El mayor mal de nuestro mundo

Imagen anónima encontrada en Internet que no podría ser más elocuente.

El paro baja, pero cada vez hay más trabajadores cuyo sueldo no les permite llegar a final de mes. Y yo me pregunto: ¿qué sentido tiene? Si hemos llegado al punto en que uno vive para trabajar y ello a duras penas le da para sobrevivir, ¿qué lo diferencia del esclavismo? ¿Que no nos azotan? Hay peores maneras de azotar que con un látigo. El despojo de la conciencia de clase, por ejemplo; la anulación del amor propio, de la dignidad. El que el obrero se arrastre por un sueldo de miseria y renuncie a sus derechos.

El capitalismo depredador está más desatado que nunca y no ceja en el empeño de inocularnos su veneno corrosivo a través de los mensajes tendenciosos y reaccionarios que propagan los medios de comunicación propaganda a su servicio: la criminalización de aquellos que defienden sus derechos laborales, el cuestionamiento continuo de sus “privilegios”, el aplauso a quienes renuncian a derechos que tantos años de lucha costaron, como las vacaciones remuneradas o el permiso por maternidad.

Este capitalismo devorador de conciencias jamás sacia su apetito, jamás soltará su presa sobre quienes agachan la cabeza, porque siempre es posible exprimir un poco más.

El mayor drama de las sociedades occidentales, y muy particularmente de la española, es la pérdida de la conciencia de clase. Si el trabajador es incapaz de plantarse y de hacer piña frente al abuso del capital, no hay nada que impida al capitalista pisotearlo un poco más. Porque, y esto deberíamos tenerlo todos grabado a fuego, el capitalismo basa su “éxito” en la explotación sin fin. A la minoría que mueve los hilos jamás le tiembla el pulso. Su objetivo, el objetivo hacia el que está enfocado todo el sistema, es acumular más ganancias. Producir, vender, consumir.

Nada de riqueza común. Nada de crecimiento económico. Basura capitalista para mantenernos en la fantasía de que formamos parte de la “fiesta”. Aquí los únicos que crecen son los mismos de siempre. Y no tienen límite.

Se inventaron una crisis para destrozar el sistema de protección social y machacar en cuatro días los derechos que se habían luchado centímetro a centímetro durante décadas. Lo asumimos como quien asume una catástrofe natural, como algo inevitable. Y “arrimamos el hombro”. Idiotas.

Y ahora, cuando la clase obrera es una fantasía casi tan increíble como la clase media, ¿cómo reparamos el destrozo? No con banderas, desde luego, que es en lo que andan enfrascados unos y otros.

Una sociedad democrática y social debería garantizar no sólo la supervivencia, sino el bienestar de sus habitantes. Todos los elementos necesarios para tener una vida digna deberían estar cubiertos por el simple hecho de formar parte de la comunidad. La vivienda, la alimentación y los servicios públicos (sanidad, educación, asistencia a personas dependientes) no deberían suponer coste alguno para nadie. El estado debería hacerse cargo de ello.

Por lo tanto, el trabajo no debería ser necesario para sobrevivir. Cada vez lo tengo más claro, y no tiene nada que ver con ser vago o querer aprovecharse de papá estado. Pensadlo un momento: ¿quiénes son los que más se aprovechan de los recursos públicos? ¿Quiénes se embolsan miles de millones de euros cada año del dinero de todos? No los parados, ni los dependientes, ni quienes acuden a los servicios sociales en busca de vivienda o de ayuda para pagar la electricidad.

Quienes nos parasitan de manera indecente, a la vez que nos exprimen para que trabajemos más horas por menos dinero y renunciando a derechos fundamentales, son esos pocos capitalistas, dueños de las grandes empresas que andan siempre de la mano del poder político, que evaden impuestos, que gozan de exenciones fiscales, que cuando algún negocio no sale redondo, jamás pierden; al contrario, son indemnizados.

Ellos marcan el camino, y todos lo seguimos como el rebaño obediente que somos.

Si por el simple hecho de ser personas tuviéramos cubiertas las necesidades básicas, ¿quién iba a deslomarse por 600 u 800 euros en un empleo de mierda? Nadie. Trabajar dejaría de ser una obligación esclavizante para convertirse en una vía de realización personal, en una forma de contribuir a la riqueza común, porque, claro, los sueldos tendrían que ser decentes; las condiciones laborales, buenas; se acabaría la explotación, y se acabaría… el enriquecimiento indecente de esas pocas manos que manejan los hilos.

Sería el fin para el capitalismo de casino. La acumulación de riqueza material dejaría de tener sentido, porque la clase obrera ya no contribuiría a ello. Se reducirían las diferencias abismales de renta que existen hoy en día, y la economía a pequeña escala fluiría. La gente podría comprar en los comercios de barrio, ya no tendría que acudir a esos grandes almacenes donde la ropa es tan barata porque la fabrican esclavos.

Pero no, eso no lo veremos nunca, porque si algo parecido se llega a intuir ya se encargarían de cortarlo de raíz. “El comunismo es un cáncer con millones de víctimas a sus espaldas”; “las sociedades igualitarias no prosperan porque eliminan la competitividad, y la competitividad es lo que las hace avanzar”; “la intervención estatal en la economía va contra la libertad de mercado y contra la democracia, es una aberración propia de estados autoritarios”…

Podría escribir unas cuantas sentencias parecidas, todas incuestionables, por supuesto. Todos sabemos que el capitalismo no ha causado una sola muerte en la historia, y que los pobres lo son porque no se han esforzado lo suficiente.

A estas alturas me importa bien poco que me etiqueten. Que me llamen comunista, anarquista, o el ista que le apetezca al lector de turno. Cada vez huyo más de los dogmas y me identifico menos con la clasificación “oficial” de ideologías. Afortunadamente, tengo un cerebro al que hago trabajar, que observa y que saca sus propias conclusiones. Como todos, hay momentos en que soy incongruente, es imposible no serlo viviendo en el mundo en que vivimos.

Tengo muy claro que el capitalismo es el mayor mal que padecemos, y también que por muchas arengas que se escriban apelando a la conciencia de clase, nunca se va a dejar derrotar.

El sistema es irreformable. La única salida es derruirlo desde los cimientos. Pero eso tampoco va a pasar, así que nos conformaremos con desahogarnos en inofensivos textos como éste.

Felices vacaciones (si es que no habéis renunciado a ellas).

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