‘La playa de Amió’ en el quinto número de ‘El Callejón de las Once Esquinas’

Playa de Amió - Pechón
La singular playa de Amió, en la costa occidental de Cantabria.   Foto: Lucía Pastor

El quinto número de la revista digital literaria El Callejón de las Once Esquinas acaba de salir del horno cargada de relatos. Después de la buenísima experiencia de participar en el número anterior con mi cuento Copo de nieve, he vuelto a probar suerte con un relato que escribí hace años para un concurso, inspirado por una preciosa playa de la escarpada costa occidental cántabra que pertenece al pequeño pueblo de Pechón. Se titula La playa de Amió.

Antes de dejaros con la lectura, quiero agradecer de nuevo a Patricia Richmond, coordinadora y editora de El Callejón de las Once Esquinas, la calurosa acogida de mis textos, y, por supuesto, aprovecho estas líneas para felicitar a todo el equipo que hace posible tan interesante y valiosa iniciativa. El resultado es magnífico.

Ahora sí, os dejo con el relato…

La marea había subido y el islote volvía a quedar separado de la playa. Por más que Luis hubiera presenciado el fenómeno cientos de veces, le seguía fascinando. Sólo un rato antes se podía pasear tranquilamente por la lengua de arena que unía la playa de Amió con las Lastras de Pechón. Él lo había hecho, era un ritual de obligado cumplimiento cada vez que bajaba hasta aquel rincón mágico.

Los largos veranos de su infancia y juventud habían transcurrido entre aquellas piedras moldeadas por el mar; rebozados en la arena dorada; en remojo en las bravas y frías aguas del Cantábrico. Recordaba los viejos tiempos con nostalgia.

Junto a Nico, Guille, Paula y Estela, su hermana, dos años mayor que él, las vacaciones eran una aventura diaria, tan divertida y excitante como, en no pocas ocasiones, temeraria.

Cuando el grupo aparecía por la playa, los cangrejos huían con las pinzas temblando, las gaviotas procuraban mantenerse alejadas y los pececillos que se dejaban mecer en la orilla emigraban a aguas más profundas. Los turistas, sin embargo, no eran tan prudentes.

La pandilla disfrutaba de las inocentadas con que “obsequiaban” a los ingenuos chavales a los que lograban engatusar con sus historias de piratas, tesoros ocultos y almas que vagaban en pena por el islote. La preferida de Luis era la que protagonizaba el fantasma del famoso pirata Barba Roja…

—Aquí estás. Por fin… —El niño interrumpió la operación que debía culminar con otra palada de arena en un cubito de plástico lleno de agua, y miró a Luis con extrañeza—. No nos conocemos, pero yo sé quién eres. Me lo ha dicho Barba Roja…

—Sí, claro. Si me sigues molestando llamaré a mi padre.

—¿No quieres descubrir el tesoro? —La palabra “tesoro” era un aliciente irresistible para cualquier humano de menos de doce años. Sin embargo, y aunque Luis percibió el chispeo en las pupilas de la “víctima”, aún desconfiaba—. Te llamas Andrés, tienes ocho años y un hermano pequeño, Miguel, de cuatro. —Andrés abrió muchos los ojos—. Estáis aquí con vuestros padres. Venís de Madrid.

—¿Cómo sabes todo eso? —El niño, embadurnado de protector solar de la consistencia del cemento, no ocultaba su asombro.

—Ya te he dicho que mi informador es Barba Roja —se acercó al oído de Andrés, y le susurró—: el famoso pirata. —Le encantaba conferir dramatismo al asunto. En realidad, las informadoras eran Paula y Estela, que habían pasado un buen rato sentadas junto a la sombrilla de la familia del pardillo madrileño.

—Pero… eso es… imposible… ¿verdad?

Ya lo tenía en el bote. Aquel era el momento en que Luis relataba la trágica odisea del pirata.

—… Y aunque la tripulación de Barba Roja era considerada la más intrépida y hábil de los siete mares, jamás se había visto atrapada por una tormenta tan salvaje. Hicieron todo lo posible por alejarse de la costa, pues sabían que el choque con una roca traicionera sería fatal, pero el barco era un juguete en manos de aquellas olas gigantescas. Así que fueron arrastrados hasta esta playa. —Hizo una pausa y miró a Andrés, que escuchaba atónito mientras caminaban por la lengua de arena que conducía a las Lastras de Pechón—. No hace falta que te diga qué ocurrió, ¿verdad? —Señaló con la mirada al islote.

—¿Chocaron contra la isla?

Luis asintió despacio.

—Y aquí es donde entramos nosotros. Durante siglos los arqueólogos más prestigiosos han estado buscando el tesoro que escondía el barco de Barba Roja. Estaban seguros de que tenía que estar aquí, pero nunca ha aparecido. Claro que… —Hizo otra de sus pausas dramáticas.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—¡Chssst! No grites, que no queremos que se entere nadie más… —Luis se estaba divirtiendo mucho a costa del pobre Andrés. Se detuvo y se acercó otra vez a su oreja derecha—.  Los arqueólogos no sabían, porque nunca se quedaron por aquí con la marea alta, que el fantasma de Barba Roja vigila cada noche que su tesoro se mantenga a buen recaudo.

Se apartó despacio, con expresión muy seria. El corazón de Andrés golpeaba entusiasmado contra su pecho. Sabía que aquella historia no podía ser cierta, pero la posibilidad de una aventura excitante que lo arrancara del tedio de aquellas repetitivas mañanas playeras había vencido a todas sus reticencias.

Lo normal habría sido que su madre lo hubiera llamado en cuanto lo hubiera visto alejarse del rincón en el que estaba autorizado a desenvolverse, pero en aquel momento estaba entretenida con dos chicas muy simpáticas que se habían acercado a hacerle mimos al pequeño Miguel.

—No me digas que tú sabes dónde está el tesoro…

Luis no contestó inmediatamente. Se esforzó por aguantarse la risa y poner cara de alarma ante la posibilidad de que alguien pudiera escuchar la conversación.

—No hables en voz alta, ¿no ves que esta es la información que anda buscando mucha gente desde hace un montón de tiempo? Tenemos que ser muy discretos.

Si os ha enganchado, os invito a que lo continuéis leyendo en El Callejón de las Once Esquinas (página 138), on line vía issuu, o bien en pdf previa descarga. Y, por supuesto, os invito a que leáis el resto de relatos.

2 comentarios sobre “‘La playa de Amió’ en el quinto número de ‘El Callejón de las Once Esquinas’

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