“Mi último verano”: la obligación de perder la inocencia

Mi último verano - David Almond

Una de las consecuencias de la invasión de Irak por parte de Estados Unidos y sus aliados fue la aparición en escena del autodenominado Estado Islámico, que rápidamente extendió el terror por Occidente mediante el secuestro de periodistas, cuyas ejecuciones difundía a través de Internet.

Uno de esos periodistas podría haber sido Greg Armstrong. Su desaparición, los vídeos de ejecuciones y la preocupación por la guerra forman parte de la atmósfera con que David Almond envuelve Mi último verano (Ediciones SM, 2009; Jackdaw Summer es el título original, publicado un año antes. Traducción de Alexandre Casal).

El protagonista de la novela es Liam, hijo único de una pareja de artistas, un escritor y una fotógrafa y pintora que parecen tan perdidos como él en un mundo donde los ideales han ido cediendo terreno frente al pragmatismo y, con el paso de los años, al cinismo. Liam se resiste a «crecer», si eso supone verse sometido a una realidad tan gris. Se resiste a renunciar a los veranos donde uno podía dejarse guiar por el instinto, y se resiste a aceptar que hacerse mayor, entre otras cosas, significa perder el derecho a dejarse sorprender por cada nuevo día y asumir que el mundo es un lugar hostil.

«Esa noche me encuentro en la tienda con Max. Hace calor, no hay viento y la puerta de la tienda está abierta [una tienda de campaña instalada en el jardín, donde suele dormir]. Los murciélagos revolotean en el cielo. Le he contado lo de Oliver y lo de la guerra en Liberia, y después he hablado sobre Irak, Greg Armstrong, decapitaciones, terroristas suicidas y todas las guerras y el salvajismo que campan por el mundo, y cuanto más pienso en ello, peor me parece, con lo que le cuento lo terrible que es todo eso, lo cerca que está y los presentimientos que tengo sobre lo poco que falta para una Tercera Guerra Mundial».

Max es el mejor amigo de Liam, el prototipo de elemento integrado en la sociedad, preparado para asumir su papel. Oliver, en cambio, es un «inmigrante ilegal», exiliado de la guerra en Liberia, víctima y verdugo, pues fue reclutado como niño soldado, que teme ser devuelto a su país de origen.

Liam y Max encuentran a una bebé abandonada en los bosques de Northumberland y se convierten en fugaces estrellas mediáticas. La pequeña es acogida por una familia donde viven otros niños «perdidos», entre ellos Oliver y Crystal, una adolescente veterana en compartir familias provisionales, tan entusiasta como melancólica. Liam enseguida queda fascinado por ambos, quizás por el halo romántico de los espíritus libres.

La pérdida de la inocencia, la búsqueda de la identidad, la inquietud por el mal que parece dominar el mundo, la nostalgia por unas raíces difusas, y la presencia permanente del paisaje del norte de Inglaterra, donde comparten espacio las ruinas de civilizaciones antiguas con la naturaleza salvaje y el salvajismo de la guerra (las explosiones provenientes de maniobras militares y el vuelo rasante de los cazas son constantes) impregnan las páginas de una novela juvenil que yo recomiendo a cualquier adulto que aprecie la buena literatura.

«No quiero volver a ser pequeño. Y, al mismo tiempo, sí que quiero. Quiero ser el que era en aquella época, el que soy ahora y el que seré en el futuro. Quiero ser yo y nadie más que yo. Quiero ser tan loco como la luna, tan salvaje como el viento y tan calmo como la tierra. Quiero ser todas y cada una de las cosas que se puede ser. Estoy creciendo y no sé cómo se hace para crecer. Vivo, pero todavía no he comenzado a vivir. A veces, sencillamente, desaparezco de mí mismo. A veces es como si ya no estuviera en el mundo, como si ya no existiera. A veces apenas puedo pensar. Mi cabeza sigue su propio derrotero, y las imágenes que me muestra son muy vívidas».

David Almond fue reconocido en 2010 con el Premio Hans Christian Andersen, considerado el Nobel de la literatura infantil y juvenil. Mi último verano es la primera de sus obras que leo, y no será la última. Se nota que domina el oficio, cosa que le permite utilizar las herramientas del escritor de forma natural, para completar un trabajo redondo. Como ejemplo, desconcertante en un principio, el inicio de la novela: «Empieza y termina con el cuchillo. Lo encuentro en el jardín». Y así es, empieza y termina con el cuchillo. ¿Qué significa eso? Tendréis que leerla para descubrirlo.

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