Diario de viaje (3): el Monte Santa Trega y la inmensidad del Atlántico

Río Miño
Las vistas sobre el río Miño desde el Monte Santa Trega son impresionantes.   Foto: Benjamín Recacha

El agua del Atlántico está muy fría. Menuda noticia, ¿verdad? Debéis tener en cuenta que para quien está acostumbrado a bañarse en la sopa que en comparación es el Mediterráneo, el contraste es importante. Así que a pesar de las tórridas temperaturas que nos acompañaron durante los cinco días que estuvimos en Vigo (ya han pasado casi dos meses…), al meter los pies en el agua el calor abandonaba el cuerpo de golpe.

Aun así, no renunciamos a darnos unos chapuzones (poco prolongados) en la extensísima (y abarrotada) playa de Samil, en compañía de algas de todas las formas y tamaños, gaviotas, cormoranes y numerosos peces. En el horizonte, siempre la estética silueta de las Islas Cíes.

Los lugares masificados no me entusiasman, la verdad. Tener que ir sorteando toallas por la arena no es mi ideal de jornada playera. De todas formas, la playa de Samil es muy amplia y dispone de múltiples servicios, extensas zonas arboladas a lo largo del paseo marítimo, restaurantes y chiringuitos, zonas infantiles…, que contribuyen a reducir considerablemente la sensación de agobio.

Tratándose de una playa urbana, es importante destacar que está bien comunicada por medio del transporte público. Vigo dispone de una completa red de autobuses urbanos que circulan con una frecuencia bastante razonable.

Una de las cosas que más me llamó la atención de la ciudad es su extensión. Es la más poblada de Galicia, con unos 300.000 habitantes, que se amplían casi hasta el medio millón si sumamos su área metropolitana. Estábamos alojados en Cabral, en la periferia, de modo que tuvimos la oportunidad de hacer un par de “tours turísticos” en autobús (1,32€ el billete), que nos llevaron a recorrer, cuesta arriba y cuesta abajo, casi toda su amplitud.

Por los constantes desniveles no parece el mejor lugar para desplazarse en bici. Eso sí, quien lo haga habitualmente debe lucir unas piernas de lo más “hulkianas”. Y es que Vigo se encuentra rodeada de colinas, cuyas laderas han sido colonizadas por el ladrillo y el cemento sin aparente orden. Jorge y Belén (nuestros amables, atentos, simpáticos, pacientes y generosos anfitriones, de quienes hablé largamente en la anterior crónica viajera gallega) nos contaron una curiosa, aunque no sorprendente, historia sobre los entresijos urbanísticos/burocráticos/políticos de la ciudad. No os voy a aburrir con ella; si os interesa, en este artículo de ‘El Faro de Vigo’ la explican con detalle.

El centro de Vigo es bonito. La verdad es que no lo recorrimos en plan turístico porque íbamos más pendientes de encontrar las paradas de bus que de admirar sus bonitas calles y edificios históricos. Pasamos por el Mercado de A Pedra, aunque en esta ocasión no nos paramos a degustar las ostras (sí lo hicimos hace diez años, en nuestra anterior visita). Pero el día que estuvimos allí se respiraba un ambiente muy extraño. Desembarcamos de la excursión a las Islas Cíes (hablaré de ella en la próxima crónica viajera), así que volvíamos cansados. Hacía un viento bastante desagradable y el cielo estaba teñido de una neblina anaranjada, consecuencia de los incendios que asolaban a varios pueblos del entorno. Llovía ceniza y hacía un calor poco natural. Total, que apetecía poco pasear.

Aun así, nos llamó la atención el curioso y enorme arbusto con forma de dinosaurio situado en la Porta do Sol (sobre todo a Albert, claro), y, muy cerquita, la original figura del “sireno”, obra del escultor gallego Francisco Leiro, instalada en 1991. Parece ser que no concita un gran consenso entre los vigueses respecto a su idoneidad estética, aunque, en mi poco experta opinión, tiene su encanto.

Recorriendo la costa entre Baiona y A Guarda

Río Miño
La desembocadura del Miño, desde el Monte Santa Trega.   Foto: Benjamín Recacha

Las Rías Baixas tienen uno de sus puntos más espectaculares en la desembocadura del río Miño, que marca la frontera entre España y Portugal. Se encuentra a unos cincuenta kilómetros de Vigo, que pueden recorrerse por autopista hasta Baiona y, desde allí, por una bonita carretera de costa que atraviesa varios pueblos marineros preciosos, hasta llegar a A Guarda, la población más al sur de la provincia de Pontevedra, muy bulliciosa en pleno agosto.

El principal atractivo del lugar es el Monte Santa Trega, una atalaya privilegiada desde la que admirar las increíbles vistas que brinda la inmensidad del océano, y la explosión de colores que acompaña al último tramo del Miño. Lástima, una vez más, de los incendios. Desde lo alto del monte se divisaban varias columnas de humo en las montañas portuguesas y algunas en la vertiente gallega.

A Guarda - Castro de Santa Trega
El Castro de Santa Trega y A Guarda.   Foto: Benjamín Recacha

En el Monte Santa Trega se pueden hacer varias cosas: admirar el paisaje, cosa que justifica sobradamente el desplazamiento; comer con vistas al océano (nosotros lo hicimos en el restaurante Mar y cielo, un nombre muy adecuado; buen servicio y buena comida a un precio muy razonable); dar rienda suelta a la devoción religiosa; y hacer un recorrido histórico, muy recomendable, por el interesantísimo castro galaico, que nos traslada a la época de los primeros pobladores del enclave.

Los devotos de la iconografía cristiana pueden llegar a extasiarse con la exagerada cantidad de cruces de piedra (algunas enormes), capillas, ermitas y demás parafernalia religiosa. No sé si el gaitero que vaciaba con ganas sus pulmones el día que estuvimos nosotros allí formaba parte del empedrado. Voy a ser bueno y a creer que no se encontraba en plenas facultades musicales… Desafinaba bastante.

Río Miño - Monte Santa Trega
La desembocadura del río Miño, desde el Monte Santa Tegra, en A Guarda.   Foto: Benjamín Recacha

Devoto o no, lo que verdaderamente vale la pena del lugar es el paisaje, realmente espectacular se mire donde se mire, ya sea al océano, al pueblo de A Guarda, a la desembocadura del Miño, o hacia el interior.

El castro de Santa Trega es verdaderamente curioso. Conserva un buen número de las estructuras circulares que sostenían las cabañas, calles y la muralla. Se puede entrar en un par de hogares reconstruidos, y recorrer la zona de excavaciones, donde han aparecido petroglifos (inscripciones en piedra) de más de cuatro mil años de antigüedad. El castro estuvo habitado desde el siglo I a.C.

Se pueden contratar visitas guiadas, aunque el recinto es de libre circulación y no está vigilado, pese a su alto valor patrimonial (para acceder en vehículo al monte hay que pagar un precio casi simbólico).

Cabo Silleiro
La costa rocosa, las Islas Cíes y una columna de humo, desde el Cabo Silleiro.   Foto: Benjamín Recacha

Después de recorrerlo emprendimos el camino de vuelta a Vigo. Durante todo el tramo de carretera que discurre en paralelo a la costa se disfruta de la agresiva belleza del Atlántico, que azota las rocas empujado por el viento, que no deja de soplar. El fenómeno es especialmente acentuado en el Cabo Silleiro, cerca de Baiona. Hicimos una parada para admirar esa costa agreste y desapacible, y casi salimos volando cual cometas. No tanto, pero la verdad es que costaba entender que con aquel viento hubiera gente tomando el sol en las rocas.

Cabo Silleiro
El viento sopla incansable en el Cabo Silleiro.   Foto: Benjamín Recacha

Como curiosidad paisajística, cabe destacar la batería militar que el régimen franquista instaló en el monte que cierra por el sur la ría de Vigo, en los años 40 del siglo pasado, para proteger la ría de un posible ataque enemigo que jamás se produjo. Ya hace casi dos décadas que fue abandonada, incluyendo los doscientos metros de túneles. La instalación militar, así como los dos faros ubicados en el cabo, aguardan a que en un futuro indeterminado se desarrolle algún proyecto de restauración y aprovechamiento turístico.

Mientras tanto, las rocas, el viento y las olas continúan representando su coreografía interminable.

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3 thoughts on “Diario de viaje (3): el Monte Santa Trega y la inmensidad del Atlántico

  1. Preciosa excursión, dos de mis favoritas 🙂 ahora que lo leo, creo que en cierto modo os impuse los lugares que a mi mas me gustan … subir al monte en Otoño y sentarme en la ladera que mira al Atlántico, con La Guardia a mis pies y con la llegada de la época de temporales visitar cabo Silleiro para hacer fotos, sin salir del coche, por supuesto.
    Es en invierno cuando esa zona de la costa despliega toda su belleza, mas desatada y salvaje pero increíblemente bella.
    La batería de Cabo Silleiro me atrae de una manera especial, pienso que se merecía una mejor suerte, está en un lugar privilegiado, de cuento, dominando la entrada de la ría y las construcciones eran muy válidas, (no me gustaría que construyesen un complejo de veinte pisos allí) y los túneles que comunicaban las distintas instalaciones tienen su encanto…
    Ahora que llega el frío por aquí me ha encantado revivir esos días, la foto de Albert con el faro al fondo es genial!!
    Envío abrazos para todos.

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    1. Pues nos alegramos mucho de que nos “impusieras” esos lugares, los disfrutamos muchísimo. 🙂
      El cabo Silleiro en pleno temporal debe ser impresionante (y peligroso). No visitamos la batería ni los túneles, pero he visto varias fotos y la verdad es que es una pena que hayan dejado que se deteriore así. Espero que no acaben construyendo ese complejo de veinte pisos.
      Cuando les he leído tu comentario a Lucía y Albert, Albert ha preguntado si podía hablar contigo. Ya era un poco tarde, así que hemos quedado en que si mañana nos acordamos más temprano, te llamaremos. 🙂
      ¡Besos!

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