Ocho minutos

El Callejón de las Once Esquinas

El Callejón de las Once Esquinas se despide con su número 12. Doce trimestres, tres años, compartiendo relatos de quienes sentimos la necesidad de expresarnos a través de la palabra escrita. Un proyecto muy bonito encabezado por Patricia Richmond, alter ego literario de la maña María Jesús Pueyo, una escritora con mucho talento que ha dedicado horas incontables a dar vida a este callejón que ha visto nacer tantas historias.

Aunque cueste despedirse, quizás sea una buena idea hacerlo cuando todo el recuerdo que dejas es positivo. Así que os invito a dar un último paseo por El Callejón de las Once Esquinas, y a revisitarlo cada vez que os apetezca.

María Jesús ha recibido mis relatos para las diversas convocatorias de la revista con mucho cariño. Para agradecérselo, lo mejor que se me ha ocurrido es presentar uno inédito para este último número: Ocho minutos, ambientado y escrito en el metro durante una semana.

Espero que lo disfrutéis, igual que el resto de El Callejón


Desearías salir corriendo, pero los cuerpos te lo impiden. Notas la presión de un hombro al que no tienes ninguna voluntad de estar pegado, sois como imanes a los que una fuerza superior consigue conectar por el mismo polo. El metro está repleto de imanes comprimidos, todos con la misma carga eléctrica. Imaginas que cuando se abran las puertas en la siguiente estación saldréis todos repelidos de forma violenta.

Y en verdad es algo así lo que ocurre. La gente huye del hacinamiento, aunque no para ser libres, sino con la disciplina de un ejército de hormigas, para someterse a otra fuerza magnética contra la que no se puede luchar. Y así un día tras otro.

Con algo más de espacio personal disponible, paseas la mirada por el vagón. La mayoría de pasajeros, ahora que han recuperado una libertad limitada de movimientos, enmascaran su hastío en la pantalla del teléfono móvil. Ves caras inexpresivas, congeladas por el cansancio anticipado de otra jornada insustancial, un día que será igual que ayer y que mañana, sin nada que lo haga digno de recordar.

Tú te trasladas, una vez más, a los días de verano al aire libre. Huyes con el recuerdo a las caminatas por la montaña y a las noches bajo las estrellas, y sin embargo sabes que tu rostro es tan inexpresivo como el de los demás.

El metro vuelve a detenerse para vomitar parte de su carga humana e, inmediatamente, ingerir una nueva ración. Cuesta creer que la masa homogénea de cabezas y cuerpos la compongan individuos con pensamientos y vidas propias.

Pero entonces ves una cara que parece fuera de lugar. Pertenece a una mujer de treinta y tantos, aunque puede que sea más mayor. Lo que te hace dudar es su aspecto relajado y su sonrisa, que le dan un toque juvenil.

Se apoya con la espalda en la puerta del vagón y saca un libro de la bolsa de tela que lleva colgada de la muñeca.

Hay algo magnético en esa mujer. No eres el único que lo percibe; te das cuenta de que otros pasajeros, quizás porque no tienen nada mejor que hacer, la observan con discreción.

Entre tú y ella hay los suficientes cuerpos como para que puedas mirarla, a través de los huecos que quedan entre cuellos y cabezas, sin resultar sospechoso.

Piensas que es guapa. O quizás no lo sea especialmente, pero su expresión limpia y la sonrisa sutil en la comisura de los labios la hacen guapa.

También piensas que debe sentirse observada, porque se ha convertido en el centro de atención de varias cabezas. Puede que no se haya dado cuenta, porque no levanta la vista del libro, o si se ha percatado, quizás no le importe. Debe estar acostumbrada a que le pase, porque no es habitual esa aparente despreocupación en las horas punta. Debe ser eso, concluyes: su incursión en el transporte de ganado es puntual. Eso explicaría muchas cosas, desde luego.

De repente, ríe. Sin esconderse, sin tratar de reprimirse. Al contrario, es casi una carcajada, tan inaudita en este ambiente rutinario que apenas provoca reacción.

Ves algunas muecas, que tratan, tímidas, de transformarse en sonrisa. Pero la mayoría ni eso. Muchos continúan hipnotizados por la pantallita, o ajenos al entorno con los auriculares puestos, aunque otros, que sin duda han escuchado la carcajada, prefieren hacer como que no se han dado cuenta, en actitud que podría interpretarse incluso de reproche. Tú, que eres de los que agradecen esa presencia de espontaneidad que te ha hecho sonreír, estás seguro de que hay pasajeros para quienes la mujer que se atreve a reír en público supone una molestia. Dirías más: la ven como a una provocadora. «¿Cómo se atreve a exhibirse así?».

Y, sin embargo, ella sigue leyendo con la misma naturalidad, sin reprimir las risas, ajena al teatro de las apariencias.

Cuando el tren llega a la estación donde tienes que bajar, le lanzas una última mirada con la intención de retener su cara relajada y sonriente el máximo tiempo posible después de que desaparezca para siempre de tu vida.

En ese momento, ella levanta la vista del libro, y vuestras miradas coinciden. Y te sonríe. Sólo a ti.

Si os apetece seguir leyéndolo, podéis descargarlo en pdf en este enlace.

2 comentarios sobre “Ocho minutos

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