Un año más

comida-familiar

Un año más nos sentamos en torno a una gran mesa. Un año más celebramos la Navidad en familia; lo sucedido durante los 364 días anteriores es sólo un paréntesis del que extraer anécdotas para amenizar la reunión.

Varios de los presentes no se han visto en todo el año, por falta de tiempo, la excusa preferida, pero la realidad es que no hacen nada por verse porque no les apetece. Seguro que más de dos y de tres han cambiado de acera para evitar un encuentro fortuito, y míralos ahora, explicando los mismos chistes trasnochados, riendo y jaleándose, como si fueran colegas inseparables.

Los que llevan la voz cantante son los mismos de siempre. Después de la segunda copa de vino ya no hay quien los pare. Ahora hay muy buen rollo, somos una gran familia feliz, aunque el pegamento que nos une sea poco consistente. Conforme avance la tarde, se vayan vaciando las botellas y se vayan agotando los chistes, comenzarán los desacuerdos, al principio por chorradas insignificantes, que darán paso a las discusiones sobre fútbol y política.

Los más vehementes monopolizarán el debate, mientras que los demás se irán desentendiendo y charlarán en grupitos sobre el trabajo, las compras, recetas de cocina o los niños… Los niños, ellos sí que saben pasarlo bien. En cuanto acaben de comer se pondrán a jugar como cachorros salvajes, poniéndolo todo patas arriba. Habrá gritos, risas y disputas, y algún golpetazo que alertará a los adultos. Lo normal es que la cosa no pase de un llanto pasajero y algún chichón.

—Miguel, dile a tus tíos que ya te has sacao la carrera.

—¡Hombre! Muy bien, chaval. Qué era eso que estudiabas, ¿derecho?

—Filología inglesa.

—Ah, filología… ¿Y eso pa qué sirve?

Ya empieza el show. Miguel se muerde la lengua, pero ya saltará otro.

—Mira que eres zenutrio. Pues pa qué va a servir, para ser profesor.

—La cola del paro está llena de profesores. En este país to Dios quiere ser universitario…

—¿Y qué problema hay?

—No, ninguno. Es sólo que no me extraña que estemos como estamos.

—¿Qué quieres decir?

Miguel ya no aguanta más. Ha desmenuzado el tapón de la botella de cava.

—Eso, tío, ¿qué quieres decir? Porque me he pasado la vida estudiando para sacarme una carrera. ¿No era eso lo que queríais los de vuestra generación para vuestros hijos?

—No te enfades, hombre. No lo digo por ti, pero sólo hay que fijarse un poco para darse cuenta de que lo que falta hoy en día es capacidad de sacrificio. Yo empecé a trabajar a los diez años, no había otra.

—Ah, claro. Ya lo entiendo. Quieres decir que los jóvenes de los obreros tenemos aires de grandeza, que no sabemos cuál es nuestro lugar en la sociedad, que nos creemos señoritos y no somos más que esclavos. ¿Has leído las Uvas de la ira?

—Yo no tengo tiempo pa leer.

—Claro, es que yo soy mucho de perder el tiempo con tonterías. Fíjate que me he pasado cuatro años con una carrera que básicamente consiste en eso…

—Va, déjalo, Miguel, que tu tío no tenía mala intención.

El chaval es prudente. Iba a replicar pero ha preferido retomar el desmenuzamiento del corcho.

—Yo sólo digo que para sacar al país adelante hay que arrimar el hombro. Tenemos que sacrificarnos un poco, y ya habrá tiempo para caprichos.

—¿Caprichos? ¿Estudiar es un capricho?

—Joder, Ramón, el capullo del Rajoy te ha lavao bien el cerebro.

—Y a ti, hermano, el comunista ese de la coleta. Menos mal que lo han dejao con un palmo de narices. No me quiero imaginar qué sería de nosotros con un gobierno como el de Venezuela.

—Va, no empecéis con la política. Si son todos iguales…

La cuñada apolítica poniendo paz. Pero Miguel vuelve.

—Tío, a ti te echaron del trabajo hace un par de años, ¿verdad?

—Hicieron un ERE. La crisis nos ha jodido a muchos…

—Ya, la crisis… Te echaron por viejo, y en tu puesto contrataron a dos chavales de los que arriman el hombro cobrando un tercio de tu sueldo. A eso se le llama levantar el país, ¿no?

Uf… Eso ha dolido.

—No te pases, mocoso.

—Miguel, eso ha sido muy feo.

—Lo siento, mamá. Perdona, tío. Es un defecto que tenemos los universitarios, que interpretamos la realidad sin que nos manipulen. El otro es que somos tan poco patriotas que a la mínima nos buscamos la vida en algún país donde no piensen que estudiar es cosa de caprichosos. Disculpad, pero me tengo que ir. Feliz Navidad a todos.

—Miguel, no te vayas aún, hombre…

Se larga. Yo también lo haría si pudiera… Bum, llegó el golpetazo.

—¡¡¡Mamaaaaa!!!

Y todos los adultos salen en estampida a socorrer al herido. Cada año se repiten las mismas escenas. Yo observo y escucho, y nadie me presta atención. Creen que no me entero de nada, que no soy más que un pobre inválido desahuciado. De vez en cuando alguna mirada compasiva, alguna sonrisa tímida, pero ya ni siquiera hablan de mí. Son muchos años postrado en esta silla de ruedas. Ya ni siquiera puedo mover los brazos, ni siquiera soy capaz de mover la mandíbula, ni siquiera emito sonidos. No soy más que un vegetal carnoso que, sin embargo, conserva intactas las facultades mentales.

Esa es mi mayor tortura.

Anuncios

One thought on “Un año más

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s