¿Decepción? No, el cambio es imparable

Hermano Lobo

La reacción en caliente es maldecir de nuevo porque en España tenemos lo que nos merecemos. Más de siete millones de personas han vuelto a votar por una organización criminal para que gobierne el país. Otros 5,5 millones lo han hecho por un partido que la última vez que gobernó renunció por completo a su ideario supuestamente socialista para obedecer el dictado de la élite financiera europea.

El cambio no ha sido posible. Podemos se ha quedado muy lejos de poder presentarse como alternativa de gobierno: 21 escaños por detrás de los 90 del PsoE, y a 54 de los 123 del PP (a falta de contabilizar el voto por correo y el de los residentes en el extranjero). Mucho peor le ha ido a Ciudadanos, el relevo elegido por el sistema para que nada cambiase: 40 diputados.

Sin embargo, después de seguir la jornada electoral con toda la intensidad, escuchando análisis, leyendo interpretaciones y digiriendo números, mi conclusión es que el cambio es ya imparable.

Seamos realistas: España es un país muy remolón. Los cuarenta años de franquismo y otros cuarenta de una democracia muy imperfecta forzosamente tenían que calar muy hondo.

En este país hay mucha gente miedosa, que, ante todo, teme perder su porción de miseria, aunque apenas le quede nada ya que conservar. Hay mucha gente recelosa a los cambios, escéptica y suspicaz. Gente que está acostumbrada a una forma de hacer y, por muy cuestionable que sea, es la forma de hacer que conocen, que no depara sorpresas, que no revoluciona nada, que no requiere adaptarse de nuevo.

Basta mirar el mapa electoral de esa España interior, la “España profunda”, la de Machado y Delibes, la que hiela el corazón de tan carente como está de santos inocentes, y el panorama es desolador. Para colmo, la combinación con la ley electoral en vigor acaba por revelarse demoledora.

Aun así, el PP ha perdido casi 3,7 millones de votos, que se dice pronto, y 63 escaños. Un desplome en toda regla. El PsoE, por su parte, se ha dejado por el camino 1,5 millones y 20 escaños, el peor resultado de su historia reciente.

Ambos lo venden como victoria, pero entre los dos apenas superan el 50% de los votos emitidos. Algo inimaginable cuatro años atrás.

Para un país remolón, aturdido y adormecido como España, se trata de una revolución en toda regla.

Pero no estoy siendo justo. Quienes ponen el grito en el cielo en las redes sociales tras conocer los resultados, tampoco. Hay una España que clama por el cambio, la del norte, encabezada por las mareas gallegas, Podemos en Euskadi y, sobre todo, en Catalunya, por esa mujer que me atrevo a aventurar que en un día no muy lejano será la primera presidenta del gobierno. Me refiero, claro, a Ada Colau, una mujer que entusiasma, que contagia su espíritu luchador y su maravillosa honestidad. Lo que este 20 de diciembre ha logrado En Comú Podem es histórico. En la provincia de Barcelona ha arrasado, y no era nada fácil.

Esto va a tener consecuencias inmediatas para el proceso independentista, en concreto, para la formación de gobierno en la Generalitat. Desde hace unas horas me cuesta más que nunca ver a la CUP invistiendo presidente al líder de un partido de derechas que pierde apoyos en cada cita electoral. El 15% de Convergència (Democràcia i Llibertat) es tremendo. Prometo escribir sobre ello más extensamente.

Otra mujer tan potente como Ada, que lleva años acumulando experiencia y demostrando dignidad política, es Mónica Oltra. La confluencia entre Compromís y Podemos ha revolucionado el panorama en Valencia, que ha pasado de ser uno de los principales feudos del PP más corrupto a abanderar la regeneración política.

También en Madrid ha habido un vuelco electoral que confirma que la España urbana y la rural viven el cambio a un ritmo muy diferente. Un cambio que empezó en las ciudades a finales de mayo y que esta noche ha avanzado un paso de gigante.

Casi 5,2 millones de votos ha sumado Podemos junto a las formaciones con las que acudía en confluencia. Si añadiéramos los más de 900.000 de Unidad Popular – IU, habrían adelantado al PsoE. Sigo creyendo que la unidad no sólo suma, sino que tiene un efecto multiplicador. Esperemos que algún día la izquierda aprenda de una vez que para ganar debe mirarse menos el ombligo y ser menos exquisita con sus dogmas ideológicos.

¿Y ahora, qué? Rajoy no va a poder formar gobierno. Nadie va a querer pactar con su fábrica de chorizos, pero no me cabe la menor duda de que, desde ya, las presiones para que cristalice “la gran coalición para salvar el país” van a ser brutales. Desde Merkel hasta la oligarquía empresarial y financiera, pasando por los dinosaurios exsocialistas (si es que alguna vez lo fueron) y los que continúan manejando el partido desde la sombra, y no tan a la sombra, sino más bien muy al sur, a pleno sol. Intuyo que Pedro Sánchez es un obstáculo; posiblemente, también Rajoy. Así que no descartaría ese gran pacto de Estado, con algunos cambios de cromos estéticos, aunque a la práctica signifique la “pasokización” del PsoE.

En cualquier caso, ello no haría más que aplazar un tiempo lo que hoy veo más claro que nunca: el triunfo de Podemos, ahora sí, en confluencia con toda la izquierda, en las siguientes elecciones generales. Lo de este 20 de diciembre ha sido un golpe definitivo a las caducas estructuras del Estado. Sólo un error garrafal de estrategia de Podemos podría evitarlo. La prisa por conseguir el poder, por ejemplo. La tentación de hacer presidente a Pedro Sánchez puede ser grande, simplemente para echar a Rajoy, pero, en mi opinión, sería una grave equivocación.

Susana Díaz y compañía jamás aceptarán las condiciones mínimas de Podemos para un acuerdo, y Podemos sólo puede ser firme en ese aspecto. La oposición durante una legislatura convulsa y quizás muy breve no es un mal lugar para quienes llegan con el objetivo de ponerlo todo patas arriba.

En ese sentido, me ha gustado escuchar la contundencia de Pablo Iglesias en su primera valoración sobre los resultados, que deja entrever que no va a ceder en los principales ejes programáticos del partido que lidera para posibilitar la investidura de nadie. No debemos obviar que, después de todo, se han quedado a sólo unos 300.000 votos del segundo puesto.

No hay prisa; sí, urgencias. Y precisamente por eso, hoy más que nunca cabe hacer bueno aquello de “vísteme despacio, que tengo prisa”. Aunque el peligro de empacho de votaciones esté ahí, no me parece en absoluto un mal panorama para la izquierda real nuevas elecciones en primavera.

Veremos qué pasa. El mercadillo acaba de abrir las puertas.

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8 thoughts on “¿Decepción? No, el cambio es imparable

  1. Como era de suponer, Dios no existe. No hubo milagro.

    En estas elecciones ha habido dos clarísimas ganadoras y no se debe descartar una primaveral pelea de gatas entre Esperanza Aguirre y Susana Díaz, las dos que disfrutaron ayer sentadas en sus sillas, de damasco la primera, de anea la segunda, viendo pasar ante sus puertas los fúnebres cortejos de sus partidos con Rajoy y Pedro Sánchez pulcramente amortajados, o amortizados.

    Ambas políticas, rodeadas de corrupción, han mostrado públicamente su desacuerdo con que los dos políticos fuesen cabezas de cartel para las elecciones, pero, haciendo gala de un insuperable practicismo estratégico, lo han permitido conscientes del gran beneficio personal que podían obtener de la esperada, y a medias producida, debacle electoral.

    El gran perdedor de estas elecciones ha sido el pueblo: ha vuelto a ganar la corrupción, la esclavitud laboral, los recortes, la banca, la patronal y todo aquello que nos ha traído hasta donde estamos.

    De la izquierda, mejor ni hablar. El mito de Sísifo la define a la perfección.

    Salud

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    1. No te quito la razón, pero esta vez no lo veo todo tan negro. España es lo que es, y esos más de seis millones de votos por el cambio (incluyo los de Garzón) son algo inaudito en este país. Como digo en el texto, creo que lo que se inició ayer ya va a ser imparable, por muchas maniobras entre bastidores que haya.
      Un abrazo.

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  2. Sí, este país irá despertando poco a poco o, por lo menos, cogiendo un poco de confianza olvidándose de los ecos satanistas que profana esa derecha a la que le molesta que la gente escoja. Es verdad que a nosotros también nos jode que algunos decidan que el PP todavía sea la mejor opción. Pero creo que mucho tiene que ver también esa ascendencia y anhelo de épocas franquistas (creo que hay una población viejuna muy determinante), además del papel que juega siempre la prensa y ese “mejor nos quedamos como estamos”. Son muchos los factores psicológicos que pueden animar y mover la balanza definitivamente a un lado u otro, pero está claro que la mentalidad de izquierdas perdona mucho menos los errores que la de derechas. Y tienes razón otra vez al decir que deben ir con pies de plomo los de Podemos y pensar más en el futuro que en el presente. Las cosas tienen que hacerse con calma, con la vista puesta en esa España justa que todos queremos crear. Entonces, y si lo hacen bien, dudo que nadie les saque del poder por un largo tiempo cuando lo obtengan, que lo obtendrán. En este país parece que ese juego de dominación y mangoneo de 8 años se ha ido al carajo. Ojalá sea así. Ahora falta que IU empiece a comprender la necesidad de unirse a Podemos, si es que no se consigue cambiar la ley electoral, que dudo mucho que suceda. En fin, que las cosas van a ser complicadas, desde luego, pero seguro que se llegan a acuerdos. Estos cuatro años serán interesantes porque de lo que hagan hoy dependerá ese futuro del que hablaba antes. A ver, a ver… ¡Un abrazo!

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    1. Muy de acuerdo, Toni. Pese al embrollo, el panorama de lo que vendrá (de lo que debería venir) ha quedado muy claro, y la izquierda le debe a la gente de este país estar de una vez a la altura de las circunstancias, como lo estuvo en 1931.
      No creo que esta legislatura dure cuatro años. De hecho, no creo ni que empiece. A no ser que el PsoE decida recuperar las ‘s’ y ‘o’ mayúsculas y ofrezca un pacto verdaderamente de izquierdas a Podemos. Lo dudo mucho.
      ¡Un abrazo!

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  3. Que Podemos esté a favor de las tesis secesionistas no es un buen augurio, la verdad, más bien es inquietante.
    Los delirios identitarios están llevando a Cataluña hacia el desastre y la ruina, no hay más que ver el goteo incesante de empresas, que huyen hacia otros puntos de España y lo peor, la fractura social que han provocado Más y los suyos. Todo por tapar las vergüenzas de los chanchullos de los pujolone y la corte de apesebrados, que han vivido de lujo esquilmándonos a los ciudadanos, mientras se envolvían con la banderita.

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    1. Totalmente de acuerdo en lo de Mas y Convergència. Sin embargo, el independentismo no es un invento suyo, sino una realidad anhelada por muchos catalanes, cada vez más por culpa del inmovilismo y el frentismo. La única salida a este asunto es la convocatoria de un referéndum, y ahí Podemos, en mi opinión, está siendo muy inteligente. La única manera de desactivar el independentismo es permitir que se vote. Yo no soy independentista, sin embargo, sí quiero que haya referéndum, como el 80% de los catalanes. Sólo un gobierno sensible hacia la realidad catalana, capaz de hacer atractivo en Catalunya el proyecto español, conseguirá superar este problema. Y créeme: lo que más temen los independentistas es un gobierno de Podemos que permita el referéndum, porque saben que en ese caso ganaría el ‘no’.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo.

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