No veo la salida

El año pasado, durante el primer confinamiento, publiqué un texto de mi padre, Benjamín Recacha López, en el que reflexionaba en torno a la gestión de la pandemia y mostraba la misma inquietud que sentíamos muchos. Durante estos meses, ha seguido escribiendo, y hace unos días mi madre me envió por whatsapp (él no tiene teléfono móvil) unas fotos con su última creación, que también comparto.

Nos vimos por última vez el día de Reyes. Viven en el campo, a dos comarcas de distancia, y por el momento somos «responsables», aunque su única vida social consista en ver a su nieto y a sus dos hijos.

Ya va para doce meses
lo que fuera quince días.
Y tal como lo estoy viendo,
por más que diga el gobierno,
no le veo la salida.

No sé si saldré de esta.
Muchos no lo han conseguido.
Lo que sí me queda claro
es que lo que está pasando
muy pocos lo han entendido.

El cambio del clima ya está.
A ver quién lidia ese toro.
Aunque aquí, tierra de «sabios»,
se aplica con tal descaro
«que el muerto lo lleve otro».

Ya estamos viendo a diario
cómo reclama atención
mientras miramos a otro lado.
Lo que somos y por qué existimos
ya lo hemos olvidado.

Se habla mucho de pandemia,
poco del verdadero problema,
nada de lo que detrás vendrá.
No se dice la verdad,
no le conviene al sistema.

Y es que el virus más contagioso
es el poder financiero.
Él se apodera de todo,
el que envenena los mares
y el que contamina el cielo.

Contra este no hay vacuna,
derrocha inmunidad.
Y mientras le sigamos el juego,
consumiendo y contaminando,
vendrán pandemias, ¡vendrán!

El mar ya se traga pueblos.
Los ríos se salen de madre.
Los vientos huracanados
y tormentas torrenciales
siembran la desolación
a su paso por ciudades.

¡Gobernantes y aspirantes!
¿Cómo queréis que os crea
cuando en campaña habláis
de cómo remediar los males
que aquejan a la tierra?

Si cuando el voto ganáis,
por muchos gestos que hagáis,
dejáis de pisar en ella.

Mientras tanto, hoy tres de febrero
del año dos mil veintiuno
aquí encerrados seguimos,
limitados de derechos,
restringidos los servicios,
y sin antídoto claro
que ponga fin al mal bicho.

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