IV Congreso de Escritores: desde Gijón con (mucho) amor

IV Congreso de Escritores
Junto a las alumnas de la Escuela Internacional de Protocolo y Paco Abril, el espíritu más joven del Congreso.

Escribimos por amor. Quiero agarrarme a eso; necesito hacerlo. Escribimos para crear conciencia colectiva, para provocar cambios, porque creemos que tenemos algo que decir que merece la pena. La literatura es una herramienta de acción que puede cambiar vidas.

Creo en esas reflexiones, que no son mías, sino un extracto de lo mucho que transmitió el escritor Víctor del Árbol durante el IV Congreso de la AEN – Asociación de Escritores Noveles. Una cita memorable, inolvidable, que, como ya sucedió con el congreso anterior, me atrevo a afirmar que, sobre todo, nos ha hecho crecer como personas.

Me llevo consejos valiosos, informaciones muy útiles, experiencias e inquietudes comunes, pero, sobre todo, amor. El cariño y la complicidad de un montón de gente maja que acudía a Gijón, igual que yo, con las orejas bien abiertas, predispuesta a compartir y a darse un chute de buen rollo.

El IV Congreso de Escritores no lo recordaré por los valiosos consejos de marketing y de comunicación, o por las claves para contactar con una editorial de forma efectiva. Obviamente, son aprendizajes importantes a tener en cuenta, pero lo que me queda marcado, por encima de todo lo demás, es la emoción.

Hace dos años formé parte de un proyecto educativo a distancia. Teresita, una profesora de secundaria de la Patagonia argentina, contactó conmigo para proponerme que sus alumnos trabajaran con algunos de mis textos. Os podéis imaginar mi asombro. Durante todo un trimestre mantuvimos un contacto tan estrecho que, a pesar de la distancia, me sentí parte de la comunidad del Colegio Nº 723 Puerto Argentino, de Comodoro Rivadavia. Fue la mejor experiencia relacionada con las letras de mi vida, y no por el reconocimiento inesperado, sino por sentir que, a través de mis textos, estaba contribuyendo a enriquecer la vida de sesenta adolescentes, muchos de los cuales seguramente no encontraban la motivación necesaria para dedicar toda su atención a los estudios. Mi modestísima obra literaria provocó cambios, a una escala inapreciable, desde luego; una gota en un océano.

Sin embargo, un millón de gotas sí se aprecian. Y en Gijón, durante estos días maravillosos, llovieron unas cuantas.

¿Por qué recuerdo en esta crónica de apertura del IV Congreso de Escritores mi experiencia con los estudiantes argentinos? Supongo que para reafirmarme en la creencia de que, como sostiene Víctor del Árbol, escribimos para provocar cambios y para crear conciencia colectiva.

El domingo tuve la suerte de sentarme frente a él durante la cena. Relaté la vivencia, como ejemplo de «éxito» en mi corta carrera literaria, asumiendo el éxito precisamente en los términos que él refirió en su discurso inaugural, y entonces él nos explicó la maravillosa historia de la que fue protagonista gracias a sus novelas en un instituto de un barrio humilde francés.

Víctor del Árbol ha vendido cientos de miles de libros en Francia (donde goza de un reconocimiento mucho mayor que en España). Podría habernos hablado de sus éxitos comerciales, y, sin embargo, en esa conversación con un reducido número de escritores que sueñan con el reconocimiento, eligió hablarnos de la joven estudiante que ganó el premio de relatos que convocaron en su honor en un pueblo de Francia. Una chica víctima de la anorexia, a la que descubrir que tenía talento para escribir historias seguramente le salvó la vida. La madre de la chica le escribió una carta a Víctor unas semanas después para agradecerle la charla que tuvo con su hija, que seguramente fue el detonante para que decidiera ingresar en una clínica voluntariamente. ¿No es eso un éxito? ¿Ser parte de algo tan emocionante no vale más que miles de libros vendidos? Estoy seguro de que Víctor del Árbol cree en lo que dice cuando asegura que el sentido de la literatura es generar cambios; que escribimos por amor.

Y él es un autor consolidado, que cuenta con prestigio en el mundo editorial y el reconocimiento de la crítica y el público. Él no tiene que hacer malabarismos con el marketing y la comunicación para conseguir unos cientos de descargas de su última novela, pero tampoco tiene por qué aceptar la invitación de un instituto o de una asociación de escritores noveles, y, sin embargo, lo hace. «Mi estrategia de marketing es esta, pasar el rato con vosotros, compartir experiencias en la terraza», nos decía. Y le funciona, porque, dando por descontada la calidad de su obra (las dos novelas que he leído, desde luego, la tienen), realmente actúa con esa idea de la literatura como motor de cambio.

Igual que Laura Ruiz Rivas, compañera (amiga desde el fin de semana) de la AEN, cuyas historias las protagonizan chavales habitualmente invisibilizados o victimizados, aquellos en los que no suelen fijar el foco las «grandes» novelas, y lo hace con humor y optimismo. ¿Por qué ha tomado ese camino? No con el objetivo de vender miles de libros (que, obviamente, le encantaría, como a todos), sino con la ilusión de crear conciencia, de provocar cambios. Tenéis que ver los montajes que prepara para sus presentaciones, repletas de detalles originales que hacen las delicias de todos los asistentes. Eso es escribir por amor.

O como Paco Abril, el animador oficial del congreso, que nos encandiló a todos desde el primer segundo con su amor por los cuentos. No sólo por ellos, sino, sobre todo, por sus destinatarios, niños y adultos. Paco es una institución en el ambiente literario y cultural asturiano, promotor de las bibliotecas populares en los barrios obreros a finales de los setenta, autor de infinidad de cuentos y poemas, y, sobre todo, juglar. Es de esas personas que con su sola presencia captan toda la atención, que contagian su pasión por lo que hacen, su amor.

Amor es lo que generó, como una dinamo entusiasmada, Isabel Jiménez, al escuchar el veredicto de las obras seleccionadas para ser publicadas por dos de las editoriales presentes en el evento, Fanes y Versátil. María Jesús Andrés fue la otra autora elegida, igualmente feliz. Isabel soñaba con ese momento; había puesto toda su ilusión en la oportunidad que se brindaba a los miembros de la AEN, y cuando escuchamos su nombre, todos nos alegramos inmensamente. El amor invadió la sala.

Obviamente, no voy a enumerar las razones de cada uno de los casi ciento cincuenta congresistas, pero me atrevo a aventurar que muy pocos de ellos escriben para hacerse ricos. En primer lugar, porque sería una estupidez, y en segundo, porque es mucho más bonito y reconfortante escribir por otros motivos.

Amor. Cambio, el que generamos con nuestros textos, y el que nos llevó a tomar el camino de la literatura. No sé si lo habéis pensado alguna vez, pero, sin pretender llevar a cabo un estudio de campo, me doy cuenta de cuánta gente escribe para cambiar su propia vida o como consecuencia de cambios significativos. Víctor del Árbol dejó los Mossos d’Esquadra para dedicarse a la literatura (gracias, Víctor, por atreverte a dar el salto); Ricardo Menéndez Salmón abandonó la docencia; para Enrique Laso la escritura surgió como una herramienta terapéutica y, muchos años después, dejó el marketing de empresas para escribir a tiempo completo; Jordi Pujolà (gran tipo, otro nuevo amigo) hizo un cambio radical de vida al abandonar el negocio inmobiliario para mudarse a Islandia con su familia para dedicarse a escribir; Ana González Duque (gran profesional y mujer encantadora) dejó su trabajo de anestesista en un hospital para convertirse en la principal referencia en España en marketing para escritores y en una autora reconocida de literatura juvenil y de fantasía. Yo mismo, probablemente, nunca habría acabado mi primera novela, El viaje de Pau, si no me hubiera quedado en paro hace seis años.

Esta primera crónica del IV Congreso de Escritores #AEN18 más que una crónica es una declaración de intenciones. Durante las próximas semanas iré desgranando cada una de las sesiones, tanto en las que participé, como el resto. Hay material para escribir un libro.

Ahora lo que toca hacer es corresponder a las toneladas de cariño recibido, desde el viernes por la tarde, cuando asistí en la librería La buena letra a la presentación de Sudor y lluvia tras el fin del mundo, la segunda novela de José Luis Díaz Caballero, una obra que promete. Allí me reencontré con Elena Jarrín, Begoña González, el librero Rafa Gutiérrez, Rebeca Cuesta (la superwoman de la AEN), el profe Ramón Alcaraz, Teresa Gallego, y las ya mencionadas Isabel y Laura. Luego, en la cena de inauguración en el restaurante Las delicias, añadí a la lista a Amelia de Dios Romero, Mariana Eguaras, Cristina P. García y, por supuesto, José Ángel Jarné, el ciborg de la comunicación, y Covi Sánchez, la adorable presidenta de la AEN.

Fue allí donde conocí a la maestra de la comunicación digital, Vanesa García, responsable de que el congreso haya logrado una repercusión espectacular en las redes sociales; a Diana Rubio, experta en comunicación oral, cuya conferencia en la primera jornada del evento junto a Laura Ruiz causó sensación; y, por supuesto, a «las ángeles de Jose», las estudiantes de la Escuela Internacional de Protocolo que han hecho posible que el congreso haya ido sobre ruedas. Sandra, Teresa, Ana, Cecilia, Esther y Marilú, seis grandes profesionales, currantes incansables, que se han ganado un hueco destacado en la historia de los congresos de la AEN y en el corazón de los participantes.

El sábado fue el momento del reencuentro con una de las personas que más ilusión me hacía volver a ver: mi buen amigo Adrián Martín Ceregido, un escritor con mayúsculas, cuya segunda novela verá la luz por fin de forma inminente. Junto a él y a Elena Jarrín protagonizamos la mesa redonda más interesante del congreso (modestia aparte); como mínimo, la que generó un debate más encendido y enriquecedor. Por supuesto, le dedicaré una crónica completa.

Me dejo muchos nombres, de colegas y ponentes, pero en algún lugar tengo que poner el punto y seguido. No me lo tengáis en cuenta.

Escribimos por amor y para provocar cambios. Te lo compro, Víctor.

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