«Te diré que estoy vivo»: avanzar desde el recuerdo

Te diré que estoy vivo

El recuerdo mueve nuestras vidas o las estanca. ¿Quién no ha sentido alguna vez la tentación de instalarse en la nostalgia? O, por el contrario, el recuerdo de los momentos felices nos ha impulsado a avanzar para acumular más de esos.

A veces la frontera entre la euforia y la nostalgia se diluye, y se hace necesario pisar firme para anclarse en la realidad y tomar perspectiva, porque aunque los recuerdos configuren la persona que somos, no se puede vivir en ni de ellos.

O no deberíamos.

La teoría es sencilla, pero a veces resulta difícil aplicarla. Los seres humanos nos guiamos por las emociones; ansiamos sentir, porque cada vez que sentimos acumulamos recuerdos. Lo normal es que el dolor y la alegría compartan protagonismo, de forma que lo complicado es evitar que un presente demasiado doloroso devore la máquina generadora de instantes memorables, y nos ancle al pasado.

El recuerdo es uno de los temas básicos en el arte, una de las fuentes inagotables de generación de historias, que ha dado lugar a montones de novelas. Igual que los otros temas a los que los escritores acudimos de forma recurrente para tratar de explicarnos el mundo.

No descubro nada al afirmar que lo que marca la diferencia entre unas historias y otras es la manera de contarlas. Los libros son una de las mejores máquinas de generación de momentos memorables… o de los más olvidables.

En el caso que nos ocupa, memorables, sin duda. Lo cual es un alivio, pues el autor de Te diré que estoy vivo (Cáprica ediciones, 2019), Isaac Pachón, es un buen amigo y compañero en la Plataforma de Adictos a la Escritura (PAE).

Lo primero que debo decir es que me alegro muchísimo de que Isaac haya encontrado una editorial seria que apueste por su obra. Como escritor independiente, acumula cientos de horas (no pongo miles para que no me acusen de exagerado) de promoción, de visita a librerías, de contactar con imprentas y de «cultivar» lectores. Pero se trata de una inversión insostenible de tiempo que al final uno se da cuenta de que sólo tiene sentido si le sirve para acumular experiencia y aprendizajes que acaben abriéndole la puerta de la llamada edición tradicional. Esquivando piratas, si puede ser.

Por lo que me ha contado Isaac, a pesar de ser pequeña, Cáprica responde al modelo de editorial sorprendentemente (para los tiempos que corren) seria, lo cual es digno de aplauso. En realidad, no me sorprende tanto porque ya la conocía de su participación en el IV Congreso de Escritores de la Asociación de Escritores Noveles (AEN), de la que soy miembro, lo que es sello de garantía (que Cáprica colabore con la AEN, no que yo sea miembro de la asociación).

El libro ha quedado precioso. Edición en tapa dura, papel grueso ahuesado, una ilustración de portada tan acertada como las de sus dos libros anteriores (esta vez obra de Gemma Capdevila), y algo que debería darse por hecho pero que sin embargo (tristemente) no es tan habitual: está bien corregido y maquetado.

Vale, sí. Todo eso está muy bien, pero ¿qué hay del contenido? ¿La historia vale la pena? Desde luego, ya he dicho que es memorable.

Te diré que estoy vivo toca la fibra. Isaac es un maestro en ello. Mediante la sencillez, consigue cautivar a todo tipo de lectores, porque sus historias son, sobre todo, identificables. El realismo mágico con el que suele pintarlas es el componente que convierte la cotidianidad de lo que cuentan en algo digno de recordar.

Se trata de una novela bonita, y esto que para la sesuda crítica literaria probablemente sea un defecto imperdonable, a mí me parece un gran acierto. Yo reivindico el derecho del arte a explicar historias bonitas, a que quien lee un libro, al cerrarlo lo haga con una sonrisa y sienta en el estómago el cosquilleo generador de esos «¿por qué no?» que nos hacen mirar hacia delante alentados por los buenos recuerdos.

Hay momentos para todo, también para la literatura que no pretende golpearnos el estómago sino proporcionarnos bienestar a través de una historia bien escrita y honesta, con la que hay que ser muy raro para no sentirse identificado. Porque Te diré que estoy vivo cuenta una historia que nace de la mente (y en parte de la memoria) de Isaac Pachón, pero que nos hace viajar por nuestros propios recuerdos.

«—En ocasiones pienso que soy demasiado exigente conmigo…
—¿A qué te refieres?
—No sé, tengo la sensación de que nunca seré feliz.
—Y tienes miedo de morir no habiéndolo sido.
—Exacto».

En mi opinión, este breve extracto de un diálogo entre Javi, el protagonista, y un personaje entrañable de Ciudad Recuerdo, el escenario principal de este cuento en tonos sepia, concentra su esencia. Sin olvidar los retratos… y los sueños eléctricos.

Enhorabuena, colega.

«En algún lugar, sobre el arcoíris, el cielo es azul, y los sueños que te atreverías a soñar se hacen realidad…»

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