(Si te apetece, lee aquí la primera parte)
Tras veinte años de servicio el agente especial Bond (el capitán Benítez había sido muy gracioso asignándole el nombre en clave) notó enseguida que en aquella misión había gato encerrado. El gobierno se había tomado demasiadas “molestias” en la liberación de la joven cooperante secuestrada en Gaza en extrañas circunstancias. Normalmente Bond seguía al pie de la letra las instrucciones, sin plantearse el más mínimo dilema ético, pero últimamente estaba siendo testigo de demasiada porquería y había llegado un momento en que ya no estaba dispuesto a seguir tragando. Continuar igual, sin cuestionarse nada, significaba completar la transformación definitiva en robot, en una máquina sin sentimientos que ejecutaba órdenes con precisión milimétrica… pero su lado humano había pesado más en la balanza.
Laia Montero, activista pro palestina enrolada en una pequeña ONG catalana que desarrollaba proyectos para la infancia en la franja…