cuento clásico. Yo elegí la Cenicienta, pero desde un punto de vista bastante alternativo… Os dejo con este ratón un tanto rebelde…

SALTO AL REVERSO

Foto de Giuseppe Martini para Unsplash

Yo nunca quise ser un caballo, y menos, enganchado a una carroza. Mi vida como ratón me gustaba. Era peligrosa, pero yo estaba acostumbrado a vivir al límite, siempre con la adrenalina fluyendo. Era divertido.

La maldita hada madrina no me dejó elegir, ni a mí ni a nadie. Mira a los pobres lagartos, convertidos en aburridos lacayos, obligados a atender a la pánfila de Cenicienta…

Que sí, que qué lástima de muchacha, que qué vida tan injusta y todo lo que quieras, pero mírala qué pronto se le olvida la conciencia de clase. La sirvienta explotada y maltratada, perdiendo el culo por codearse con la aristocracia, y sin el menor remordimiento por recurrir al mismo elitismo que a ella le amargaba la vida.

Yo nunca quise ser un caballo, y menos, domado. Como ratón, disfrutaba de mi libertad, consciente de que cada día…

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21 de noviembre de 2020 (el año de la panmierda)

Hace un par de días, un tuit de mi colega escritor Toni Cifuentes me avisó de que, la tira de meses después, tenía una nueva carta en el buzón. Me alegró mucho recibirla, porque las “cartas a un escritor” que, durante un tiempo respetable (teniendo en cuenta la fugacidad de todo lo que ocurre en esta era de los zascas en Twitter), nos remitimos fueron de las experiencias más provechosas que he vivido desde que aterricé en Internet.

En su misiva, Toni reflexiona sobre la autopublicación, y me parece que dice cosas muy interesantes, sensatas y razonables, con las que estoy completamente de acuerdo.

La comparto, y ya me pongo a pensar en la respuesta.

Autotomía

¡Hola, Benjamín!

Y hola a todos y todas los que me seguían, continúan siguiendo este blog o, por despiste, se pasen por aquí.

Las próximas cartas espero que sean más personales. Esta, en realidad, no va dirigida a ti, así que te he utilizado como excusa y punto de partida de esta nueva etapa. Hoy quiero escribirle a un escritor imaginario que quiere autopublicar y no sabe cómo. Hoy quiero hablar sobre…

AUTOPUBLICAR EN TIEMPOS DE PANDEMIA

Hacía tiempo que no hablábamos. Un año y unos cuantos meses. Tarde o temprano me dije que volvería a escribirte una carta y voy a lanzar la piedra contra el cristal de la ventana de tu baño y ver si esto se mantiene y vamos comentando lo que hemos aprendido (o no) durante este tiempo. No sé hasta dónde llegaremos. De cualquier forma, me alegro de retomar el tema.

No…

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