‘Colgados del suelo’, voces del pasado que marcan el presente

'Colgados del suelo' - Ramón Betancor
Imaginaos mi sorpresa al leer esa cita de ‘la recacha’ en la contraportada.

Cuando empiezas a leer la novela de alguien a quien conoces sientes una presión que con cualquier otra no existe: te tiene que gustar. Porque si no te gusta, ¿se lo dices? ¿Buscas una salida diplomática (y ambigua) del tipo: “se nota que la has escrito tú”? ¿No dices nada? Es decir, ¿haces como si aquella actualización en Facebook donde anunciabas a bombo y platillo que acababas de empezar a leer la novela de Fulanito (a quien, por supuesto, habías etiquetado) nunca hubiera existido?

Afortunadamente, hoy puedo escribir sobre Colgados del suelo (Ediciones Baile del Sol, 2014), de Ramón Betancor, sin necesidad de utilizar eufemismos, porque en esta segunda parte de la trilogía ‘El reino de los suelos’ ha vuelto a hacer un buen trabajo.

El autor de La Palma ha tenido el inmenso detalle de incluir en la contraportada del libro un extracto del artículo que dediqué a Caídos del suelo, su primera novela, así que la presión era doble: me tenía que gustar por narices.

Independientemente del contenido de la obra, lo que más destaco es que se nota que la ha escrito él… Ups… No, en serio, lo mejor del Ramón escritor es su estilo. Ha conseguido que su voz esté presente en cada frase y, lo más importante, conectar con el lector.

Ese es el ingrediente que nunca puede faltar al abrir un libro: que su autor esté ahí, reconocible. Eso al menos es lo que yo intento al escribir. Se nota mucho cuando un escritor no es honesto, cuando toda su pretensión es imitar la voz de otro.

Ramón Betancor es difícilmente imitable. Quien se atreva con su prosa casi poética, juguetona con las palabras y los pensamientos, está condenado a hacer el ridículo, por la simple razón de que no es él.

Colgados del suelo repite la acertada receta de su predecesora: un protagonista en busca de su camino en la vida, esta vez una protagonista, Julia, que se ve envuelta en una trama misteriosa, con voces del pasado, y relacionada nuevamente con el Clan, la organización que esclaviza las almas de quienes sueñan con el éxito artístico. El conjunto promete descubrimientos sorprendentes y no pocas dosis de peligro.

Como en Caídos del suelo, el autor va administrando los ingredientes en su justa medida, para invitarnos a devorar una página tras otra. Ingredientes que incluyen personajes intrigantes, empezando por la guitarra eléctrica heredada de la entrega anterior, siempre presente sin necesidad de mover una cuerda; acertijos, acción, paseos por la playa de las Canteras y charlas sobre recuerdos, miedos, nostalgias, sueños y deseos, entre copas de vino y un sol que derrite las ideas.

Y, como en todo buen thriller que se precie, mantiene el interés hasta desembocar en un desenlace bien resuelto que deja la puerta abierta a la novela que cerrará la trilogía: Camino del suelo.

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