Agradecido

Sólo llevo un par de años impartiendo talleres de escritura creativa, pero cada vez que finaliza uno siento lo mismo: por una parte, un enorme agradecimiento a las personas que han compartido su tiempo conmigo durante un puñado de semanas considerable, y por otra, pena porque se acaba. No sé cómo sería si se tratase de mi actividad profesional principal. Yo no me considero profe de escritura; de hecho, una de las primeras cosas que les digo a quienes se apuntan es que yo no les puedo enseñar a escribir, ni lo pretendo. Lo único que espero es que descubran qué necesitan expresar y de qué modo, y que lo hagan con total libertad. 

Me parece absurdo que alguien sea tan pretencioso como para decirle a otra persona, a otro ser creativo, que no debe escribir de una manera determinada, sino hacerlo de la supuestamente correcta. Claro que existen muchas herramientas para aplicar al proceso creativo, y mi papel consiste poco más que en ponerlas al alcance de quienes no es que no las conocieran (que también), sino que no se habían planteado cómo utilizarlas. 

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Tres citas y un encuentro inesperado 

Al publicar el relato, WordPress me ha avisado de que era mi post número 100 para ‘Salto al reverso’. Así que estoy de celebración. No tenía ni idea, pero, teniendo en cuenta lo poco que me prodigo en los últimos tiempos, me ha parecido bonito.

La culpa la tienen el maravilloso cortometraje ganador del Oscar El limpiaparabrisas y la preciosa canción We Might Be Dead by Tomorrow, de Soko: «If you are not ready for love, how can you be ready for life?». Por cierto, que el vídeo de una historia de amor tan bonita tenga restricción de edad lo dice todo sobre la moral hipócrita que contamina la sociedad.

https://youtu.be/KvCGzwCrjlw

BLOG SALTO AL REVERSO

Otoño

—Si no estás preparado para el amor, cómo puedes estar preparado para la vida…

—¿Esa no es la letra de una canción de Soko?

—Sí, la escuché por primera vez hace un par de semanas, y no dejo de hacerme la pregunta.

—Es chula. Pero, la verdad, no creo que estemos preparados para la vida.

—¿A qué te refieres?

—A que no vivimos, sino que pasamos los días sin plantearnos que la vida es otra cosa, o debería serlo.

—¿Esto no es vida? ¿Podríamos estar en un sitio mejor que este? Una tarde de otoño, sentados en la arena, escuchando las olas, oliendo el mar…, mirando cómo sonríen tus ojos.

—¿De verdad sonríen?

—Bueno, tienes unos ojos bonitos y… Vale, me siento bien y me he venido arriba demasiado pronto. Vuelvo a mi pregunta: ¿no es esto vida?

—Nadie soportaría una existencia totalmente vacía de distracciones, y, sin embargo…

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«El hombre mojado no teme la lluvia»: las voces de los desposeídos de identidad

«Las afganas siguen sufriendo como siempre. Son víctimas de matrimonios forzados a muy temprana edad, algunas se ven obligadas a casarse siendo unas niñas, muchas soportan violencia doméstica y apenas tienen acceso a un asesoramiento legal. Es para alarmarse; hay una expresión que aún se usa en las áreas rurales que dice que una mujer debería tener su primera regla en casa de su marido, y algunos padres se empeñan en hacer que sus hijas lo cumplan». 

En agosto de 2021, los talibanes recuperaban por la fuerza el poder en Afganistán, veinte años después de la invasión estadounidense que debía liberar a la población de su opresión fundamentalista. La noticia ocupó portadas durante días y consternó, con razón, a amplios sectores de la sociedad occidental, que temía, sobre todo, por la represión contra las mujeres. Sin embargo, ese ente llamado comunidad internacional, que en función de lo que interese en el momento promueve guerras o hace la vista gorda, no tardó en acatar la situación, pues estos talibanes «son civilizados». Tres meses después, Afganistán no es noticia. Poco sabemos de la situación de sus mujeres, aunque no resulta difícil imaginarla. 

La cita con la que he empezado este artículo es de 2006, de la activista por los derechos de las mujeres afganas Massuda Jalal, una de las cientos de reflexiones que recoge la periodista Olga Rodríguez en El hombre mojado no teme la lluvia, 350 páginas compuestas por voces de Oriente Medio. Publicado en 2009, es un recorrido por la historia reciente de Irak, Palestina, Israel, Líbano, Siria, Egipto y Afganistán a través de sus protagonistas; no los dirigentes políticos, sino las personas que han sufrido sus guerras, opresiones y represiones. Personas anónimas, parte de una masa que en Occidente carece de identidades individuales, y solemos agrupar en términos como «refugiados», «inmigrantes» o «víctimas», que acaban generando indiferencia. 

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Formar parte de aquello que da sentido a ser humano

El sábado por la noche estábamos muy nerviosos. Era la última jornada de la 10ª edición de la Muestra de Cine de Ascaso. La semana había sido muy intensa, accidentada los primeros días a causa de la lluvia y la inevitable improvisación, pero un ejemplo de trabajo cooperativo y convivencia siempre. Eso fue lo que me enamoró de este proyecto tan loco y tan maravilloso cuando lo descubrí en el verano de 2018. Eso y la simbiosis entre el cine, la amistad y la naturaleza.

Aquel año se me abrió el suelo bajo los pies, y aunque aún echo de menos sentir la tierra firme, también le he encontrado el gusto a saltar sin paracaídas (no desde muy alto). De hecho, cada vez soy más consciente de que, puesto que agarrarse a los recuerdos carece de sentido, saltar es mucho más divertido. Hay que aprovechar las oportunidades de formar parte de cosas que den sentido a ser humano. Es algo que me repito a menudo, pero la pereza y la autocompasión son enemigos paradójicamente seductores.

Creo, sin embargo, que el verano de 2021 marca un punto de inflexión. Primero, las casi dos semanas de cámping en Bielsa, junto a Albert, mi hijo, al pie de las sanadoras cumbres del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, y luego los diez días en Ascaso.

Este año me estrenaba como responsable (voluntario) de la comunicación del festival, algo que me hacía mucha ilusión, aunque sabía que iba a tener que currar de lo lindo. La verdad es que he currado aún más de lo que pensaba, pero también he disfrutado más, he reído más, he aplaudido más, he abrazado más, incluso he cantado más… y he dormido menos.

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Violencia

El mundo que hemos creado es violento. Nos hemos acostumbrado a la violencia que se impregna en todo, que forma parte de nuestro estilo de vida. Nos hemos acostumbrado de tal manera, que somos insensibles a las atrocidades que aliñan nuestro día a día; la mayoría de las veces, ni siquiera somos conscientes de ellas.

Pero de igual manera que asimilamos la violencia ordinaria, la que deja a personas sin casa y las obliga a rebuscar entre la basura, la que acumula muertos en naufragios invisibles, la que se ceba en mujeres silenciadas y en niños indefensos, la violencia que emana de la necesidad de someterse a la esclavitud laboral, o la que deshumaniza a otros seres humanos para que nos parezca normal que carezcan de derechos humanos; de igual manera que asimilamos la violencia institucional como algo legítimo e incuestionable, esa violencia que se cobra los ojos de los inconformistas o que encarcela, amparándose en la ley, a quienes molestan, condenamos horrorizados la quema de contenedores y la rotura de escaparates.

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Nos hemos acostumbrado

Valle de Pineta
La imagen del Valle de Pineta no tiene nada que ver con el texto, pero le aporta el color que le falta. Foto: Benjamín Recacha

Nos acostumbramos a todo. Recuerdo que al principio de la pandemia se me hacía inconcebible tener que llevar mascarilla en todas partes. Ahora lo difícil es pensar que dejaremos de llevarla en algún momento. A lo que no me acostumbro es a tener las gafas permanentemente empañadas. Pero qué le vamos a hacer. 

En realidad, lo de la mascarilla es casi una anécdota. Imagino que a la gente le proporciona cierta sensación de seguridad y de ser responsables. Si llevas mascarilla, puedes actuar casi con normalidad, como si no hubiera pandemia. Y eso, la verdad, me resulta chocante. ¿Cómo es posible que, si la inmensa mayoría de la gente cumple con las normas de prevención, los contagios continúen disparados? 

Yo no tengo ni idea, pero me sigo preguntando por qué, si la manera de detener el avance de una enfermedad contagiosa es evitar la interacción entre personas, y si de verdad es tan importante poner freno a esta pandemia, no estamos todos confinados como aquellas dos semanas en que incluso se cerraron las empresas. ¿No sería esa la manera más efectiva de conseguirlo? 

Aclaro que lo último que deseo es seguir viviendo encerrado, pero mis deseos resultan irrelevantes si de verdad (y el de verdad es el matiz clave en todo esto) queremos detener la pandemia. 

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La necesidad de contar historias

Nunca, desde que abrí este blog hace casi ocho años, había estado tanto tiempo en silencio. Han pasado cerca de tres meses desde la última vez, en esta época extraña, en que la incomodidad se nos agarra del cuello, del estómago, de las piernas, en que hace tanto tiempo de tantas últimas veces. En aquel lejano mes de agosto escribí sobre el equilibrio, preciado y escaso tesoro.

Regreso porque, después de todo, siguen ocurriendo cosas buenas que se empeñan en tratar de que la insistente incomodidad se nos descuelgue. En mi caso, ese antídoto contra lo gris es Atrapavientos. Son Jorge, Elena, Ángel, Mamen, Antonio y Mariajo. Hemos formado un equipazo dispuesto a poner color a una realidad que se destiñe a marchas forzadas.

Me extenderé sobre ello en una próxima entrada. En realidad, tengo bastantes cosas interesantes que explicar relacionadas con mi vena creativa. Prometo hacerlo antes de tres meses. Por ahora, comparto el artículo que he publicado en el blog de Atrapavientos, lo que tiene que ver con esas cosas interesantes…

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Llevo perdida la cuenta

Como ocurre en tantísimas familias, hace más de dos meses que no veo a mis padres. Ellos están bien, viven en el campo, que, en mi opinión, es el mejor sitio para sobrellevar la situación en que nos encontramos. Pero echan de menos a sus hijos y a su nieto, y no sabemos cuándo podremos reencontrarnos, pues, aunque nos separan apenas 70 km, estamos en provincias diferentes. Pese a no haber tenido contacto con nadie durante este tiempo, y aunque para ir a su casa lo único que tengo que hacer es subir al coche, recorrer el trayecto y aparcar en la puerta, las normas dicen que no es posible.

Previsiblemente, en unos días podré sentarme en la terraza de un bar, invitar a mi casa hasta a nueve personas que vivan en misma región sanitaria, y hacer no sé cuántas cosas más que no tengo ninguna intención de hacer, todas ellas rodeado de gente. Por supuesto, si la empresa donde trabajo decidiera que se acabó lo de teletrabajar, estaría obligado a desplazarme cada día a Barcelona en transporte público, podría cruzarme con cientos de personas y compartir espacios cerrados con ellas. En cambio, a mis padres quizás hasta julio no pueda verlos, porque traspasar las fronteras territoriales que han decidido que debemos respetar para superar la pandemia es arriesgarse a un multazo.

Disculpadme si no encuentro la lógica por ninguna parte. Mi padre tampoco la encuentra, y por eso ha escrito la composición poética que comparto a continuación. Para él, la escritura, y en concreto la poesía, ha sido una vía para liberar sus inquietudes desde siempre, aunque nunca lo ha hecho con intención de ser leído. En esta ocasión, me ha pedido si podía compartir el texto, y como estoy totalmente de acuerdo con lo que expresa, aquí está: Seguir leyendo «Llevo perdida la cuenta»

Poner el foco en lo realmente escandaloso

Residencias - Ferran Martín
Viñeta de Ferran Martín que refleja la realidad de las residencias geriátricas

A finales de marzo, el vicegobernador de Texas, un tal Dan Patrick, pedía a las personas mayores poco menos que se sacrificaran por su país para que la economía no se resintiera a causa de la pandemia de Covid-19. Anteponía el curso normal de la actividad económica a las medidas de prevención contra la enfermedad. Él mismo, de 70 años de edad, se mostraba dispuesto a morir si ello ayudaba a evitar el colapso de la economía estadounidense.

Por las mismas fechas, llamaba la atención la frialdad con la que destacados responsables médicos de Países Bajos y Flandes justificaban la no atención médica a las personas mayores contagiadas por el coronavirus para no saturar los hospitales. «Ellos [los hospitales italianos] admiten a personas que nosotros no incluiríamos porque son demasiado viejas», declaraba el jefe de epidemiología clínica del Centro Médico de la Universidad de Leiden, un tal Frits Rosendaal.

Escandaloso, ¿verdad? Por un lado, la economía antes que las personas, y además las más vulnerables. Por el otro, sacrificar a los más débiles, los ancianos, en pos de la eficiencia del sistema hospitalario. Qué manera tan fría, tan desprovista de humanidad, de tratar a quienes nos han dado la vida. Estaremos de acuerdo en que es inadmisible, que en la cultura mediterránea cuidamos a nuestros mayores de la forma más digna posible. Y, ciertamente, así es en muchas familias.

Pero la realidad es tozuda, y demuestra que quizás en España no estamos autorizados para dar lecciones éticas a nadie. En pose no hay quien nos gane, eso seguro; ni en cinismo. Esta tarde rtve.es ha publicado un informe sobre la incidencia del Covid-19 en los centros geriátricos, con datos espeluznantes. El que debería ser causa de emergencia de todos los colores, y, sin embargo, escandaliza incomparablemente menos que ver a familias paseando o a runners exhibiendo sus michelines vestidos de fosforito: 17.452 fallecidos. Seguir leyendo «Poner el foco en lo realmente escandaloso»

Confinado el corazón

Cada cierto tiempo, Salto al reverso abre convocatorias especiales con el objetivo de seleccionar obras para su revista digital. En esta ocasión, el tema elegido ha sido #aislamiento.

https://saltoalreverso.com/2020/05/03/confinado-el-corazon/

BLOG SALTO AL REVERSO

Imagen libre de derechos obtenida en Pixabay

Aislados de la vida.

Encadenados a la tristeza que agotó las lágrimas, al transitar rutinario.

Engullidos por la masa sometida a la dictadura de la norma, a la uniformidad que señala al disidente.

Resignados a la realidad; ni siquiera resignados: abducidos por ella.

Militantes acríticos del clan, dimisionarios de nuestra conciencia.

Aislados de nosotros mismos, y de los sueños olvidados.

Encerrados en una burbuja temporal, esperando a que explote para regresar a nuestro tiempo gris.

Incapaces de imaginar otro estilo de vida, asustados de imaginar que sea posible imaginarlo.

Acomodados en nuestro aislamiento emocional, confinado el corazón.

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