El abrazo del hogar

Valle de Pineta
El Valle de Pineta en su esplendor primaveral

7 de junio

«Estoy aquí. Estoy en casa». Lo repito varias veces, paseando la mirada por la pradera donde pasé los veranos más felices de mi vida, paseándola por los bosques que forran esas montañas apabullantes, que me siguen pareciendo tan imposibles como el primer día, aquel verano de 1980. Tenía seis años y me parecía que mis padres me habían metido en el escenario de un cuento. No era posible que existiera un lugar así.

Me siento en la roca que siempre ha estado ahí, cerca del rincón donde instalábamos la canadiense azul, el rincón del quejigo que era hogar de nuestro amigo el lirón, nuestro rincón. «Estoy en casa», vuelvo a decir en voz alta, único huésped humano de la pradera que en verano era el hogar feliz de un puñado de familias agradecidas por la hospitalidad de la señora Pineta.

Valle de Pineta
El macizo de Monte Perdido desde los llanos de la Larri

Las últimas semanas no han sido muy buenas para mí. Regresar al hogar era una necesidad. Hogar es una palabra importante. Como amor, amistad, familia, dignidad. La vida queda coja cuando falta alguna de esas. Uno sabe que se encuentra en su hogar cuando se siente abrazado por el entorno, y yo en Pineta me siento protegido por un abrazo interminable. Es una gran suerte contar con un sitio así; no creo que sea tan habitual.

Mientras sigo el curso de los incontables regueros de agua que se descuelgan de las montañas que me rodean, los que se alimentan de las nieves ya en retirada, noto cómo la presión va desapareciendo de la cabeza y del estómago.

«Estoy aquí», insisto. Y sonrío.

…..

El agua. Qué espectáculo. Si en agosto, cuando ya sólo queda el hielo de Monte Perdido, lo es, dos meses antes, en pleno deshielo, el rugido salvaje de los torrentes y las cascadas estremece. Una de las mejores formas de disfrutarlo es remontar el curso del río Larri, hasta el fondo del valle que lleva su nombre.

Y aquí estoy, dejándome empapar por la gran cascada que salpica en todas direcciones al chocar contra las rocas. Para disfrutar del espectáculo en toda su magnitud hay que acceder a otro rincón especial, medio escondido; un pequeño esfuerzo extra que es sobradamente recompensado.

Me despido de las cascadas, del verde intenso de la pradera donde aún faltan las flores (los lirios azules en julio configuran otro espectáculo digno de ver), de los terneros y los potros recién nacidos, y de las marmotas, tan escandalosas con sus silbidos de alarma como descaradas, cada vez más, permitiendo que me acerque a un par de metros antes de esconderse en sus madrigueras. Y mientras camino sin prisa me noto ligero.

8 de junio

Macizo de Monte Perdido y Circo de Pineta
Las vistas desde la Sierra de Espierba son apabullantes

Escuchar el silencio. Un placer en peligro de extinción. Para quienes estamos acostumbrados a la locura de la ciudad resulta inconcebible, pero os prometo que es posible. No el silencio artificial de una habitación insonorizada, por ejemplo, sino el que es producto de eliminar todo sonido no natural. De pie, en medio de un pastizal de alta montaña, en plena Sierra de Espierba, estoy escuchando el silencio. Sólo tengo que callar (porque cuando camino sin compañía hablo mucho conmigo mismo, como si lo hiciera con otra persona) y prestar atención a mi entorno. Qué sensación de bienestar. Os prometo que el silencio se oye, y es una de las cosas más relajantes que existe. Sólo sonidos naturales: el zumbido de algún insecto, el viento, los pájaros, el rumor del agua, la respiración… y ya está, porque una de las cosas que más me llama la atención por lo mucho que contrasta respecto a agosto es la ausencia de saltamontes y su frenético cric cric. No se oye ni uno.

Un rato después estoy en la cima del Comodoto, el pico que corona la pequeña Sierra de Espierba a cerca de 2.400 metros de altitud, y pocas veces he disfrutado de una atalaya tan privilegiada. Enfrente tengo el macizo de Monte Perdido; a mis pies, los extensísimos pastos de La Estiva y el Valle de Pineta; a la derecha, la Munia, Ruego, la Sierra de Liena; y al fondo, el macizo de Posets-Maladeta. Sobre mi cabeza planean los buitres y quebrantahuesos. No se me ocurre un lugar donde pueda sentirme más a gusto.

Resulta inevitable reflexionar sobre lo absurdo de la sociedad humana, la manera como nos hemos alejado de lo realmente importante, de lo que da sentido a nuestra existencia; cómo nos sacrificamos por un sistema de vida tan artificial que sólo alimenta la infelicidad. Ningún objeto material, por muy valioso que sea, puede competir con lo que siento ahora mismo.

Regreso al punto de partida por La Estiva, y tantas sensaciones, tantas reflexiones, tanto tiempo con la única compañía de mi cerebro siempre activo acaban desembocando en una (creo que) buena idea para un próximo proyecto literario: un libro de relatos ambientados en diferentes rutas por el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido y su entorno, cuyos protagonistas serán algunos de los animales y plantas característicos de la zona y los humanos que la visitarán por diversos motivos. La intención es relacionar la actividad de los habitantes salvajes del lugar con las motivaciones de los personajes humanos. Ya tengo varios de ellos bastante claros.

9 de junio

El collado de la Cruz de Guardia está a la vista, incluso distingo el cartel de madera que lo señala. Veinte minutos más de ascensión y alcanzo el paso que comunica los valles de Bielsa con el de Chistau, pero no puedo más. Las piernas me pesan como dos bloques de cemento y tengo hambre, así que busco una roca donde sentarme a descansar y comer un poco. Pan con paté, fuet, chorizo y queso… por tercer día consecutivo. Empieza a aburrir, pero cumple con su cometido.

Punta Maristás
En esa montaña se encontraba la manada de sarrios que la cámara cutre de mi móvil fue incapaz de fotografiar

Observo el paisaje. Maravilloso, como siempre. Enfrente tengo la Punta Maristás o Pica de l’Orbar, una mole aún salpicada con restos de nieve. A la derecha, a lo lejos, Bielsa y el Valle de Pineta, rodeado por las montañas de mi vida y un tejado de amenazantes nubes grises.

La pega es que hace un poco de frío y sólo llevo puesto el cortavientos. La camiseta, empapada en sudor, la he extendido sobre un matorral, a ver si se seca un poco con el viento que cada vez sopla más fuerte. Se pone a llover. Vale, no se va a secar. Menos mal que el cortavientos es impermeable.

Por un momento me pregunto qué pinto aquí, solo, pasando frío, mojándome mientras preparo una triste rebanada de pan con paté y un trozo de chorizo. De todas formas, estoy tan cansado que no pienso moverme hasta acabar.

Levanto la cabeza, a ver si se intuye el sol —qué bien me vendría que me regalara unos rayitos—, y me encuentro con un precioso quebrantahuesos que planea a pocos metros por encima de mí. Olé.

De sol, ni rastro; al contrario, parece que llueve más. Miro enfrente, a la ladera donde la pedriza y la roca conviven con algunas zonas boscosas y de prado. Veo que algo se mueve entre las piedras. «Marmotas», es en lo primero que pienso, pues en esta zona abierta de la subida ya he visto unas cuantas; pero no, son mamíferos más grandes, y se desplazan en manada. Cuento varios ejemplares, quizás una docena. Están lejos para determinarlo, y hoy me he dejado los prismásticos en el camping para cargar menos peso en la mochila.

Son sarrios, un grupo compuesto por adultos y crías que juegan a perseguirse. Van descendiendo por la ladera, en busca de las zonas de pasto, así que los distingo mejor. Los más jóvenes brincan y arrancan a correr en todas direcciones, juguetones como todos los cachorros mamíferos.

Ya no pienso en la lluvia ni en el viento ni en el frío. Como tranquilo mientras disfruto del espectáculo. Soy el único espectador, y siento que soy un privilegiado. ¿Cuánta gente no tendrá jamás la oportunidad de presenciar el desarrollo de la vida salvaje, sin interferir, sin molestar, simplemente dando las gracias a la madre naturaleza por permitirte estar ahí? ¿Cuántos ni siquiera se plantearán que exista la posibilidad?

Cuando reanudo la marcha, ya sin lluvia y con unos confortables rayos de sol calentando mi espalda, pienso en que sólo ese ratito observando al quebrantahuesos y a la manada de sarrios compensa todo el esfuerzo, aunque sea plenamente consciente de que esta noche no me sentiré las piernas y mañana apenas podré andar. Ya habrá tiempo para recuperarse.

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