Recuperando del olvido a las víctimas del franquismo

Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica
En en laboratorio de la ARMH, en Ponferrada, junto a Marco, Álex, Nuria y René.

No hay nada más admirable que dedicar tu tiempo y tus esfuerzos a aquello que sabes que es justo, que si tú no lo hicieras probablemente acabaría cayendo en el olvido, que sabes que ni viviendo diez vidas lograrás llevar a término, pero que, sin embargo, cada nuevo pasito, cada minúsculo avance, hace que todo valga la pena, que las semanas, meses, años de trabajo sin garantía de resultados justifican plenamente tanto esfuerzo invertido.

Las entidades que tienen su razón de ser en la recuperación de la identidad de las decenas de miles de víctimas de la represión franquista que permanecen condenadas al olvido en fosas comunes y cunetas realizan una labor admirable, pero, sobre todo, imprescindible.

Lamentablemente imprescindible, puesto que de no ser por esas personas que dedican su tiempo a refrescarnos la memoria, el franquismo ya hace tiempo que habría obtenido una victoria completa, venciendo la última de las batallas: la del olvido de las víctimas.

114.226 son las personas, no números ni fríos datos, sino seres humanos tan reales como nosotros, que permanecen desaparecidas como consecuencia de la represión franquista.

En realidad son muchas más, pero ésas son las que se han podido constatar a pesar de todas las trabas que el aparato del Estado ha puesto y sigue poniendo para darles nombre y apellidos.

El 12 de agosto tuve el privilegio de conocer a varias de esas personas admirables que han decidido dedicar buena parte de su vida a ayudar a otras personas a localizar los restos de sus familiares represaliados. Y hoy, 30 de agosto, Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, es un buen momento para explicarlo.

Cuando organizamos las vacaciones por la provincia de León tuve claro que haría parada en Ponferrada para saludar a los voluntarios de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) y mostrarles mi agradecimiento y admiración entregándoles un ejemplar dedicado de El viaje de Pau, mi primera novela, que, entre otras cosas, pretende ser un modesto homenaje a las víctimas del franquismo y a quienes continúan luchando por recuperar su dignidad.

Marco González, vicepresidente de la entidad, me atendió con toda la amabilidad y paciencia del mundo durante una hora y media que resultó interesantísima. Ya conocía la labor de la ARMH, pero compartir ese rato con quienes están detrás de unas siglas, comprobar que mantienen un compromiso y una determinación que se crecen ante la adversidad, fue muy especial.

“Después de quince años hemos conseguido que buena parte de la sociedad admita que reconocer a las víctimas es una cuestión de justicia”, señalaba Marco al preguntarle si el desprecio hacia las víctimas y el “olvido” de la Ley de Memoria Histórica por parte del gobierno del PP dificultan su tarea. “Fíjate que el PP es verdad que ha dejado la dotación de la ley a cero y que nos rechaza todas las solicitudes de subvención, pero no se ha atrevido a derogarla, y eso es porque existe una concienciación ciudadana creciente”, añadía. Tal afirmación la constatan en el número cada vez mayor de voluntarios para participar en exhumaciones.

Hasta finales de 2012 las asociaciones que trabajan en la recuperación de las víctimas desaparecidas habían conseguido exhumar 332 fosas comunes de las 2.000 contabilizadas oficialmente (cunetas y fosas no localizadas, evidentemente, no lo están), en las que se identificaron los restos de 6.300 personas. El número es pequeño, pero no se debe menospreciar habida cuenta de todas las dificultades administrativas y económicas que ha de superar cada intervención. Para empezar, conseguir el permiso del propietario del terreno. “Dependemos de la buena voluntad, y si el dueño de la finca se niega, no hay nada que hacer”.

Los familiares de las víctimas ya sólo esperan certeza, la de saber dónde acabaron enterrándolas sus asesinos. Únicamente eso es a lo que pueden aspirar, porque la vía judicial, la que debería reconocer y castigar a los culpables, conduce invariablemente al mismo, patético y vergonzoso final: la preconstitucional Ley de Amnistía, de 1977, la que nuestros gobernantes (ahora el PP, pero antes también el PSOE) esgrimen como ejemplo de “reconciliación”…, y lo hacen sin que se les caiga la cara de vergüenza…, porque no tienen, vergüenza; la cara se la pisan.

“Cada vez más jueces tratan de evitar acogerse a la Ley de Amnistía porque es evidente que democráticamente no se aguanta por ningún lado. Desde la comunidad internacional, empezando por la ONU, no dejan de pedir que se derogue, aunque el gobierno haga oídos sordos”, indicaba Marco.

En este mismo blog encontraréis unos cuantos artículos sobre la cuestión, por ejemplo el que escribí el año pasado por estas fechas.

portada la marea
La portada del número de abril de ‘la marea’ denunciaba de forma brillante la realidad de este país.

Es que es escandaloso. Vivimos en una democracia que permite, como si fuera lo más normal del mundo, que en su territorio permanezcan sin localizar los restos de más de cien mil personas asesinadas por el terrorismo de Estado, sin que haya la más mínima intención de investigar esos crímenes, juzgar a los asesinos y reparar a las víctimas. A mí me resulta inconcebible. Pero la triste realidad es que los cimientos del Estado se levantan sobre las mismas estructuras de poder franquistas que muchos, en su ignorancia, creen aparcadas hace cuarenta años.

“El PSOE tuvo la oportunidad de acabar con ello, pero se quedó en una ley que a la práctica no contiene más que buenas intenciones”, señalaba el vicepresidente de la ARMH. Ya hemos visto qué pasó cuando a un juez se le ocurrió ir más allá. A Baltasar Garzón se lo quitaron de en medio por iniciar una causa contra los crímenes del franquismo.

viñeta eneko

Marco intenta ser optimista. Considera que la sociedad española quiere cerrar el capítulo de la dictadura de la manera como lo haría una democracia madura. Y en buena parte, ese cambio de actitud, ese dejar de mirar a otro lado, se debe a la labor de sensibilización llevada a cabo por las asociaciones que trabajan por la recuperación de la memoria histórica. Aunque deban hacerlo gracias a donaciones de particulares, de entidades extranjeras (como el sindicato de electricistas noruego que el año pasado aportó 6.000 euros), y a la dotación económica de reconocimientos internacionales, como los cien mil dólares del Premio Alba/Puffin, que los Archivos de la Brigada Abraham Lincoln les entregó el pasado mes de mayo en un acto público celebrado en Nueva York.

Las investigaciones suelen empezar con la información que facilita una persona que busca a alguien de su familia, pero acaban implicando a otras muchas, porque normalmente en el lugar donde el cuerpo fue enterrado se encuentran los restos de otras víctimas. Es entonces cuando sus descendientes suelen llegar a la conclusión de que aquel tío abuelo o bisabuelo que daban por olvidado también merece recuperar su identidad anulada.

“Se está rompiendo la barrera del miedo”, me explica Marco. Todavía hay lugares donde funciona, donde el recuerdo traumático bloquea la memoria, pero también hay más personas que deciden liberarse y contar lo que vieron o escucharon tantos años atrás. Testimonios valiosos, que ayudan a localizar nuevas fosas y a identificar los huesos que contienen.

Como los que se acumulan en cajas en una de las pequeñas salas que la Universidad de León en Ponferrada permite ocupar a la ARMH, a la espera de los resultados de las pruebas de ADN que realiza el laboratorio argentino con el que colabora la entidad.

Huesos como los que componen el esqueleto que yace sobre un armario bajo, al fondo del laboratorio, el resultado de la última exhumación. Le falta un pequeño fragmento de fémur, que han extraído para enviar a realizar las pruebas de ADN, donde cotejarán la muestra con la saliva de los familiares que han acudido a la asociación o con quienes han dado como fruto de la investigación.

Y junto a los huesos, un zapato; arrugado, apelmazado por la presión, durante años, de toneladas de tierra. Un zapato del mismo color marrón rojizo que el barro que devoró la carne y las fibras que envolvían a ese esqueleto que pronto recuperará el nombre de la persona que fue. Y alguien, por fin, podrá llorar su pérdida, derramando sus propias lágrimas y quizás también las de quienes murieron sin llegar a saber qué fue de él.

Recuperar la memoria histórica es una cuestión de justicia; es recuperar la dignidad de todo un pueblo. No hay excusa que justifique rehuir una responsabilidad que debería ser, que es, del Estado.

Ni siquiera la excusa del dinero vale, afirma Marco González, porque “tenemos los recursos humanos y materiales necesarios. Recuperar los cuerpos cuesta mucho menos de lo que se cree. Sólo hace falta voluntad política”.

Mientras eso no sucede seguiremos aplaudiendo la labor de quienes les mueve un único interés: la justicia.

El 12 de septiembre será un buen momento para hacer ese reconocimiento de forma pública, pues la ARMH celebrará su 15º aniversario con un recital solidario en el Auditorio de León.

Desde estas líneas vaya mi agradecimiento para Marco, Álex, René, Nuria, Natalia, Juan Carlos y Aníbal, a quienes tuve el placer de conocer el 12 de agosto en Ponferrada.

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