Do it, Rufus!

El nuevo reto literario de los Insectos Comunes consistía en relatar las consecuencias del éxito comercial desmesurado de un invento, centrándonos, sobre todo, en la manera como su autor procesa ese éxito. En esta ocasión sólo hemos participado tres «insectos»: Toni Cifuentes, LaRataGris y un servidor, aunque los tres relatos resultantes tienen mucha sustancia. Podéis descargaros el pdf de la revista en Lektu o en Payhip, de forma gratuita o aportando la cantidad que consideréis justa. Con la recaudación esperamos llevar a cabo, próximamente, una reunión de trabajo en las islas Fidji para desarrollar futuros retos. Estamos seguros de que lo conseguiremos. Mientras, os dejo aquí mi aportación al reto, a la que he titulado Do it, Rufus!


Los botellines de whisky con sirope de cereza se acumulan en todos los rincones de la casa. Rufus Smart dormita en el gran sofá circular, con la cabeza en el centro y las piernas estiradas, sin que los pies lleguen al borde. Un hilillo de baba se le desliza desde la comisura de los labios. Cuando rebasa la barbilla mal afeitada y toma el camino hacia el cuello, las cosquillas le hacen llevarse la mano a la papada y restregársela casi con violencia. Gruñe una queja, y un moco espeso le asoma por la nariz. Se la frota con el dorso de la mano, se da media vuelta y sigue entregado a su letargo.

Al moverse, varios de los botellines que había desparramados por el sofá caen al suelo y rebotan contra el parqué sin llegar a romperse. Los restos de líquido forman charquitos que sustituyen a los que ya se han secado, dejando manchas pringosas en la madera.

La mansión de cuatrocientos metros cuadrados distribuidos en dos plantas, situada en la parte alta de la avenida del Tibidabo, fue el primer capricho que se permitió gracias al éxito. Tenía más de cien años y se caía a pedazos. Rufus se empeñó en convertirla en un palacio que despertara la admiración de toda la ciudad. Las lamas de parqué las habían extraído de un baobab de ochocientos años, que él mismo eligió en su primer viaje a Madagascar. Pronto se cumplirán dos años de la fiesta de inauguración, a la que asistió todo el que se consideraba alguien en el país. La foto de Rufus junto a los reyes, aunque con una mancha pringosa que emborrona la cara de Felipe, continúa presidiendo la entrada.

Desde la pared de uno de los despachos de la planta baja, Rufus y Felipe ríen a carcajadas durante su primer viaje juntos a Bangkok. De allí se trajo la pitón de cuatro metros que deambula por la casa alimentándose de arañas y cucarachas y tratando de sacar algo nutritivo de los botellines de vidrio.

En otra foto, Rufus está flanqueado por Donald y Barak, los tres exhibiendo las suculentas hamburguesas de carne de antílope que degustaron en la primera barbacoa que organizó en pleno Serengueti. Los dos presidentes lucen orgullosos las camisetas con el lema Do it, Rufus!.

Rufus empieza a roncar. Tiene la cara chafada contra un cojín forrado de seda de cachemira; la lana original la seleccionó él mismo entre un rebaño de cabras en su primer viaje al Tíbet. Eructa. Un resto de whisky con sirope de cereza, aderezado con bilis, emerge de la boca y aterriza con desidia sobre el cojín.

Do it, Rufus. Cuando le comunicaron la demanda por parte de Nike, mientras desayunaba ostras salvajes recién pescadas en un resort de lujo en las Maldivas, el nuevo fenómeno mundial se limitó a preguntar: «¿Cuánto piden?». Aquella misma tarde, la demanda era historia.

De repente, Rufus sufre un espasmo. El cojín le ha tapado un orificio de la nariz; el otro está taponado por un moco enorme. Tose ruidosamente, expulsando esputos pringosos que aterrizan por todo el sofá, y se incorpora. Necesita un par de minutos para recuperar el ritmo normal de respiración y pulsaciones. Mientras tanto, se hurga la nariz, hace una bola con el moco y la dispara con el dedo, sin inmutarse.

Pasea la vista por el comedor. Hace semanas que nadie pone orden, pero no le preocupa. En lo único que piensa ya es en beber. Necesita otro botellín. No parece que quede ninguno sin abrir de la última caja con la que se abasteció antes de dejarse caer en el sofá. Mira a la pared de enfrente, donde la pantalla plana de doscientas pulgadas emite imágenes y sonidos que parece no comprender, mientras tantea distraído en el sofá. La mano topa con una botella que había quedado enterrada entre dos cojines. La agarra y se la lleva a la cara. Sonríe como un idiota al comprobar que está llena. La destapa con los dientes y se bebe el contenido en tres tragos. Eructa de nuevo y se pasa el antebrazo por la boca. La piel le queda impregnada con los restos de whisky con sirope de cereza que le habían mojado la barba.

Se da cuenta de que se está meando. No aguanta más, pero pensar en desplazarse hasta el baño le produce tanta pereza que decide hacerlo en una botella. Se arrastra hasta el borde del sofá, se desabrocha el pantalón, y se da cuenta de que su pene es demasiado grueso para que quepa en el estrecho cuello del botellín. «Haré puntería», piensa. Lo intenta, sin demasiado éxito. Aparte de que el chorro rebota contra el borde, el recipiente enseguida se llena, pero Rufus no tiene intención de contenerse. Mear lo alivia tanto que su única reacción al ver que se está salpicando todo y que está regando el comedor es reír.

Ríe como un loco, como el loco que durante un instante recupera la lucidez para comprender su deterioro absoluto. Por un momento vuelve a ser Rodolfo Esteso, el torpe concursante que llenó de risas los hogares del país. «¡Hazlo, Rodolfo!», le gritaban todos. Y él lo hacía, por ridículo y denigrante que fuera.

Ríe al recordarlo, y al recordar cómo aquel estúpido empezaba a hacerse de oro acudiendo a discotecas, salas de fiesta, incluso teatros. Pronto fue el rey de todos los platós televisivos, e incluso hicieron una película con sus torpezas. Ríe al recordar cuando lo llamaron para firmar con un estudio de Hollywood. Algún productor chiflado pensó que el personaje era exportable al universo yanqui, y vaya si lo fue. «Do it, Rufus!», le chillaban en el estreno en la Gran Manzana. Y él, claro, lo hacía. Cualquier gilipollez bastaba.

«Do it, Rufus!», grita una pareja sonriente, de dientes blancos y brillantes, en la televisión; brindan con sus botellines de whisky con sirope de cereza, y beben.

Rufus deja de reír. Se queda muy quieto, con los ojos fijos en la pantalla y la mano todavía aguantando su pene fláccido tras aliviarse la vejiga. En la otra mantiene agarrado el botellín con la misma etiqueta roja que el que anuncian en televisión. Sólo que el líquido es menos oscuro. «Do it, Rufus!», se lee, en letras negras redondeadas, biseladas con brillos blancos.

Rodolfo, Rufus, alterna su mirada entre el botellín relleno de su meado y la reluciente botella recubierta de refrescantes gotas de agua que aparece en la pantalla. Son iguales, lucen la misma etiqueta. «Do it, Rufus!».

—Do it, Rufus —murmura, con la voz pastosa—. Do it , Rufus! —repite, ahora con más ímpetu, y ríe otra vez—. Do it, Rufus! —grita entre carcajadas.

Entonces, se lleva el botellín a la boca, y da cuenta del contenido en tres tragos.

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