La necesidad de contar historias

Nunca, desde que abrí este blog hace casi ocho años, había estado tanto tiempo en silencio. Han pasado cerca de tres meses desde la última vez, en esta época extraña, en que la incomodidad se nos agarra del cuello, del estómago, de las piernas, en que hace tanto tiempo de tantas últimas veces. En aquel lejano mes de agosto escribí sobre el equilibrio, preciado y escaso tesoro.

Regreso porque, después de todo, siguen ocurriendo cosas buenas que se empeñan en tratar de que la insistente incomodidad se nos descuelgue. En mi caso, ese antídoto contra lo gris es Atrapavientos. Son Jorge, Elena, Ángel, Mamen, Antonio y Mariajo. Hemos formado un equipazo dispuesto a poner color a una realidad que se destiñe a marchas forzadas.

Me extenderé sobre ello en una próxima entrada. En realidad, tengo bastantes cosas interesantes que explicar relacionadas con mi vena creativa. Prometo hacerlo antes de tres meses. Por ahora, comparto el artículo que he publicado en el blog de Atrapavientos, lo que tiene que ver con esas cosas interesantes…

¿Por qué escribimos? Es una de esas preguntas para la que todas las respuestas son correctas. Cada persona tiene sus propios motivos, y me parece que en eso, en que sean propios, radica la clave del asunto. En todo caso, podemos establecer un punto de partida común: la necesidad de contar algo

A todos nos visitan historias. Sean fruto de la imaginación, de recuerdos, de la observación de la realidad o de vivencias, lo relevante no es si las escribimos para dejarlas en un cajón o con la ilusión de compartirlas con el mundo, sino la necesidad de contarlas. 

La escritura puede ser terapéutica; leer nuestras reflexiones en un cuaderno o en la pantalla, aunque sea en boca de personajes ficticios, nos ayuda a explicarnos la realidad, incluso a encontrarle el sentido a nuestras vivencias. 

Pero escribir, como el resto de disciplinas artísticas, también permite crear otros mundos que, si están bien escritos, nos van a acompañar para siempre. 

El mayor privilegio de los creadores es que no inventamos personajes, sino seres que en nuestra mente son reales, muchos de ellos, desde luego, más reales que buena parte de las personas con las que interactuamos a lo largo de nuestra vida. Y la verdadera magia, lo que da sentido a la actividad artística, es que esa misma sensación llegue a quien se adentra en las páginas de un libro. 

Si quieres acabar de leer la reflexión (no llega a las 700 palabras), te invito a que lo hagas en la web de Atrapavientos. Vuelvo pronto por aquí.

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