La madre de todas las batallas

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Anoche, cenando en la terraza de una hamburguesería estupenda de Caldes, observé cómo en una de las paredes aparecían varias salamanquesas, dispuestas a darse el atracón nocturno de insectos. Me sorprendió comprobar la pericia con la que cazaban y entonces recordé un pasaje memorable de ‘Mi familia y otros animales’, el maravilloso relato de la infancia de Gerald Durrell en la isla griega de Corfú. El joven Gerry, fascinado por todo tipo de vida animal, acumulaba en su habitación mascotas tan poco comunes como ranas, escorpiones, mantis religiosas y salamanquesas. Una noche la enorme mantis Cicely consigue escapar de la jaula donde Gerry la había instalado, invadiendo el territorio de la terrible salamanquesa Gerónimo, y dando paso a una batalla sin cuartel…

 “Era de noche. Yo leía sentado en la cama cuando, con un gran zumbido de alas, Cicely cruzó volando la habitación y aterrizó pesadamente en la pared, a unos tres metros del lugar donde Gerónimo se atareaba en eliminar los últimos restos de una polilla excepcionalmente velluda. Con los labios llenos de pelusa, se interrumpió y miró con asombro a Cicely. Seguro que jamás había visto una mantis de ese tamaño, porque Cicely medía por lo menos un centímetro más que él. Atónito ante sus dimensiones y pasmado por el descaro con que aquella criatura invadía sus dominios, durante algunos segundos Gerónimo no supo hacer otra cosa que quedársela mirando. Mientras tanto, Cicely giraba a todos lados la cabeza y miraba a su alrededor con aire de severo interés, como una solterona cualquiera en mitad de una galería de arte. Repuesto de la sorpresa, Gerónimo decidió que había que darle una lección a aquel insecto impertinente. Se limpió la boca en el techo, sacudió rápidamente la cabeza y agitó la cola de lado a lado, sin duda para acumular en sí una furia asesina. Cicely ni se inmutó: siguió contemplando el entorno y balanceándose levemente sobre sus patas largas y delgadas. Gerónimo, atragantándose de ira, bajó despacio por la pared hasta detenerse a un metro de la mantis para comprobar el agarre de sus patas una a una. Cicely, con asombro bien simulado, hizo como si le viera por primera vez. Sin cambiar de postura, giró la cabeza y atisbó por encima del hombro. Gerónimo le lanzó una mirada de odio y tragó con más fuerza. Cicely, tras examinarle fríamente con sus ojos saltones, reanudó su inspección del techo como si no hubiera tal salamanquesa. Gerónimo se aproximó unos cuantos centímetros, restregó los dedos una vez más y estremeció la cola. Luego se lanzó hacia delante, y ocurrió algo extraño. Cicely, hasta entonces aparentemente absorta en la inspección de una grieta del yeso, saltó al aire de improviso, dio media vuelta y aterrizó en el mismo sitio, pero con las alas abiertas como una capa, erguida sobre sus patas traseras y con ambos brazos curvados en posición de combate. Gerónimo no venía preparado para tan hostil recepción, y a una distancia de siete centímetros frenó y se le quedó mirando. Ella le devolvió la mirada con otras de provocador desprecio. Gerónimo parecía un tanto perplejo por todo el asunto; de acuerdo con su experiencia la mantis debería haber salido huyendo y volado al otro extremo de la habitación, y por el contrario allí estaba de punta, con los brazos dispuestos a acuchillarle y un manto verde de alas que crujía levemente con su balanceo. Pero a esas alturas no era ya lícito volver atrás: reunió energías y saltó al ataque.

Su velocidad y peso surtieron efecto: al dar de lleno en la mantis la hizo tambalearse y la agarró entre sus mandíbulas por la parte inferior del tórax. Cicely repondió cerrando ambas patas delanteras sobre las traseras de Gerónimo. Trabados y haciendo eses cruzaron el techo y la pared, cada uno intentando ganar ventaja sobre el otro. Luego hubo una pausa mientras los combatientes descansaban y se preparaban para un segundo asalto, sin soltarse. Yo me preguntaba si debería intervenir; no quería ver muerto a ninguno de los dos, pero al mismo tiempo la pelea era tan emocionante que no me daban ganas de separarlos. Antes de que lo decidiera se liaron otra vez.

Por alguna razón, Cicely estaba empeñada en arrastrar a Gerónimo por la pared al suelo, y él mostraba igual obstinación en tirar de ella hacia el techo. Así estuvieron cierto tiempo en tira y afloja, unas veces en una dirección y otras en otra, pero sin lograr nada decisivo. Entonces Cicely cometió su error fatal: aprovechando una de las treguas, se arrojó al aire, al parecer con la intención de volar al otro lado del cuarto con Gerónimo colgado de sus garras, cual águila que rapta a un corderito. Pero no había contado con el peso de la salamanquesa. El repentino salto le cogió desprevenido y desprendió del techo las ventosas de sus dedos, pero ya en el aire se convirtió en un peso muerto, con el que ni siquiera Cicely podía cargar. En intrincada maraña de cola y patas cayeron sobre la cama.

La caída les sorprendió tanto a los dos, que soltaron a la vez y se sentaron sobre la manta, contemplándose mutuamente con mirada abrasadora. Pensando que era una buena ocasión para interponerme entre ambos y declarar nulo el encuentro, iba a coger a los contendientes cuando volvieron a enzarzarse. Esta vez Gerónimo fue más listo y sujetó con la boca uno de los cortantes brazos de Cicely. Ella se vengó agarrándole por el cuello con el otro. Ambos luchaban con igual desventaja sobre la manta, porque se les enredaban en ella los dedos y garras y les hacía tropezar. Dando tumbos recorrieron la cama en todos los sentidos, para al fin poner rumbo a la almohada. Al llegar a ese punto uno y otro sufrían graves descalabros: Cicely tenía un ala aplastada y rota y una pata doblada e inútil, en tanto que Gerónimo mostraba en lomo y cuello numerosas llagas producidas por las garras delanteras de Cicely. Mi interés por saber quién ganaría era ya tan fuerte que ni pensé en detenerlos, sino que según se acercaban a la almohada desalojé la cama, porque no me seducía la idea de que Cicely me clavara una garra en el pecho.

La mantis daba la impresión de estar cansándose, pero cuando sus patas pisaron la tersa superficie de la sábana pareció recobrar ánimos. Lástima que aplicase sus nuevos arrestos a un objetivo vano. Soltó el cuello de Gerónimo y le agarró en cambio por la cola; ignoro si de ese modo pretendía levantarlo por el aire e inmovilizarlo, pero de hecho produjo el efecto contrario. Tan pronto como sintió las garras, Gerónimo se desprendió de su cola, pero el tremendo tirón que tuvo que dar para ello le hizo sacudir violentamente la cabeza, con el resultado de que se llevó el brazo de Cicely en la boca. Aún podía Cicely haber ganado la pelea atrapando rápidamente a Gerónimo antes de que él se desembarazara del brazo; pero estaba demasiado entorpecida por los bandazos de la cola, que en mi opinión tomaba por parte vital del adversario, y con su única garra la mantenía bien cogida. Gerónimo escupió el brazo y dio un salto adelante, cerró de golpe las mandíbulas, y la cabeza y el tórax de Cicely desaparecieron en su boca.

Con ello finalizaba la lucha; ya se trataba solamente de que Gerónimo aguantase hasta la muerte de Cicely. Las patas de ella se estremecían, sus alas se abrían como abanicos verdes y crujían al entrechocarse, latía su gran abdomen, y los movimientos de su cuerpo agonizante arrojaron a ambos al fondo de un pliegue de las sábanas. Durante un largo rato no pude verlos; solamente se oía el débil aleteo de la mantis, que al fin cesó también. Hubo una pausa, y luego una cabecita arañada y ensangrentada asomó por el borde de la sábana y un par de ojos dorados me contemplaron con aire triunfal mientras Gerónimo se arrastraba cansino hacia la superficie. En el hombro le faltaba un trozo grande de piel, mostrando una llaga roja en carne viva; tenía el lomo moteado de coágulos de sangre, uno por cada punto en que Cicely le había clavado las garras, y un sanguilonento muñón de cola dejando una estela roja por la sábana. Estaba deshecho, desmadejado y exhausto, pero victorioso. Allí se detuvo un rato, tragando aire, mientras yo le limpiaba el lomo con una bolita de algodón sujeta a un fósforo. Luego, a guisa de premio, le cacé cinco moscas gordas y se las di, y él se las comió con gusto.”

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