Lo había echado todo a perder. La había cagado bien y ya no había vuelta atrás. Cerró los ojos bien fuerte y se apretó la cabeza entre las manos, como si aquello lo fuera a llevar de nuevo justo al instante anterior a que empezara a confirmar que era un verdadero cretino. Pero no funcionó… Cuando volvió a abrir los ojos seguía sentado en la arena, en la misma playa solitaria, en algún lugar entre Málaga y Cádiz… Seguir leyendo «Redención»→
Os voy a contar una historia emocionante. Una de esas historias de superación personal que demuestran que el ser humano es capaz de cualquier cosa, aun en las situaciones más desfavorables. Es también una de esas historias que hacen llorar a moco tendido, incluso a los corazones más pétreos (aunque no lo reconozcan jamás, por supuesto). Seguir leyendo «Correr para vivir»→
Estaba cansada. Agotada. Aquella noche había estado a punto de quedarse en casa. Tras ocho horas bregando con una variada gama de caras y voces agrias había salido asqueada de la oficina de atención al cliente de la gran superficie comercial donde trabajaba. «Menos mal», se decía, «todavía tengo trabajo», y así se sacudía la pesada sensación de fracaso, de vacío intelectual que la invadía cada día al final de la jornada laboral.
Su hermano, un sol de hombre, la había animado a que pusiera su mejor sonrisa y acudiera a la cita semanal con la clase de danza oriental. Pol dormía como un angelito. «Vete, Noe, no te preocupes. Ya sabes que el niño estará bien conmigo». A Pere le debía mucho, empezando por la sensatez. A sus 21 años era la persona más madura y responsable que conocía, y no lo había tenido nada fácil. Hacía menos de un año del accidente de Laia, y ahí estaba, ayudándola a superar lo suyo. Nunca había conocido a una pareja mejor avenida. Estaban hechos el uno para el otro, tan simpáticos, tan cariñosos, tan vitales, tan guapos… Es verdad, tenía que reconocer que los había llegado a envidiar e incluso a aborrecer a ratos, sobre todo desde “lo suyo”. Seguir leyendo «La bailarina»→