Prisioneros

Todos somos prisioneros. Con mayor o menor intensidad, más o menos conscientes de ello, somos prisioneros de nuestros dogmas, de nuestros prejuicios, de nuestros recuerdos, de nuestras decisiones (las que tomamos y las que dejamos de tomar), de lo que creemos que los demás esperan de nosotros, de nuestras inseguridades, de nuestros miedos, de nuestras esperanzas… de nuestras obligaciones.

Buena parte de esas obligaciones derivan de la sociedad en que vivimos, y, de ellas, un porcentaje muy elevado las asumimos con absoluta falta de entusiasmo, porque no queda más remedio, porque no se puede vivir de otra manera.

Sin embargo, cuando sucede algo tan imprevisto como la crisis sanitaria en la que nos hallamos inmersos, tan bestia, tan chocante que lo normal es que el aturdimiento por la dificultad de asimilar lo que pasa nos dure unos cuantos días, el sistema del que somos prisioneros queda al desnudo, y las conclusiones que se derivan de una observación detallada aún aturden más.

La crisis provocada por el coronavirus ha desmontado por completo el sistema de vida en el que, derecho al pataleo aparte, el 99% de las personas tratamos de encajar. Yo jamás había vivido una situación ni remotamente cercana a la actual, en la que la mayor parte del “mundo civilizado” ha puesto en cuarentena la forma en que se ha venido organizando desde la revolución industrial.

Está claro que es algo temporal, que nadie con un mínimo de poder va a cuestionarse que el capitalismo depredador tenga los días contados. Y está claro que ni siquiera los prisioneros de este sistema, los que lo sufrimos obedientes aunque tengamos muy claro que jamás alcanzaremos la zanahoria, nos planteamos seriamente una alternativa.

Por varios motivos; el principal, en mi opinión, porque nos asusta huir de la “cómoda” precariedad en que vivimos permanentemente instalados, para explorar lo desconocido.

Durante estos días, se ha desmontado buena parte de aquello por lo que aguantamos lo que sea. Los alicientes que nos llevan a dedicar más de la mitad de las horas que pasamos despiertos a algo que si tuviéramos elección no haríamos han desaparecido de un plumazo. Hasta no sabemos cuándo, nos hemos quedado sin competiciones deportivas, sin espectáculos culturales, sin viajes, sin reuniones sociales, sin la posibilidad de salir a cenar o a tomar unas cañas.

Todavía no han decretado el cierre de las empresas, pero si de verdad se toman en serio que hay que detener la pandemia no tiene ningún sentido confinar a la gente en sus casas (quienes la tienen) en fin de semana, pero permitir que se sigan exponiendo a la infección o a infectar en su puesto de trabajo el resto de días.

Los que podemos “teletrabajar” estamos a salvo. Si arrasamos con el papel higiénico en el súper, podemos aguantar meses encerrados, socializando por whatsapp y skype.

La cuestión es que durante estos días se revela de manera cristalina la cantidad de cosas absurdas, prescindibles por completo, que en la vorágine del consumismo ni nos planteamos (bueno, algunos sí lo hacemos). Y se revela de manera cristalina lo artificial de un sistema de vida que tras estas semanas regresará en plena forma, pero que resulta del todo insostenible, y sólo es cuestión de tiempo que salte por los aires.

Lo más artificial de todo es el trabajo. Existe tal cantidad de empleos del todo prescindibles, que, si la lógica se impusiera, muchos nos quedaríamos de brazos cruzados. Pero hay que trabajar, porque hay que producir, lo que sea, para consumir. Consumir cantidad de chorradas cuya única función es concedernos un momento de satisfacción superficial y artificial que nos haga creer que el dinero que nos dan a cambio de nuestro trabajo, tras pagar las facturas, sirve para algo más. Consumir para que sea necesario producir más chorradas que consumen los recursos del planeta, que consumen la vida de cantidad de seres humanos esclavizados, que ponen nuevos ladrillos en el edificio inmenso que es esta sociedad fuera de toda razón.

Esta situación excepcional puede ser una oportunidad para cambiar. Como siempre, en momentos de crisis, surgen cosas buenas. Hay muchas personas que muestran lo mejor de sí mismas, que nos sorprenden con sus gestos altruistas, que se sacrifican por el bien común, que demuestran que lo material no vale nada al lado de una sencilla prueba de humanidad.

No creo, sin embargo, que en realidad se vaya a producir ningún cambio relevante. Habrá dos semanas de gestos emocionantes, de iniciativas preciosas, dos semanas de oasis en la vacía vorágine productiva y consumista. Pero a la crisis sanitaria le seguirá otra crisis económica, que pagaremos con crudeza los mismos de siempre; y nos pedirán que arrimemos el hombro. Habrá alguna medida estética, asistencial, para parchear el drama social, pero básicamente todo lo demás seguirá igual.

Ahora bien, llegará el día en que esto pete de verdad. A nivel mundial. Y, como he leído por ahí a algún pensador anarquista, lo que venga después no necesariamente será mejor. De hecho, puede ser mucho peor.

Así que ovacionemos a todos los profesionales que hacen posible que funcione nuestro precario sistema sanitario (personal médico, de enfermería, administrativo, de mantenimiento y limpieza…), pero después de los aplausos haríamos bien en no olvidar que el mejor reconocimiento que pueden recibir es disponer de los recursos materiales y humanos necesarios para atendernos.

Y quizás, no sé, igual digo una locura, deberíamos empezar a exigir en masa que todos los servicios básicos sean eso, servicios, y por tanto, no haya lugar a hacer negocio con ellos. Ni con la salud, ni con la educación, ni con la vivienda, ni con los suministros esenciales…

Quizás podríamos empezar a darnos cuenta de qué es necesario para vivir, y de que quizás existan formas de organización social más sencillas, más naturales, menos “ambiciosas” en lo material; de que quizás bajar el ritmo, como nos piden estos días los políticos (¿son realmente necesarios?), no sea algo coyuntural, irremediable, sino más bien necesario y deseable.

Quizás sea una buena oportunidad para valorar lo bueno que es el contacto humano, ahora que nos lo impiden por prudencia, y tras estas semanas tengamos más ganas de cafés mirándonos a los ojos, de charlas cara a cara, de abrazos y besos. Quizás eso sea un primer paso para el cambio necesario.

O no, probablemente todo quede en otro recuerdo que contar, en otro episodio de lo que pudo haber sido.

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