Dedicarle tiempo a amar lo que nos conmueve

Circo de Barrosa
El Circo de Barrosa es uno de los rincones más bellos del Pirineo Aragonés. Foto: Benjamín Recacha

El domingo a mediodía estaba en el refugio de Barrosa. Hacía mucho frío, pero llegué resoplando y con la camiseta sudada bajo el jersey de lana y el anorak. Es una caminata muy cómoda, que requiere poco más de una hora, en uno de los rincones más bellos del Pirineo. La he hecho muchas veces, con sol, lluvia e incluso granizo, pero nunca rodeado de nieve. Este fin de semana todo el paisaje era blanco. Pero el blanco invernal contrastaba con el amarillo, el naranja y el rojo de los árboles aún vestidos de otoño. El camino recién nevado estaba salpicado por miles de hojas multicolores, y yo transitaba boquiabierto por aquel espectáculo increíble.

Al alcanzar la entrada del circo que forman las moles pirenaicas donde nace el río Barrosa, lo que en verano es una alfombra verde se había transformado en un mar blanquísimo. La familia de sarrios que habita las laderas de roca parecía tan sorprendida como yo de aquel invierno repentino.

El caso es que durante todo ese tramo de acceso al refugio las piernas se me hundían en la nieve hasta las rodillas, de ahí el calentón y los resoplidos. A pesar del frío y de que el sol ya sólo se intuía detrás de las cumbres, cogí una de las sillas del interior y me senté a comer el bocadillo fuera. De normal, me habría sentado en una roca, como hice el día anterior en los llanos de la Larri (luego hablo de eso), pero es que no quedaba ni un centímetro cuadrado libre de nieve. Las marmotas debían estar calentitas en sus madrigueras subterráneas.

Durante el recorrido me había cruzado con muy poca gente, y al llegar al refugio coincidí con dos montañeros franceses, que enseguida tomaron el camino de regreso. Así que me quedé solo, con mi bocadillo, una manzana y mis pensamientos. Demasiados, quizás.

Pero en realidad no estaba solo, sino en la mejor de las compañías posibles.

Bastaba con mirar hacia cualquier punto para sentirme abrazado por un paisaje glacial que, sin embargo, me calentaba el corazón. Y pensaba, como cada vez que tengo la suerte de escaparme a esas montañas mágicas, en lo tan equivocados que estamos los humanos. En cómo hemos pervertido el don de la vida para atarnos a una existencia banal, y en cómo buscamos compensar la insatisfacción del día a día, la mayoría de veces, con consuelos artificiales. Dedicamos la mayor parte de nuestras vidas a actividades absurdas, obligados por la necesidad de sobrevivir dentro de un sistema inhumano, carente de empatía.

Pensaba en que la solución sería regresar a los orígenes, recuperar el contacto con la naturaleza, dedicar tiempo a observarla, a aprender de los ciclos vitales (que nos estamos cargando con el despropósito consumista), a prestarle atención a lo que tenemos más cerca. Admirar el paisaje, tan abrumador y sencillo a la vez, las hojas de colores flotando en un arroyo, la nieve acumulada en las ramas de un abeto, el viento levantando los copos de las cumbres, las huellas de los animales sobre la nieve virgen… Cualquier detalle asombra, y te hace sentir parte del conjunto: tan insignificante como necesario. Formamos parte de un engranaje, pero desde hace demasiado tiempo lo estamos forzando a funcionar con las piezas descolocadas.

Es obvio que no podemos renunciar al progreso. No estoy diciendo eso. La curiosidad, el ansia de descubrimiento, es inherente al ser humano. Tampoco podemos irnos todos a vivir al campo, pero sí podemos, debemos, prestarle atención. A todos nos enamoran las montañas nevadas, los bosques otoñales, las playas de arenas blancas y aguas cristalinas. La disfunción reside en que, precisamente, para muchos son sólo eso, postales, o parques temáticos para visitar de vez en cuando. No hay conexión emocional, y cuando uno no está conectado emocionalmente con algo, no siente su dolor, ni la alegría de formar parte de ello.

Hablo de la naturaleza, pero es extrapolable a nuestro entorno inmediato. Estamos demasiado ocupados en nuestra individualidad superficial para conectar con el individuo que habita en nosotros, que es quien de verdad nos conecta con la vida. Hay que parar, bajar el ritmo endiablado de una existencia crispada y desquiciante, para escucharnos, para dedicarle tiempo a amar lo que de verdad nos conmueve.

Que esa montaña, ese bosque, ese río o ese prado formen parte de nosotros y nosotros parte de ellos; que sintamos una conexión tan estrecha, que la emoción se convierta en un ingrediente motivador en nuestras vidas. La belleza es necesaria para desterrar lo zafio, lo vulgar; para que las llamadas al odio como miserable pegamento social caigan en saco roto. Tenemos que dejarnos impulsar, insisto, por lo que nos conmueve, no contra lo que —no sabemos en realidad por qué— nos irrita. La rabia es necesaria como respuesta ante la injusticia, pero no puede ser el combustible que nos impulse indefinidamente.

Valle de Pineta
El circo de Pineta de blanco, con el río Cinca y sus bosques en fiesta otoñal. Foto: Benjamín Recacha

A mí me conmueve el Valle de Pineta, hasta el punto de que el sábado, mientras conducía por la carretera de acceso desde Bielsa, se me saltaban las lágrimas de emoción. El espectáculo era abrumador. Nunca había visto tan hermosos esos bosques y montañas que me dan la felicidad desde los seis años. En verano impresionan, pero vestidos de blanco con estampado otoñal son alucinantes.

Obviamente, tenía que visitar la pradera donde acampé durante tantos años en agosto. Estaba completamente blanca, rodeada de árboles multicolores. Increíble, de verdad. Y de allí, subí a la Larri por la pista ancha, la que rodea el circo de Pineta, para disfrutar del espectáculo con toda la parsimonia del mundo. Sonriendo todo el camino. Feliz.

Arriba, me senté en una roca a comerme el bocata, compartiendo la enorme mesa de los llanos con los caballos que ramoneaban la hierba de las zonas libres de nieve. Qué paz, de verdad. Cómo se relativiza todo ante semejante maravilla.

La vuelta la hice acompañado. Mientras me comía una manzana, llegó una pareja de excursionistas. Nos saludamos y enseguida nos pusimos a hablar, con la naturalidad habitual de quienes comparten el amor por la montaña. Ella de Zaragoza, él de Monzón. Es curioso (o no), pero siempre que me encuentro con alguien en lugares poco transitados resulta ser gente muy maja, con la que al intercambiar unas pocas palabras te das cuenta de que compartes una visión del mundo muy parecida. No será una verdad absoluta, pero mi experiencia me dice que quien ama la naturaleza suele ser buena persona, con predisposición a charlar sin prejuicios.

Como siempre, el Pirineo Aragonés me regala toneladas de combustible emocional y de sentido común (que al regreso a la vorágine se consume muy rápido…).

En la Larri, alguien había formado un corazón con hojas multicolores caídas sobre la nieve, agradeciendo, sin duda, el regalo más valioso que uno se lleva de ese rincón privilegiado: la posibilidad de amarlo.

2 comentarios sobre “Dedicarle tiempo a amar lo que nos conmueve

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