La bruja

Mural maquis Sallent

Ya sabéis que estoy escribiendo una nueva novela. Si seguís el blog recordaréis que he ido compartiendo pinceladas sobre algunos de los personajes: Lorena, el vendedor, y la anciana de los gatos. Hoy me apetece viajar al pasado de la curiosa anciana con la que el protagonista, Alberto, se encuentra durante su estancia en el histórico pueblo riojano de Nájera. No es una historia agradable…

A Edurne la encarcelaron el mismo día que mataron a su marido. Su único consuelo fue saber que no habían podido atraparlo vivo. Por mucho que exhibieran el cadáver en la plaza principal del pueblo para que los buenos vecinos lo apedrearan, le escupieran o hicieran lo que quisieran con él, aquél ya no era Aritz. Nada de lo que le hicieran a aquel trozo de carne que colgaba en el cadalso infame podía causarle dolor alguno.

El destino de Aritz estuvo escrito desde el día en que los fascistas entraron en Elizondo. También el de ella. Ambos lo sabían, así que decidieron continuar luchando por su libertad ocultos en los insondables bosques del Baztán. Él se unió al maquis con la esperanza de llevarse por delante a unos cuantos malnacidos antes de que la muerte viniera en su busca. Edurne se fue con él. Una “bruja” no tenía oportunidad alguna entre aquellos asesinos de conciencias, y no estaba dispuesta a doblegarse ante la barbarie que decía estar guiada por la mano de Dios. No faltarían voluntarios en el pueblo que la delatasen con la esperanza de ganarse así una existencia indigna. Sabía que de repente tantas súplicas para que utilizase su “magia” para curar, tantas noches en vela, tantas vidas salvadas y las consiguientes alabanzas y muestras de agradecimiento perderían todo valor. Aquellas gentes supersticiosas e incultas harían cualquier cosa por salvar el pellejo. No todas, claro, pero bastaba con que alguien diera su nombre: “Edurne, la bruja”.

Bruja, magia… Poco tenía que ver con la magia y la brujería lo que ella hacía. Si acaso, eran las plantas, los minerales, los frutos de aquella tierra sabia, que lo era por ser hija de la más sabia de las madres, la naturaleza, los que curaban y procuraban el bienestar gracias a un inmenso e indescifrable poder. Su único mérito había sido aprender a interpretar una mínima parte de aquel pozo de sabiduría infinita.

El día del asalto Edurne no tuvo valor para quitarse la vida. La Guardia Civil los sorprendió en su refugio justo al amanecer. Las órdenes del mando militar eran capturar al mayor número posible de “bandoleros” con vida, pero con la primera andanada de disparos cayeron varios hombres. Aritz y otros cinco consiguieron armarse y oponer una feroz resistencia antes de ser alcanzados por las balas o, peor aún, capturados. Aquello era el fin, pero vendieron cara su derrota: mataron a ocho de los asaltantes y obligaron al resto a acabar con ellos, ya que en ningún caso permitirían ser capturados con vida.

Solamente sobrevivieron dos mujeres, las únicas que no habían sido capaces de apretar el gatillo en el momento oportuno. Edurne no temía a la muerte, pero cuando tuvo que haber dado el paso algo se lo impidió. Pronto se arrepentiría de ello…

Que la raparan al cero con un machete, que la insultaran, le arrancaran la ropa y la golpearan por todas partes no fue lo peor. Ni siquiera ser violada repetidamente por aquellos salvajes que descargaban toda su furia y frustración sobre ellas fue lo peor… Lo peor fue sentir una impotencia absoluta para impedirlo. Amaia no lo soportó y acabó muriendo sobre un charco de sangre, con todos los huesos rotos. Edurne nunca entendería por qué ella sobrevivió.

Cuando llegaron al pueblo colgaron los cadáveres y a ella la ataron con una cadena junto al cuerpo que había pertenecido a su compañero. Apenas tenía fuerzas para entreabrir los párpados y escuchar como en sueños los comentarios jocosos de los asesinos; también para percibir las miradas huidizas, avergonzadas de quienes habían sido sus vecinos, incluso amigos.

A medianoche la encerraron en una celda del cuartel de la Guardia Civil. No volverían a tocarla, suponía que a causa de la repulsión que debía de provocar su aspecto grotesco. Perdió la noción del tiempo y durante días estuvo tirada sobre el suelo frío, húmedo y sucio, delirando, abandonada toda esperanza. Pero no murió, y nunca supo por qué no la ejecutaron. Unos días después la asearon, le proporcionaron ropa razonablemente limpia y la llevaron ante un tribunal militar, que la condenó a cadena perpetua. La trasladaron a la cárcel de Pamplona, donde sobrevivió al inhumano sonido de las ejecuciones sumarias de los primeros años, hasta completar dos décadas. Un buen día la llevaron ante el alcaide y éste le comunicó que ya era libre.

Edurne nunca sabría que un ilustre vecino de Elizondo, con muy buenos contactos dentro del régimen, a cuya familia había atendido durante años, igual que anteriormente lo habían hecho su madre y su abuela, había intercedido por ella, primero evitando la pena de muerte y luego reduciendo la condena. Un “buen” cristiano que de esa manera limpiaba su conciencia.

Con 47 años tenía toda una vida por delante. ¿Qué iba a hacer con ella?

Espero que este nuevo “bocadito” mantenga el interés de quienes ya habíais “saboreado” los anteriores y abra el apetito a los nuevos “comensales”. Pronto habrá una nueva ración.

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