‘Cómo hacer la revolución’, un llamamiento al activismo social… y una larga reflexión sobre el mundo

Cómo hacer la revolución - Srdja Popovic«Lo que los activistas deben saber es que todo recae en la población. Lo que cuenta son las personas. Este libro establece un marco práctico, pero sus ideas son inútiles sin la determinación de cambiar las cosas y la fe en que ese cambio es posible. Con mi experiencia y en nombre de todos los desconocidos que siguieron esta vía razonable y obtuvieron resultados espectaculares, os aseguro que no hay ningún modo de vivir más gratificante ni feliz que defendiendo algo que crees correcto. Las criaturas más pequeñas tienen poder para cambiar el mundo».

Estoy seguro de que más de una vez habéis renegado entre dientes al leer algo parecido en Facebook, acompañado de una bonita foto de esas que te hacen creer que es posible superar cualquier reto que se te presente. A mí me ha pasado. Hay días en que repasar el muro de Facebook da ganas de lanzar la pantalla (o el móvil) por la ventana, y eso que soy un convencido de que los únicos cambios posibles en la sociedad tienen su origen en lo local.

El fragmento con que he iniciado el artículo es de Srdja Popovic, activista serbio que junto a otros jóvenes de su país crearon a finales del siglo pasado el movimiento Otpor! (¡Resistencia!), que, tras una ingeniosa campaña revolucionaria, contribuyó a la derrota electoral del presidente serbio Slobodan Milosevic en las elecciones de septiembre de 2000. Milosevic fue posteriormente entregado, a petición del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia, para ser juzgado por crímenes de guerra, contra la humanidad y genocidio (por su responsabilidad en las sucesivas guerras de los Balcanes), y murió en marzo de 2006 en el centro de detención del tribunal penal de La Haya, mientras esperaba la reanudación del juicio.

Popovic, con la colaboración de Matthew Miller, publicó en 2015 el libro Cómo hacer la revolución: instrucciones para cambiar el mundo, editado en España por Malpaso y traducido por Ana Nuño y Pilar García-Romeu. Es una lectura interesante, por el relato sobre Otpor!, por las experiencias del autor asesorando a otros movimientos revolucionarios pacíficos alrededor del mundo —a través del Centre for Applied Nonviolent Action and Strategies (CANVAS), del que es director ejecutivo—, pero sobre todo por lo que tiene de guía para cualquier persona que considere que el mundo es un lugar muy mejorable.

Srdja Popovic
SRB / BELGRADO / Srdja Popovic, junto al puño de Otpor!. © FABRIZIO GIRALDI/LUZphoto

Me interesa más esa parte del libro, la que aplica la estrategia del activismo no violento a promover cambios en la pequeña esfera, en el barrio, en la comunidad escolar, en el pueblo, que todo el relato sobre los movimientos más o menos revolucionarios que se han fijado en la aventura de Otpor!. Me interesa más el ejemplo de la madre de familia de clase media estadounidense, a quien el activismo político le provoca rechazo pero acaba implicándose en una campaña vecinal para evitar la construcción de un gran centro comercial junto al colegio de sus hijos, o la experiencia de un grupo de jóvenes por llevar la dignidad al suburbio más inhumano de Nairobi, me interesan más esos ejemplos minúsculos, como decía, que los grandes movimientos revolucionarios a los que se refiere en el libro.

¿Por qué? Pues porque tengo la impresión de que a Popovic, además del activismo no violento, lo mueve cierta tendencia política que no sé muy bien cómo definir. Me sorprende que coloque en el mismo saco de los dictadores despiadados a la junta militar birmana, al sátrapa de Islas Maldivas o al de Sudán, al sirio Bashar Al-Assad, a un buen puñado de presidentes de repúblicas ex soviéticas, al egipcio Mubarak, al turco Erdogan, incluso al presidente ruso Vladimir Putin, al venezolano Hugo Chávez, y, por supuesto, al serbio Milosevic.

No distingue entre grados de autoritarismo y, hombre, estoy muy lejos de ser un experto en geopolítica, pero por poco que me guste Putin no lo puedo llamar dictador, como no es una dictadura la muy mejorable democracia venezolana.

Milosevic probablemente fue un criminal de guerra, como otros muchos líderes mundiales que jamás serán juzgados en La Haya, desde George Bush a Tony Blair, pasando por José María Aznar y todos los que, hablando de Yugoslavia, participaron en los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado en la primavera de 1999. No fueron caramelos lo que repartieron. Para ser un dictador, es curioso que Milosevic abandonara el poder tras unas elecciones presidenciales. Es cierto que le costó un poco reconocer el resultado y que sólo dio el brazo a torcer tras la toma de las calles por parte de cientos de miles de ciudadanos ilusionados con el cambio.

Sin embargo, Popovic no es especialmente crítico con las potencias occidentales que, en su intención de dar escarmiento al gobierno yugoslavo por su intervención en Kosovo, mataron a cientos de sus compatriotas (la mayoría civiles). Su madre estuvo muy cerca de ser una víctima inocente en el bombardeo del edificio de la televisión.

Tengo la mala costumbre de buscar respuesta a las preguntas que, como en esta ocasión, me genera la lectura de un libro. Hoy en día todo está en Internet, así que, con un poco de paciencia y procurando descartar la inacabable propaganda que se cuela entre la información veraz, uno puede encontrar documentos tan interesantes como el amplísimo reportaje que el periodista Roger Cohen escribió en The New York Times Magazine pocas semanas después del triunfo electoral de Vojislav Kostunica al frente de la Oposición Democrática de Serbia, que terminó con el régimen de Milosevic.

Bajo el título ‘¿Quién derrocó realmente a Milosevic?’, Cohen analiza en profundidad el fenómeno Otpor! desde su formación, cómo se desarrolla y cómo influye en el cambio político, y revela datos tan trascendentes como la generosa financiación que recibió por parte del gobierno estadounidense. Si leéis en inglés, es un texto muy recomendable.

No hay duda de que el primer paso para que un movimiento revolucionario triunfe es la implicación de un buen número de activistas plenamente concienciados con la causa. Que sean ingeniosos, inmunes al desaliento, que tengan sentido del humor, y la capacidad para buscar objetivos que despierten la simpatía de un número creciente de conciudadanos son algunas de las claves en que hace hincapié Srdja Popovic en su libro. Y si cuentas con unos cuantos millones de dólares para invertir en merchandising, en la formación de activistas y en su manutención, y en la organización de eventos, pues todo se simplifica. De esto último no habla el líder de Otpor!, pero sí lo hace Cohen, quien cita un encuentro en Belgrado con Paul B. McCarthy, oficial de la National Endowment for Democracy (NED, Fundación Nacional para la Democracia), organización estadounidense financiada por el Congreso para apoyar a movimientos “prodemocráticos”, especialmente en América Latina:

«Para aquellos americanos que tenían la intención de llevar la democracia a Serbia, el movimiento estudiantil ofrecía diversos atractivos. Su organización horizontal frustraría los intentos del régimen de escoger un objetivo para golpear o comprometer; su compromiso con los arrestos duraderos e incluso la violencia policial tendieron a avergonzar a los largamente enfrentados partidos de la oposición serbia, que se unieron; parecía más eficaz para romper el miedo que cualquier otro grupo; tenía una agenda clara para derrocar a Milosevic y convertir a Serbia en un estado europeo “normal”; y tenía los medios para influir en los padres mientras conseguía el voto crítico de los jóvenes.

“Así que”, dice McCarthy, “desde agosto de 1999 los dólares empezaron a fluir hacia Otpor! bastante significativamente”. De los casi tres millones de dólares gastados por su grupo [se refiere a la NED] en Serbia desde septiembre de 1998, afirma que “Otpor! fue con certeza el receptor más grande”. El dinero fue a las cuentas de Otpor! en el extranjero. Al mismo tiempo, McCarthy mantuvo una serie de reuniones con los líderes del movimiento en Podgorica, la capital de Montenegro, y en Szeged y Budapest, en Hungría. Slobodan Homen, con 28 años uno de los miembros de Otpor! más veteranos, fue uno de los interlocutores de McCarthy. “Teníamos una gran cantidad de ayuda financiera por parte de organizaciones no gubernamentales occidentales”, dice Homen. “Y también de algunas organizaciones gubernamentales”.

En una reunión celebrada en junio en Berlín, Homen oyó a Albright [la secretaria de Estado estadounidense en aquel momento] decir, “queremos ver a Milosevic fuera del poder, fuera de Serbia y en La Haya”, la sede del tribunal internacional para crímenes de guerra. El líder de Otpor! se reuniría también con William D. Montgomery, ex embajador estadounidense en Croacia, en la embajada en Budapest. “Milosevic era algo personal para Madeleine Albright, una muy alta prioridad”, cuenta Montgomery, quien fue retirado de Croacia en junio para liderar un grupo de oficiales que monitorearan Serbia. “Ella lo quería fuera, y Otpor! estaba preparado para resistir al régimen con un vigor y de una manera que otros no podían. Raramente tienes tanto ardor, energía, entusiasmo, dinero —todo— metido en algo como en Serbia en los meses previos a la marcha de Milosevic”».

En realidad no me importa demasiado quien financiara a Otpor!, pero sí me causa recelo que se omita información tan relevante. Desde luego, el hecho de que Estados Unidos bañara en dólares el aparentemente espontáneo y autogestionado movimiento estudiantil ayuda a entender las tibias críticas de Popovic hacia los bombardeos masivos de la OTAN sobre Belgrado.

Tampoco entiendo por qué no menciona en el libro que el veinteañero más o menos despreocupado que era antes del nacimiento de Otpor! en realidad ya acumulaba una larga experiencia política. Así, mientras tocaba el bajo en una banda de rock gótico llamada BAAL, se hacía con la presidencia de las juventudes del Partido Demócrata, que lideraba Zoran Djindjic, futuro primer ministro (de 2001 a 2003, cuando fue asesinado).

El relato sobre Otpor!, las ingeniosas acciones que perseguían ridiculizar a Milosevic y a los aparatos represivos del estado, y que conseguían que la población fuera perdiendo el miedo al régimen; el relato de cómo afrontaban los “interrogatorios” policiales y cómo fueron ganándose la simpatía de la ciudadanía a base de resistencia pacífica y “risactivismo”, es, sin duda, un modelo a tomar en cuenta, aunque Popovic insiste en que, si bien espera que pueda servir de inspiración, no es exportable. En cada lugar sólo sus habitantes conocen los mecanismos que pueden desencadenar el cambio, y son ellos quienes tienen la responsabilidad de activarlos.

Particularmente, la lectura, sobre todo en la parte final, me ha resultado bastante inspiradora, quizás porque tengo latente el gen del activismo. Pero insisto en que, para haber hecho un mapa tan extenso del activismo revolucionario pacífico alrededor del mundo, y para contar entre sus referencias con emblemas tan incontestables como Gandhi y Martin Luther King, echo de menos un poco más de crítica a regímenes inigualables en cuanto a salvajismo, como el de Arabia Saudita. Supongo que apenas lo menciona porque o bien no existen activistas saudíes o bien no han acudido a CANVAS a pedir asesoramiento.

La dictadura saudí es, entre otras lindezas, promotora de los “rebeldes” sirios (donde dice rebeldes habría que leer yihadistas, aunque los medios de comunicación occidentales se empeñen en poco menos que elevarlos a la categoría de mártires) y de la terrible guerra en Yemen (de la que nada informan esos mismos medios).

Popovic sólo hace una mención a la campaña reivindicativa que protagonizaron unas cuantas mujeres al volante. En la dictadura saudí las mujeres no pueden conducir ni hacer nada para lo que no obtengan el permiso previo de sus maridos, ni siquiera quitarse el hiyab en público, una grave ofensa que se castiga con la cárcel, como comprobó recientemente la insensata Malak al-Shehri, quien osó colgar en Twitter una foto en la que aparece con la cabeza y las pantorrillas desnudas. Los guardianes de la moral de la “monarquía” amiga de occidente (y de Daesh) claman por su ejecución.

Srdja Popovic dedica especial atención al movimiento revolucionario egipcio, que acabó con el régimen de Mubarak, y a la oposición pacífica siria, que pretendía echar a Assad. CANVAS se encargó de la formación de los líderes opositores en ambos países. No hace falta ser ningún experto para concluir que el resultado de la primavera árabe en Egipto y en Siria ha sido un completo desastre (como lo fue en Libia). En Siria no existe la oposición pacífica, sino una amalgama de facciones yihadistas (muy recomendable la crónica de Robert Fisk para el digital ‘Independent’ sobre la batalla de Aleppo), entre ellas las diferentes ramas del que hace unos años era el principal mal de la humanidad, es decir, Al Qaeda, y que ahora resulta que se ha transformado en un movimiento “rebelde”. En Egipto sigue habiendo dictadura, con el añadido del componente fanático religioso del que antes carecía.

CANVAS también asesoró al grupo impulsor de la ‘Revolución Naranja’ en Ucrania. El movimiento consiguió desalojar a Víktor Yanukóvich del poder en 2005, bajo el liderato de Víktor Yúshchenko, vencedor en las elecciones presidenciales, aunque cinco años después Yanúkovich volvió a vencer tras las disputas entre los partidos simpatizantes de la revolución.

Popovic dedica interesantes reflexiones al porqué del fracaso de movimientos como el egipcio, el sirio o el ucraniano. Unidad es una palabra clave; tener muy claro el objetivo —el “huevo de ganso” lo llama— a perseguir es el otro concepto fundamental. No basta con desalojar al dictador de turno del poder, porque si no hay un plan perfectamente diseñado para después, la inconsistencia será aprovechada por otras fuerzas mejor organizadas. El objetivo debe ser la construcción de una democracia sólida, y para hacerlo posible sus impulsores deben mantener la unidad y el activismo postrevolucionario. Popovic se refiere al papel de vigilante del poder que tomó Otpor! tras la caída de Milosevic, aunque buena parte de sus integrantes acabaran en la política institucional (él mismo fue ministro de Djidjic) y, de hecho, el propio movimiento acabara presentándose a las elecciones, en las que obtuvo un resultado decepcionante (apenas el 1,6% de los votos). Finalmente, Otpor! se integró en el Partido Demócrata.

Popovic ahora se dedica a asesorar a otros movimientos “revolucionarios”. Sorprende que, mostrándose tan contrario al uso de la violencia, alabe, por ejemplo, la segunda revolución ucraniana, que estalló a finales de 2013, apoyada, entre otros, por movimientos neonazis, y acabó degenerando en una cruenta guerra civil.

Tampoco acabo de entender qué tiene de revolucionaria y pacífica la ultraderecha venezolana, que recurre sistemáticamente al uso de la violencia en su afán por derrocar al gobierno bolivariano. Como decía, la democracia en ese país sin duda es muy mejorable (¿no lo es en España, donde gobierna una organización criminal con el apoyo de un partido “socialista”?), pero no puedo estar en absoluto de acuerdo con la calificación de dictadura que le otorga Srdja Popovic. De hecho, la revolución en Venezuela ocurrió de forma paralela al nacimiento de Otpor!.

Si hablamos de movimientos pacíficos que hayan tenido una influencia significativa en el cambio social y político de un territorio, el 15M es un ejemplo perfecto. El libro de Popovic ni lo menciona. Sí que habla de Occupy Wall Street, la versión norteamericana, y no para bien. Aunque simpatiza con su ideal regenerador, critica que se autolimitara su penetración en la sociedad al adoptar una denominación excluyente. «Pocas personas están dispuestas a ocupar la calle», viene a decir. En su opinión, Occupy debería haber tomado un nombre con el que se identificara la mayoría de la población, algo como ‘Somos el 99%’, y haber extendido su influencia al ámbito rural, no sólo a la clase media urbana. Ocupar la calle habría debido ser la consecuencia de una estrategia previa encaminada a aglutinar el máximo apoyo posible, no el medio y a la vez el objetivo para conseguir no se sabe qué.

Debo decir que comparto bastante ese punto de vista. La gente más concienciada se lanza a la calle con entusiasmo, pero ese entusiasmo va bajando, y las concentraciones también van disminuyendo en número, hasta que un día ya no queda nadie en las plazas, y entonces, ¿qué? Algo así parece haber sucedido en Francia con Nuit debout. En España el 15M arrancó con una fuerza sorprendente, ilusionante y contagiosa, pero también la gente acabó cansándose. Sin embargo, creo que el legado de aquel despertar es bien visible. La irrupción de Podemos en el Congreso quizás no pueda calificarse de revolución, pero es indudable que el 15M revolucionó la forma de hacer política en este país, volvió a poner la política en el primer plano del discurso público y privado, y el resultado es, entre otras cosas, esos 71 diputados “robados” al bipartidismo (incluso los 32 de Ciudadanos algo tienen que ver con los cambios producidos a raíz del 15M y la aparición de Podemos), y las alcaldías llamadas del cambio, que tanto escuecen al tradicionalismo político. Que Ada Colau sea alcaldesa de Barcelona quizás no sea consecuencia de una revolución, pero desde luego tiene todos los ingredientes para formar parte de un libro como el de Srdja Popovic.

La llama del activismo social

Me dice Word que llevo 2.800 palabras, y todavía me queda hablar sobre mi experiencia personal con la reivindicación pacífica.

Como decía al principio de este larguísimo artículo, me he sentido muy identificado con la última parte de la lectura. Como su autor, yo también afirmo que la movilización funciona, que desde la esfera reducida se pueden provocar cambios que quizás acaben desembocando en una sociedad mejor. Las pequeñas victorias saben muy bien y son, sin duda, el combustible necesario para confiar en el activismo social como un motor de cambio.

Hace unos años encabecé en Badalona una plataforma que reivindicaba la construcción de las promociones de vivienda pública prometidas por el ayuntamiento. Allá por el año 2002 se hizo un sorteo multitudinario en el Palau Olímpic, con miles de vecinos ilusionados ante la posibilidad de obtener una de las casi mil viviendas con protección oficial y, por tanto, a un precio mucho más asequible que las del mercado privado, que se iban a construir. Nos asignaron un número, y a medida que se fueran construyendo los pisos nos irían citando para tramitar la compra. El problema es que el proceso se alargó durante años y, en plena burbuja inmobiliaria, la mayoría de las promociones anunciadas el ayuntamiento no tenía capacidad de afrontarlas, con lo que cientos de familias nos quedamos con dos palmos de narices.

Cansados de esperar y de que nos dieran largas, un grupo de afectados decidimos agruparnos y ver qué se podía hacer. Conseguimos reunir a más de un centenar de familias e iniciamos una campaña mediática, redactamos un manifiesto, nos presentamos en el Pleno municipal, nos reunimos con los partidos políticos, con la alcaldesa e iniciamos negociaciones con el gobierno municipal. Pedíamos que se construyeran todos los pisos prometidos.

Pronto nos dimos cuenta de que muchas de las personas que habían participado en el sorteo ya habían comprado una vivienda, se habían marchado o había cambiado su situación personal (habían pasado varios años). Además, en los albores de la crisis, pocos reunían las condiciones económicas para asumir la compra de un inmueble (en el mercado privado los precios se habían disparado hasta la locura), de modo que enfocamos la negociación en conseguir que al menos se diera la posibilidad de adquirirlo a quienes habían obtenido un número en el famoso sorteo lo bastante bajo como para seguir esperando.

La negociación con los técnicos de Urbanismo, tras algunas reuniones algo tensas con los representantes políticos, fue bien, y enseguida establecimos una dinámica de trabajo muy constructiva y fructífera.

Una década después puedo decir que me queda la satisfacción de haber contribuido, junto a otros ciudadanos comprometidos, a que personas que habían dado por perdida la posibilidad de obtener una vivienda a un precio razonable, finalmente la consiguieran.

Popovic explica en su libro que el activismo es como una llama encendida en nuestro interior, que nos impulsa a actuar con el objetivo de mejorar la vida de la comunidad de la que formamos parte. Yo noto esa llama, así que necesito hacer lo que esté en mi mano. Actualmente estoy implicado en la defensa de la escuela pública. Y también puedo decir con satisfacción que el movimiento reivindicativo que iniciamos un grupo de familias hace un año para proteger las escuelas públicas de Caldes de Montbui está obteniendo resultados (no me extiendo, ya he escrito varios artículos sobre ello).

Con el actual ritmo de vida se hace complicado formar parte activa de movimientos reivindicativos. Las obligaciones personales y familiares, el trabajo, la necesidad (por una simple cuestión de salud mental) de tiempo para el ocio y el descanso, limitan nuestra disponibilidad para el activismo. Confieso que a mí hay momentos en que se me hace muy cuesta arriba pensar en redactar manifiestos, asistir a reuniones u organizar actos, pero no podemos resignarnos. Hay que luchar por lo que es justo. Y lo que es justo no necesariamente significa iniciar una revolución. De hecho, casi nunca significa eso, o no al menos el tipo de revolución que incluye guillotinas en la plaza mayor ni la toma de las calles.

Pensad en vuestro entorno. Seguro que hay situaciones injustas que claman por que alguien tome cartas en el asunto, cosas que a ojos externos parecen insignificantes, pero que para quien convive con ellas marcan la diferencia entre una vida más o menos satisfactoria.

Nadie nos va a sacar las castañas del fuego. Como dice Srdja Popovic, todo recae en la población, y no hay ningún modo de vivir más gratificante ni feliz que defendiendo algo que crees correcto.

Si has llegado hasta aquí, tiene mérito. Tómate una cerveza a mi salud. Yo lo haré a la tuya.

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2 thoughts on “‘Cómo hacer la revolución’, un llamamiento al activismo social… y una larga reflexión sobre el mundo

  1. Me asusta la calle, el barrio, el pueblo, la ciudad… así hasta el perro mundo globalizado.

    Me ilusiona ver a cincuenta (de mil) padres y madres luchar por un instituto nuevo y decente para sus hijos e hijas… y conseguirlo; me aterra ver a novecientos de los mil haciendo cola, año tras año, ante un cutre rey mago para obtener un juguete de los chinos comprado con los fondos públicos de un ayuntamiento cateto y provinciano.

    Me gusta ver las calles de la ciudad cortadas por mil quinientos estudiantes clamando contra la LOMCE y el 3+2; me incomoda que veinte mil estudiantes se encierren voluntariamente en un infecto redil, lleno de charcos, basura y orina, para beber hasta el coma.

    Me encanta que cuarenta mil personas se rebelen contra la mafia del Susanato (régimen andaluz de Susana Díaz) y salgan a la calle para reclamar que sean los profesionales de la sanidad quienes decidan cómo organizar y dotar un nuevo hospital; me desmorona que, ese mismo día, ciento cincuenta mil personas acudan balando a la apertura del centro comercial más grande de Andalucía en la tercera ciudad con la renta percápita más baja de España y uno de los índices más altos de paro… (otras ciento cincuenta mil al día siguiente).

    Me atraen tres mil personas reclamando dignidad laboral en las arterias de la ciudad cerradas al tráfico; me subleban tres mil personas haciendo cola a las puertas del negocio de Fray Leopoldo todos los días nueve de cada mes, a piñón fijo, con el monedero abierto para derramarlo en el consumo de la fe, exento de IVA, de IBI y sin facturas.

    Todo es posible en Granada.

    Me fío y confío en el pacifismo, pero un poquito de gasolina y unos adoquines merodean en la parte oscura de mi mente. Por ahora, vence el power flower.

    Salut i força al canut (nada de pene o de cilindro para guardar dinero) de maría.

    Le gusta a 1 persona

    1. Eso pasa en Granada y, más o menos, en cualquier otra ciudad española. El objetivo es que los que reclaman el nuevo instituto, una mejor sanidad pública y mejores condiciones laborales sean cada vez más, y los otros, cada vez menos. No va a pasar a corto plazo, me temo, si es que pasa.
      ¡Salud!

      Le gusta a 1 persona

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