Certezas que inquietan

Mi hijo Albert tiene ocho años. En casa no solemos hablar de la actualidad política y social cuando estamos con él, aunque en realidad a él no suele apetecerle hablar de nada. Cuando le preguntas, su respuesta favorita es «no me acuerdo» y, últimamente, «no tengo ni idea». Pero vamos, que hablar sabe hablar perfectamente, sobre todo para pedir y quejarse. Supongo que a quienes seáis padres os resultará muy familiar.

La cuestión es que ayer fue inevitable que surgiera el tema del referéndum. Por la mañana nos despertamos con las repugnantes imágenes de violencia policial contra la población y en algún momento Albert preguntó que qué pasaba. Le expliqué que la policía estaba pegándole a la gente que quería votar, pero no le enseñamos ninguna imagen. Se extrañó un poco, pero no insistió.

Fuimos a comer a un restaurante donde tenían puesto el telenoticias, y entonces lo vio con sus propios ojos, y no daba crédito. «Pero ¿qué hacen? ¿Por qué le pegan a la gente? ¿Están locos? La policía tiene que proteger a la gente, no pegarle». Lo que estaba pasando lo dejó bastante flipando. En su mundo infantil, la poli persigue a los malos y defiende a los débiles, pero la realidad no tenía nada que ver con lo que él había creído siempre.

Después de comer volvimos a Caldes para ir a votar, y le explicamos por qué ayer había un referéndum en Catalunya. Resumiendo: «El gobierno de Catalunya pidió permiso al de España para organizar una votación en que la gente decidiera si quería seguir formando parte de España o que Catalunya fuera un país independiente, pero como el gobierno español no se lo ha dado, el catalán ha organizado la votación por su cuenta y ahora el gobierno español ha enviado a la policía para impedir que la gente vote».

Albert se quedó un rato pensativo, y entonces va y suelta:

—Este tema me preocupa mucho.

—¿Por qué?

—Pues porque no quiero que Catalunya se vaya de España.

—Bueno, no tienes que preocuparte, porque no sabemos qué va a pasar y, en cualquier caso, Catalunya y España van a seguir estando en el mismo sitio.

—Ya, pero si Catalunya se separa de España será un país muy pequeño, y no me gusta.

Le debe preocupar de verdad, porque estuvo un rato dándole vueltas al asunto. Ni su madre ni yo jamás le hemos inculcado idea alguna sobre naciones, patrias ni banderas. De hecho, estoy un poco mosca porque de vez en cuando dice cosas como que no le gusta el catalán, que su idioma es el español. En casa somos castellanoparlantes, pero siempre le hemos hablado en los dos idiomas (más en castellano) y, por supuesto, en el cole casi siempre hacen las clases en catalán. Así que parece que el “adoctrinamiento independentista” que reciben los escolares catalanes, en el caso de mi hijo está resultando contraproducente.

Dejando de lado las estupideces (me refiero a lo del supuesto adoctrinamiento), Albert ayer descubrió un par de cosas que sospecho que no se le olvidarán. La más impactante, sin duda, el salvajismo de quienes se supone que nos deben proteger. En Caldes, por suerte, no sufrimos la visita de la brigada brutal, así que los niños hoy no se han encontrado con escuelas destrozadas, como sí ha pasado en varios lugares de Catalunya. Qué difícil debe ser explicarles que no lo hicieron ladrones o gamberros, sino policías que buscaban urnas con votos.

Por supuesto, todas esas imágenes de antidisturbios rompiendo ventanas y puertas son montajes independentistas, como las de los guardias civiles de paisano repartiendo estopa a gusto anoche por las calles de Calella, o las miles de fotos recogidas en la prensa internacional del show de terror policial que cientos de personas, de ciudadanos españoles a quienes debían proteger, sufrieron en sus carnes. Resulta que no, que los agredidos fueron ellos.

Sólo diré una cosa a todos los que dudan o a los miserables que se atreven a justificar e incluso aplaudir la represión que ayer sufrió el pueblo catalán: ¿qué diríais si las víctimas hubierais sido vosotros o algún ser querido? ¿También os diríais «cumplían con su deber y yo estaba cometiendo una ilegalidad, así que me merezco la paliza»?

Lo de ayer reveló algo inquietante que ya se había anunciado con el «a por ellos»: una parte de la sociedad española ha desconectado por completo de la catalana. Los catalanes, independentistas o no, ya no somos semejantes, sino escoria separatista a la que hay que escarmentar. Nos han deshumanizado gracias a la inestimable labor de los medios de propaganda que, sin remordimientos ni muestra del menor rastro de empatía, el día después han seguido atizando el fuego con sus mentiras nauseabundas.

Asusta. Asusta ser consciente, un día después, de que la sensación que notaba al dirigirme al Ayuntamiento a votar era inquietud. Me pregunto qué habría hecho si me hubiera encontrado con la policía. ¿Habría seguido adelante, me habría puesto en riesgo para votar en blanco? Mi pareja y mi hijo se quedaron en casa. No estábamos tranquilos llevando a Albert con nosotros, por lo que pudiera pasar.

No lo sé. Supongo que me habría dado la vuelta. Pero sí sé, en cambio, que lo que me decidió a participar en la jornada de movilización fueron precisamente las escenas de represión. No me podía quedar de brazos cruzados, por mucho que ese referéndum (que no lo es, por mucho que el Govern se agarre al resultado para legitimar su hoja de ruta; ahora iré con eso) no me representara.

Catalunya está en estado de shock. La gente no acaba de asimilar el ensañamiento. Es muy duro darte cuenta de que a partir de ahora cualquier cosa, en cuanto a represión, es posible. Toda la gente con la que he hablado, aunque intente aparentar normalidad, no puede evitar que se le note la preocupación. Muchos es la primera vez que somos conscientes de estar viviendo momentos extraordinarios, y no sabemos qué va a pasar. Nadie lo quiere verbalizar, pero flota en el ambiente el miedo a una intervención armada.

Mañana (hoy ya) hay convocado un paro nacional (o huelga, depende del sindicato) en protesta por la represión policial. Estoy seguro de que el seguimiento será mayoritario, y estoy seguro de que volverá a haber baile de bastones. En mi casa hacemos huelga, no por la independencia, sino en defensa de la democracia y la libertad de expresión.

Cada vez resulta más difícil resistirse a la tentación independentista. No porque el independentismo presione, sino porque uno empieza a quedarse sin argumentos para mantener la esperanza en que algo cambie en España. Desde luego, si no hay movimientos políticos y si el gobierno criminal mantiene la estrategia represora, pronto no quedarán catalanes que no quieran marcharse.

De todas formas, yo me mantengo en mi sueño remoto de que el tan poco ejemplar proceso independentista acabe sirviendo para que la España de bien reaccione. La de Lorca, la de Machado, la de Miguel Hernández, la de Las Sin Sombrero, la de Emilio Lledó, la de Camarón, la de Gloria Fuertes

Ayer escribía que el Govern se equivocaría si interpretaba como una legitimación de la declaración unilateral de independencia los resultados de un referéndum sin homologación internacional posible, que, además de las circunstancias extraordinarias en que ha tenido que desarrollarse, despreció desde su convocatoria a la mitad de la población.

Pues bien, es lo que han hecho todos sus representantes, empezando por el president Carles Puigdemont, quien continúa suplicando la mediación internacional. En este sentido, parece que en Europa, imagino que escandalizados por las portadas y empujados por la insistencia de algunos grupos políticos y, sobre todo, de la prensa internacional, empiezan a aceptar que acabarán teniendo que mojarse. Pero yo sigo sin esperar nada significativo. Ni Merkel ni Macron se van a implicar en nada que vaya más allá de pedir diálogo para resolver el conflicto, eso sí, apoyando siempre a Rajoy.

La mayoría independentista debe dar los próximos pasos con mucho cuidado. Una declaración de independencia reactivaría la represión salvaje y quién sabe qué más, y desactivaría parte del apoyo ciudadano. Insisto en que si te vas a lanzar a la unilateralidad tienes que estar muy seguro de que vas a contar con la fuerza necesaria para hacer frente a la represión rabiosa del estado. ¿Cuántos de los que se movilizan cada 11 de septiembre, de los que lo están haciendo estos días, de los que lo harán este martes, están dispuestos a defender la república catalana con su físico, en la calle, en una protesta permanente?

En el momento en que la movilización que ahora es de país, en defensa de los derechos humanos, se convierta en una reivindicación puramente independentista, habrá perdido buena parte de su fuerza legitimadora. Y si se emprende esa vía, quienes la defiendan tienen que estar dispuestos a soportar meses de desobediencia civil y de violencia, con la mitad de la sociedad catalana en contra.

Mientras tanto, se reproducen por el territorio las muestras de apoyo y los homenajes espontáneos a los Mossos d’Esquadra, tan policías como los otros, los que ahora tienen la misión de dar palos a los “secesionistas”. Toda policía reparte estopa en un momento u otro. La catalana lo hizo a base de bien en mayo de 2011, en las manifestaciones durante la última huelga general (que le pregunten al ojo de Esther Quintana), o en la ejecución de los desahucios. Pero ahora los Mossos son héroes que defienden al pueblo de las fuerzas de ocupación.

La labor policial es complicada y necesaria, pero no me gustan esos homenajes excesivos y acríticos que inflaman el patriotismo. Rendir pleitesía exagerada a las fuerzas policiales me recuerda demasiado al ultranacionalismo, que, sea de la nación que sea, deberíamos desterrar.

Ha muerto Tom Petty, pero su música perdurará por siempre.

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