Equilibrio

Un cambio de verdad
Un cambio de verdad, de Gabi Martínez

Equilibrio. Un concepto sin glamur, que no llama la atención, condenado al olvido por el ritmo frenético de nuestro mundo y esa cultura del enfrentamiento a menudo sustentada en la simpleza.

Reflexionar, detenerse a observar y desarrollar puntos de vista propios supone oponerse a las dinámicas que nos consumen con su inercia aplastante. Y eso requiere mucha fuerza de voluntad.

El equilibrio no necesariamente significa el término medio. De hecho, buscarlo puede ser una postura muy radical, porque no vivimos precisamente en una sociedad equilibrada.

El equilibrio es lo que propone Gabi Martínez en Un cambio de verdad. Una vuelta al origen en tierra de pastores (Seix Barral, 2020), donde recoge su experiencia a cargo de un rebaño de cuatrocientas ovejas en La Siberia extremeña, la tierra de su madre.

Es un relato muy personal, pero también un retrato del desequilibrio que está matando al mundo rural y de cómo, a pesar de todas las dificultades, existen personas que no se resignan a dejarse llevar por la rueda de lo, en apariencia, incontestable.

Las páginas de este diario de un urbanita decidido a explorar sus orígenes están pobladas de personajes reales que aspiran a recuperar el equilibrio entre la naturaleza y lo humano.

«El veterinario dice que los industriales son los responsables de sobremedicar a las ovejas. Que el pienso del cebadero incluye antibióticos y promotores de crecimiento, de manera que si un borrego normal aumenta quinientos gramos diarios, en el cebadero pueden llegar a setecientos cincuenta, ¿y tú ves eso normal? Y, pese al discurso que está soltando, lo cierto es que él mismo reconoce que muchos veterinarios reciben dinero para coordinar y supervisar unos procesos que han llenado de carne dopada las mesas de los restaurantes más chic».

En un entorno regido por las mismas dinámicas corruptas que han marcado la pauta durante décadas, el grado de rechazo que deben soportar los promotores del equilibrio es directamente proporcional a la incomodidad que provoca, más que su discurso, el éxito de sus prácticas. El sistema actúa contra quienes suponen una amenaza. Cierto nivel de «extravagancia» es tolerado.

«Vandana Shiva [activista ecofeminista india, impulsora de la organización Navdanya, que fomenta la agricultura ecológica] dice que si no hay diversidad de semillas, no hay diversidad de alimentos y nutrientes ni se genera resiliencia ante los cambios climáticos en momentos de alteraciones e inestabilidad. Por no hablar de los herbicidas, pesticidas y otros químicos que se echan al campo para presuntamente librarlo de enfermedades.

Luego, esas semillas clónicas se meten en los piensos que pueden alimentar a, por ejemplo, las ovejas de La Siberia, que también pastan en algunos campos tocados por los herbicidas que se aplican sistemáticamente sobre los olivos, entre otros árboles. Una contaminación que se realiza de forma tranquila por consensuada gracias a la presión económica y publicitaria de poderosos organismos que han convencido a buena parte de consumidores y agricultores de que esas semillas y productos son imprescindibles para los cultivos».

No es un libro condescendiente con el mundo rural. No muestra un campo idílico, ni llama al repoblamiento de esa «España vaciada» que últimamente ha adquirido cierta resonancia en los medios.

No, y sí.

Sí al compromiso, a vivir del campo, en armonía con un ecosistema maltratado por prácticas productivas asfixiantes para la naturaleza y para sus habitantes, salvajes y humanos.

«Muchos afirman que, si bien el ritmo del mercado no se puede sostener, es el único ritmo posible, y donde antes bastaban veinte ovejas para que sobreviviera un pastor ahora son precisas trescientas, así que no hay más remedio que adecuarse a las nuevas exigencias. Nada de disminuir la velocidad».

Bajar el ritmo, romper con el paradigma de la productividad y del consumo.

«¿Cuánto tiempo tenemos para reaccionar? ¿Estamos paralizados? ¿O es exceso de soberbia? Porque el soberbio nunca cambia, no ve la necesidad. Quizá se deba tan sólo al confort de aceptar una dinámica que se publicita como más o menos buena, sin cuestionarla lo bastante, por miedo o por pereza. Y todo lo que perturbe ese clima será marginado. Ahí están las merinas, que engordan demasiado lentas, y algunas encima son negras. Nuestra evolución sigue sin perdonar la diferencia. Y luego están los que desearían cambiar cosas y sin embargo se agarrotan sin saber por dónde empezar».

Caminar despacio para disfrutar del entorno, para aprender, para ser parte de él, para hacértelo tuyo y amarlo, para querer protegerlo, con toda su riqueza, la natural y la humana. El equilibrio.

«¿Por qué corremos? ¿Por qué más que nunca? Quizá, porque presentimos que moriremos pronto. Que el planeta nos descartará. Otra opción, muy manida pero aún opción, sería detenerse un momento, o al menos ralentizar el paso. Yo lo he hecho y estoy aquí para contarlo».

Yo lo hago, menos de lo que me gustaría, cada vez que regreso a mi paraíso, a los que también se refiere Gabi Martínez de una forma con la que me siento muy identificado.

«¿Cómo reconoces tu paraíso? ¿Por qué deseas acabar en él, aunque esté lejos de donde has desarrollado tu vida? Lo único indiscutible es que el paraíso incita a volver. Incluso a acabar en él».

Las ovejas merinas negras de Miguel son el símbolo de ese mundo rural deseable, equilibrado, ecologista desde una mirada pragmática. Un ecologismo construido con base en el conocimiento del medio de quienes lo habitan.

«—Si ves una fruta con gusano, aparta el bicho y cómela».

«—Y si en época de maduración hay una encina sin bellotas en el suelo, come las de ese árbol. Los animales nos enseñan dónde está la calidad».

Y Miguel enseña a Gabi qué significa la tierra y cómo comprometerse con ella. También Quiterio, el resinero; Fidela, la pastora, y sus Macarias (que es como llama a sus ovejas); Álvaro, el del cámping, y otros habitantes de La Siberia, cuyo patrimonio natural asombra. Gentes que, lejos de ver a la vida salvaje como enemiga, la tratan como aliada necesaria; eso sí, sin la mirada naïf (y a veces hipócrita) de quienes acuden al mundo natural como lo harían a un parque de atracciones.

El relato de Gabi Martínez nos muestra la dureza de una vida alejada de la más mínima comodidad, en un entorno áspero como un estropajo de aluminio, que reserva sus encantos únicamente para quienes son capaces de despojarse de las dinámicas de la aparentemente cómoda vida robotizada que nos disuade de pensar en otros modos posibles de existencia, mucho más cercanos a lo auténtico.

Un cambio de verdad es un libro comprometido con esos «héroes» siberianos que, desde la inmediatez, reivindican el equilibrio alejado de despachos y de políticas traidoras con la tierra y cínicas con quienes pretenden sobrevivir de forma honesta, conectados al medio.

«Nunca he sido consciente de querer integrarme en un grupo como ahora lo soy de querer que me acepte este entorno. Es tarde para ser árbol, exigiría otra naturaleza, pero si un abejorro se estrella y el buitre tarda en despegar significa que algo funciona. Y eso ocurrió caminando. (…) Yo aquí camino distinto que en la ciudad. No se puede caminar en Puerto Peña al mismo ritmo de la Gran Vía porque resulta absurdo y porque, aunque parezca lo contrario, si caminas más rápido, ningún abejorro se estrellará contra ti».

Equilibrio es el que demuestra el autor en su relato al dosificar la carga emocional de un viaje a sus raíces y a sus heridas vitales en proceso de cicatrización. Y es esa combinación entre lo íntimo y lo observado lo que deja en el lector la sensación de estar leyendo algo trascendente, algo que, por qué no, quizás sea el detonante de ese cambio de verdad que quienes hemos atisbado alguna vez otras vidas posibles seguimos anhelando.

«Eres pedazos de lo que amas y admiras y duele y quieres defender. Mientras no asumas lo que eres, no serás nada. Para ser, hay que cambiar».

Como fue, y cambió, Félix Rodríguez de la Fuente, absolutamente reivindicado por Gabi Martínez como referente ecologista, de los pragmáticos (y a la vez utópicos), de los que buscaron el equilibrio y por ello a menudo hallaron rechazo. O como José Díaz, cuyos cien días de soledad en el paraíso asturiano de Redes también son mencionados en la aventura siberiana, y a mí me trasladan a dos veranos atrás, al descubrimiento del paraíso de Ascaso y su muestra de cine bajo las estrellas de mi amado Pirineo Aragonés.

Vivir de otra manera. No se trata tanto de una cuestión de posibilidad como de necesidad; de urgencia. Porque lo que no va a ser posible es seguir viviendo en esta locura.

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