Copo de nieve y Lázaro Hunter en «El callejón de las once esquinas»

El callejón de las once esquinas
Portada del cuarto número de «El callejón de las once esquinas», obra del fotógrafo ruso Valdimir Fedotko.

Hace algo menos de un año escribí un cuento ambientado en una Groenlandia futura sin hielo. Viendo el camino autodestructivo que llevamos, no sería tan descabellado. Obviamente, si Groenlandia se deshiela significará que buena parte del planeta habrá quedado bajo el océano y que lo que quede aún fuera del agua será desierto. Ante semejante panorama, la humanidad superviviente, y que pueda permitírselo, huirá desesperada a las pocas zonas del norte donde aún se pueda vivir.

La Groenlandia de mi cuento, que titulé Copo de nieve (Aputsiaq en groenlandés, el nombre del niño protagonista), se ha convertido en una isla verde y superpoblada, que no deja de recibir inmigrantes que huyen de la miseria y la sequía.

Pero no todo son malas noticias. La historia mantiene un punto de esperanza y una pincelada de magia. La escribí para presentarla a un certamen literario. Lo intenté en un par, sin éxito, así que cuando María Jesús Pueyo me invitó a participar en el cuarto número de El callejón de las once esquinas, necesité pensarlo muy poco para enviarle el que considero que es mi mejor relato hasta el momento.

Es un cuento largo, de unas 3.200 palabras, del que me siento muy satisfecho, y más ahora que ya está disponible on line en El callejón de las once esquinas. La revista tiene una pinta estupenda, algo totalmente lógico teniendo en cuenta la profesionalidad de su consejo editorial, que encabeza María Jesús (Patricia Richmond para los seguidores de su carrera literaria).

La publicación de este cuarto número la celebro doblemente, pues, además de por Copo de nieve, soy protagonista por la magnífica reseña de Memorias de Lázaro Hunter: los caminos del genio con que se cierra la revista. Os invito a leerla. A lo mejor os entran ganas de leer también la novela… Para abrir boca, os dejo con el booktrailer.

Y ahora sí. Aquí tenéis Copo de nieve. Espero que os guste.

Aputsiaq regresa de la escuela en bicicleta, como cada tarde. Pronto será su cumpleaños y sus padres le han prometido que le regalarán una nueva. Ha crecido y ya casi toca con las rodillas en el manillar. Le costará deshacerse de ella, pero le alegra que vaya a heredarla Nuka, que a sus cuatro años asegura que ya sabe montar. Aputsiaq sonríe al recordar la determinación con la que su hermano pequeño se subió el otro día a la bici y cómo tras dar con sus huesos en el suelo se levantó muy digno y, con mirada desafiante, retó a los presentes: «¿Habéis visto cómo ya sé?».

Esa tarde es especial. Van a celebrar el cumpleaños del abuelo. En realidad no es su abuelo, sino el de su madre, pero todos lo llaman así, incluso los mayores. Su nombre verdadero es Nanuk. A Aputsiaq le encanta, y sabe que al abuelo también. «Soy fuerte y resistente como un oso polar», afirma orgulloso cada vez que lo ve, aunque todos parecen haber olvidado ese nombre tan bonito, igual que ya nadie en Groenlandia recuerda a los osos polares. «Cuando nací todavía había muchos, y Nanuk era un nombre muy común. Pero desaparecieron con la misma rapidez que lo hizo el hielo», le explica a menudo, con tristeza.

Aputsiaq nunca ha visto el hielo, ni siquiera los copos de nieve que sus padres decidieron que lo acompañaran siempre al ponerle nombre. Ha visto muchas fotos y vídeos de cuando Groenlandia era una isla cubierta de blanco. En la escuela les hablan de ello, y también de la terrible catástrofe que supuso para el mundo entero el derretimiento del hielo polar.

A Aputsiaq le cuesta mucho imaginar que las praderas de un verde intenso que se extienden ante sus ojos no tantos años atrás estuvieran congeladas. Es noviembre y empieza a oscurecer, pero ni en pleno invierno, cuando la noche se adueña del tiempo, refresca demasiado. Aputsiaq sólo ha sentido algo parecido al frío del que habla Nanuk al abrir la puerta del congelador.

Se detiene un instante y gira la cabeza. Los grandes rascacielos de Nuuk dominan el paisaje, y numerosas carreteras salen de la ciudad como radios de una rueda. Miles de ciclistas circulan por ellas, muchos estudiantes como él que vuelven a casa, pero también trabajadores que empiezan o acaban su jornada laboral.

Desde el pequeño promontorio en el que se encuentra, el muchacho se fija en el recinto al aire libre, a las afueras de la metrópolis, donde miles de coches se oxidan amontonados, esperando su turno para ser convertidos en objetos más útiles. «Mamá dice que uno de esos fue suyo, pero que tuvieron que abandonarlo cuando se acabó el petróleo. ¿Cómo sería montar en coche?».

Tras el breve descanso, Aputsiaq retoma la marcha, decidido a pedirle al abuelo que le cuente otra vez alguna de las increíbles historias de cuando los inuit vivían en tiendas fabricadas con huesos de ballena y pieles de reno y se desplazaban en trineos tirados por perros. «Cómo me gustaría ver esas praderas cubiertas de nieve y de manadas de renos». A sus diez años, Aputsiaq tiene un hambre creciente de conocimiento, de saber cómo eran las cosas antes y qué pasó para que ahora sean tan diferentes. Mira a su derecha, hacia el océano donde ya no hay ballenas y sí, en cambio, un transitar continuo de barcos en los que viajan gentes provenientes de lugares remotos en los que ya no queda nada. La isla verde es su última esperanza.

Pero la isla verde que un día fue blanca cada día es menos verde y más gris. Las ciudades se han multiplicado y la población ha crecido exponencialmente. A ese ritmo, en un futuro no lejano tampoco quedará nada.

Si os apetece seguir leyéndolo, podéis hacerlo en El callejón de las once esquinas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s