Un viaje a la Antequera prehistórica

Pau y compañía continúan en Antequera, conociendo su historia y su riqueza patrimonial. Tras pasear por el casco urbano y admirar varias de sus muchas iglesias y monumentos, Toni Cifuentes los ha llevado a la Antequera de sus primeros pobladores, de cuyas huellas se conservan algunos de los restos más interesantes del continente. Os dejo con una interesantísima lección de historia antigua.

Antequera - Recepción dólmenes
Centro de recepción de visitantes de los dólmenes de Antequera.   Foto: Toni Cifuentes

Una visita a Antequera no estaría completa sin acercarse a los dólmenes. A día de hoy no cuesta un céntimo contemplar estas estructuras megalíticas que son de las más importantes de toda Europa, aspirantes a Patrimonio de la Humanidad. Un centro de recepción de visitantes (al que llegamos dando un paseo con las bicis) permite coger una poquita información y ver un vídeo locutado por Kiti Mánver (actriz nacida en Antequera, ídolo local, más o menos) en el que se nos muestra el esfuerzo de la comunidad agrícola prehistórica que abrió zanjas y movió grandes piedras de toneladas de peso (ortoestatos) para levantar estos enormes monumentos en los que el significado es variopinto e incluso mágico. Pero yo voy a decir, a falta de ser un investigador (y con la credibilidad y fiabilidad que eso me aporta), que los dólmenes supusieron un hito importantísimo en la historia de la humanidad: un dolmen fue una marca territorial, una evidencia de poder económico para quienes labraron por primera vez las tierras fértiles de la Vega, bañada por las aguas de lo que hoy conocemos como río Guadalhorce.

Hubo de ser una comunidad importante que prolongó su unidad y crecimiento a lo largo de milenios desde que edificaran el primer dolmen hace más de 6000 años (sí, antes incluso que las pirámides) y concluyeran esa monumentalización del territorio hace 4200 años con el tholos del Romeral, en los albores de la edad de los metales. Por otra parte un dolmen es también un lugar de enterramiento, seguramente de individuos especiales dentro de los grupos (aunque esa distinción jerárquica supuestamente no existe para las primeras comunidades agrícolas). Pero enterrar a los antepasados de una comunidad supone también legitimar la apropiación de ese mismo territorio que cualquier otra comunidad ajena que llegase para reclamarlo no tendría.

En las cuevas naturales también se enterraba a personas durante el epipaleolítico (el momento de tránsito entre dos modos diferentes de vida entre hace 9000 y 7000 años) y quizá, con la misma finalidad. La construcción de dólmenes no es más que la construcción de cuevas en lugares donde no existen. También los dólmenes pudieron ser centro de reunión. Ya para los grupos del paleolítico superior (esos cazadores-recolectores nómadas que vivieron durante la fase final de la era glacial de entre hace 35000 años hasta hace 10000 años aproximadamente) el contacto con otros clanes familiares fue importantísimo para su supervivencia. Las pinturas rupestres pudieron ser la primera forma de aprendizaje y de transmisión de una cultura que, entre otras cosas, transmitió la idea (y la fijó para la posteridad en la oscuridad profunda de las cavidades) de que una comunidad aislada está condenada a la desaparición, a la extinción. La endogamia (la reproducción sexual entre congéneres) es nociva. Lo que conocemos en nuestros pueblos como romerías no es más que la continuidad de estas prácticas del pasado que en los dólmenes también pudieron realizarse. Además de lugares de intercambio de personas, hubieron de ser lugares de intercambio de alimentos, de objetos y de información.

Todo esto es lo que da importancia a los dólmenes, que traducido significa “gran mesa de piedra”, porque exentas podríamos verlos como meras piedras puestas unas sobre otras. En España hay muchas de estas estructuras, más pequeñas, ausentes de la tierra que los cubría. La maravilla de los dólmenes de Antequera, además, es que todavía se conserva esa tierra (lo que conforma el dolmen) casi intacta.

El tholos es algo más especial. Es de corredor, al igual que sus hermanos, pero en este caso construido a base de hiladas de piedra puestas unas sobre otras (mampuestos) en lugar de las grandes losas verticales clavadas en el suelo. La cúpula está construida con la misma técnica conocida como aproximación de hiladas y soporta el peso de una enorme losa a unos cuatro metros de altura. Al fondo, hay una pequeña cámara para los rituales funerarios.

Podría decir mucho más al respecto de los dólmenes: su importancia con respecto al sol, su supuesta alineación también con la Peña de los Enamorados donde hay pinturas rupestres y grafolitos (es decir, símbolos grabados en la piedra) muy parecidos a los que hay en la entrada del gran dolmen de Menga, y tomando la fantástica guía oficial del conjunto arqueológico, ponerme a resumir la historia de una gran cantidad de cosas, pero Pau me dice que con todo lo anterior ya tiene suficiente y que ahora le apetece darse un paseo relajado por el Torcal. Ése será el adiós del libro viajero que con tanto cariño hemos acogido en casa.

El viaje de Pau con el gato Pincho
Haciendo migas con Pincho, el gato.   Foto: Toni Cifuentes

Sin embargo, no me voy a despedir por ahora sin decir que Antequera sigue siendo ciudad de grandes obras monumentales. Desgraciadamente nuestros gobernantes no se lo han tomado tan en serio como aquellas primeras comunidades neolíticas del pasado. El gran museo de la prehistoria de Andalucía todavía espera ser inaugurado desde que a mediados de los ochenta del siglo XX se pusieran a construirlo. Ahora dicen que el edificio está desfasado, que no cumple las normativas de seguridad, y si no lo echan abajo, sufrirá una importante remodelación por la falta de coordinación e inutilidad de esos mismos gobernantes. Por otro lado, Antequera también puede alardear de tener un centro de tecnificación de deportes medio acabado con unas gradas que miran a un olivar y, como se ve en la foto, de un Palacio de Ferias y Congresos cuyo acerado costó más de 60.000 euros. Imaginad lo que costó lo demás, y a día de hoy no se ha hecho ni una feria ni un congreso. Está chapado a cal y canto, símbolo del boom inmobiliario y la especulación. Antequera, como veis, es una ciudad monumental en todos los aspectos.

¿Quién no conoce un ejemplo de esa otra “monumentalidad”? La del ladrillo inflado desde la especulación, la de las obras faraónicas sin sentido de las que ahora nadie se hace responsable, pero que fueron pagadas con dinero público. El libro viajero quiere descubrir los incontables tesoros de este país, pero también mantener los ojos bien abiertos ante una realidad que nos ha conducido a la situación que padecemos en la actualidad.

La próxima parada, última en este rincón del sur, nos acercará a uno de esos tesoros naturales, El Torcal, desconocidos por el gran público. Estaremos atentos.

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