Responsabilidad individual, miseria humana y relatos que abrazan

Relatos en busca de abrazos

Me encuentro extrañamente tranquilo. Las primeras semanas de encierro en casa se me hicieron muy duras, y si en aquel momento me hubieran dicho que íbamos a pasar un mínimo de dos meses sin libertad de movimiento me habría desesperado. Me llevo muy mal con la soledad. Pero la semana pasada llegaron las golondrinas y los vencejos, invadiendo el espacio aéreo con sus piruetas y los silbidos escandalosos que a mí me llenan de alegría. Porque, a pesar de todo, es primavera.

Supongo que el secreto es no pensar demasiado en lo que vendrá, ni en cuándo vendrá. Ir día a día y no prestar mucha atención al ruido mediático ni a la bilis de quienes no desaprovechan la mínima ocasión de demostrar cuán miserables son.

Me muero de ganas por salir y abrazar a los míos, y aunque ahora parece que tengo las emociones bajo control, sé que el standby no podrá durar mucho más. Hay tantas cosas de las que estamos viviendo que no me parecen ni medio lógicas, que si me pongo hacer el listado no acabaría nunca. Creo, sin embargo, que podría sintetizarlas en la siguiente reflexión:

Debemos quedarnos en casa y, por precaución, renunciar hasta no se sabe cuándo al contacto con nuestros seres queridos, pero podemos ir a trabajar. Debemos confinarnos y renunciar al contacto afectivo, mientras los abuelos confinados en residencias caen como moscas de la forma más inhumana.

“Somos un gran país” para aplaudir desde los balcones (quien lo tenga) mientras gobernantes de todos los colores y de todas las administraciones hacen lo posible por ocultar las condiciones miserables en que mueren las personas mayores a cargo de negocios privados regados con dinero público, de los que esos gobernantes son accionistas. “No hay que alarmar”, dicen. “Dar el número de muertos es morboso”, se atreven a rematar. Bueno, cuando han muerto 50 de los 150 residentes, y, de los que quedan, un porcentaje pornográficamente alto ha dado positivo en la prueba del coronavirus (que por fin les han hecho, cuando ha saltado el escándalo), ustedes dirán dónde está el morbo. Quizás en la gestión, ¿no? En los beneficios económicos a costa de la vida de seres humanos abandonados a su miseria.

Eso está pasando en Palau Solità i Plegamans, un pueblo del Vallès, y lo sabemos porque los periodistas de la emisora local no renuncian a su dignidad profesional, a pesar de las presiones que están recibiendo. Las mismas presiones que por ahora están consiguiendo evitar que conozcamos qué ocurre de verdad en la residencia del pueblo vecino, Caldes de Montbui, donde yo vivo.

Lo que está pasando en las residencias debería ser el mayor escándalo de la historia contemporánea en nuestro país (estado, nación, territorio, terruño… que cada uno lo llame como quiera), pero me juego lo que queráis que apenas habrá consecuencias. De gran país, nada.

Varias ratas que pululan en torno a la política catalana se han atrevido estos días a decir algo así como “España es muerte, Catalunya es vida”, mientras los abuelos catalanes mueren por cientos en residencias catalanas, y esas mismas ratas hacen lo posible por taparlo. Obviamente, no es una miseria exclusiva de Catalunya. Las ratas que pululan en torno a las instituciones están en todas partes, y los abuelos caen como moscas en las residencias privadas, regadas con dinero público, de toda España, con Madrid a la cabeza.

Lo que escandaliza, sin embargo, es pillar a alguien en la calle sin justificación, o que un mes y medio después se permita salir a pasear a los niños. “Ya veréis el repunte”, profetizan los mismos que en cuanto les den permiso cogerán el primer avión a donde sea o se meterán en un estadio abarrotado; los mismos que ya no saben qué más comprar en Amazon y que piden la cena en Glovo.

Ser consecuente no es fácil, pero aplicar la responsabilidad individual debería resultar menos complicado. Yo no soy experto en nada, ni pretendo serlo. Zeus me libre de aleccionar a nadie y de ponerme como ejemplo. Ahora bien, creo que hay algo que debemos tener todos muy claro: si la excusa para señalar a quienes se saltan las normas es “así no saldremos nunca de esta”, espero que mantengáis exactamente la misma disciplina hasta que dispongamos de una vacuna efectiva contra el Covid-19 y se administre de forma universal.

Si de verdad queremos evitar nuevas pandemias y que las personas más vulnerables sufran las consecuencias, va a resultar inevitable renunciar a hábitos de vida normalizados para quienes pueden permitírselos. Desde luego, no me refiero a los besos ni a los abrazos, sino a todas esas cosas tan magníficas que nos trajo la globalización (es decir, la explotación sin límites de los pobres para el disfrute de los ricos, y de ese ser mitológico llamado clase media): los vuelos interoceánicos, los fines de semana en ciudades europeas cuquis, los cruceros, la importación/exportación de toda clase de productos innecesarios… el consumo desmedido.

Eh, que cada uno haga lo que le salga de las narices. La responsabilidad individual es eso, individual, aunque con un matiz muy importante: se ejerce en beneficio de la comunidad. Y permitidme que os diga que esa “distancia social” tan responsable es una soberana gilipollez si los aeropuertos se vuelven a abrir a vuelos comerciales y los puertos a los cruceros. Fin de semana en Amsterdam, vacaciones en Bali, crucero por las islas griegas, naranjas importadas de Suráfrica, pimientos del Perú… Eso sí, siempre con mascarilla.

Por cierto, qué triste ser capaz de renunciar al contacto humano pero ni plantearse otra forma de vida en la que el contacto humano, la cercanía, sea precisamente el eje central. Yo no veo más salida que esa, la verdad. Continuar por el mismo camino, cada vez más deshumanizado, es lo peor que podemos hacer.

En fin, que yo me había puesto a teclear para deciros que he reunido en un ebook 15 de los relatos que he escrito estos últimos años. Lo he titulado Relatos en busca de abrazos, y lo podéis descargar gratis de Lektu, en pdf o epub.

Si los leéis, espero que os sintáis abrazados por ellos.

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