La casa gris

Tenía 15 años y amaba el mar
Antología de relatos de socios de la AEN.

Hoy no toca ración de crónica del IV Congreso de Escritores (a este paso, enlazaré con las del siguiente), pero sí que voy a compartir algo que tiene que ver con la AEN – Asociación de Escritores Noveles. Se trata del libro de relatos en el que hemos participado diecisiete socios de la entidad, titulado Tenía 15 años y amaba el mar (Editorial Fanes), que se presentó durante el Congreso.

Todos los relatos tienen como punto de partida el mismo fragmento del escritor y periodista Luis del Val, autor también del prólogo de la antología. Lo interesante del experimento es comprobar la diversidad de temas y estilos que pueden generar las mismas ciento veinte palabras de inicio.

A continuación podéis leer el mío. Os recomiendo hacerlo sin prisas (tiene 4.500 palabras). Espero que os guste.


Tenía quince años y amaba el mar.

Bajó hasta la playa desierta, muy temprano, y ni el cielo azul lechoso, ni la aquietada brisa, ni los pinos cercanos, ni una pareja de gaviotas que nadaban por el aire, le alegraron el ánimo. Y es que era el último día de vacaciones y amaba el mar. Y tenía quince años.

Miró la casa gris que había tras la pinada, en una loma suave que se levantaba antes del barranco, y le pareció ver luces dentro. Su padre le había dicho que la casa estaba deshabitada y que las luces que creía ver serían el reflejo del sol en los cristales, pero pensaba, a veces, que había gente dentro de la casa gris.

Volvió la mirada hacia el mar, y allí aparecía el sol, puntual a su cita de todas las mañanas. Sintió que aquellos primeros rayos que le acariciaban el rostro a modo de saludo le apaciguaban el corazón, y es que, después de todo, por grave que fuera el hecho de tener que regresar al instituto al día siguiente, era imposible no recibir con una sonrisa el nacimiento de una nueva jornada en aquel escenario privilegiado.

Pau, sentado junto a la orilla, arrastró los pies hasta dejarlos al alcance del mar, que, aún dormido, se mecía perezoso. El agua estaba fría, como a él le gustaba. Nada mejor que un refrescante baño matutino para ponerse las pilas.

Se incorporó, y, mientras se quitaba la camiseta, se giró de nuevo hacia la casa, con el temor y a la vez la esperanza de distinguir una figura humana que lo observara desde la ventana.

Pero no, allí no había nadie y, ahora sí, fue testigo del rayo que se reflejaba en los cristales. «¿Y si voy y lo compruebo de una vez?», fue el loco pensamiento que brotó de su cerebro.

Durante unos segundos barajó la idea, pero acabó agitando la cabeza, devolvió la vista al mar, avanzó un paso, otro… hasta dejarse abrazar por sus hospitalarias aguas.

…..

El primer día de clase después del verano, el instituto era un pequeño caos. Cientos de adolescentes con las hormonas revolucionadas se reencontraban tras las largas vacaciones, casi ninguno con motivación alguna por entregarse a los brazos del conocimiento. Les parecía mucho más interesante el Whatsapp y YouTube.

Pau no respondía al prototipo de quinceañero absorto por la magia de la telefonía móvil y el reggaetón. Le encantaba leer, y solía sentarse solo en algún rincón a hojear cómics.

Sus compañeros lo consideraban un bicho raro al que no valía la pena prestar demasiada atención. A él ya le parecía bien: tenía muy poco en común con toda aquella gente. Con suerte, el año pasaría rápido, y el curso siguiente podría dedicarlo, por fin, a lo que le gustaba de verdad: inventar e ilustrar sus propias historias… si conseguía convencer a sus padres, claro.

Sentado en un banco del patio, aguardaba, con los ojos cerrados, a que sonara la detestable sirena que señalaría el inicio de la primera jornada del curso. Su cuerpo estaba allí, pero su mente se hallaba en el mismo lugar en el que lo habían encontrado las mañanas de los tres meses anteriores. Si se concentraba lo suficiente, podía sentir el olor del mar, arrastrado por la brisa, incluso el sonido hipnótico de las olas perezosas y la arena húmeda acariciándole la planta y los dedos de los pies.

Pero era difícil concentrarse en aquel entorno, así que abrió los ojos. Y la vio. Ella, la única razón que lo motivaba a levantarse cada mañana y arrastrarse hasta aquella jaula gris. Pasó junto a él, sin ni siquiera mirarlo, como había ocurrido durante los tres cursos anteriores. Eran compañeros de clase y, sin embargo, Pau tenía la certeza de que ella todavía no había reparado en su existencia. Pero le daba igual. A él le bastaba con saber que Marta estaba allí. Quizás algún día se atreviera a saludarla y, quién sabe, si se daba la ocasión, le enseñaría alguno de sus cómics.

Se había imaginado la escena en incontables ocasiones. Él esperaría a que llegara a la altura del banco y entonces le diría: «Hola, Marta». Ella lo miraría, al principio extrañada. «Me llamo Pau. Somos compañeros de clase, aunque…». Y entonces ella, con una sonrisa radiante, lo interrumpiría, y diría: «Ya sé que te llamas Pau y que vamos a la misma clase, aunque tenía dudas de que supieras hablar», y los dos reirían, ella con una deliciosa carcajada espontánea; él, con una risa algo nerviosa, pues no está nada acostumbrado a hablar con chicas, y menos con una que le gusta tanto, que encima sabe quién es y hace bromas tan simpáticas. Ese sería el momento ideal para enseñarle los cómics, o mejor aún, el cuaderno donde dibuja sus propias creaciones. En su imaginación, Marta pasa las páginas despacio, con expresión de admirada sorpresa, exclamando a cada poco «¡guau!», y al acabar lo mira fijamente. Él se queda petrificado, hipnotizado por esos ojos verdes de gata, y, cuando recibe el dulce beso en los labios, todo él tiembla de placer.

Pero la realidad era muy diferente. Marta había pasado de largo, como siempre, y acababa de perderse tras la puerta del instituto. En ese momento sonó la sirena, y Pau deseó poder teletransportarse a su playa.

…..

Lo único bueno del instituto era que no había clase por la tarde, así que, al menos mientras durara el buen tiempo, Pau podía seguir disfrutando del mar. Los días aún eran largos, y en casa no lo esperaba nadie, de modo que en cuanto sonaba la sirena ponía rumbo a su refugio, donde, tras un primer chapuzón revitalizante, se sentaba en la arena a comerse el bocata o lo que fuera que esa mañana había recolectado en la cocina.

Dio el último mordisco a la manzana con la mirada clavada en aquella casa cuyo aspecto siniestro daba rienda suelta a su imaginación. La playa, como de costumbre, estaba desierta. No era fácil llegar hasta allí, y eso era lo que la hacía tan especial para él. Pocos turistas estaban dispuestos a invertir un buen rato de caminata por un estrecho sendero repleto de piedras y pendientes. Pau se había encontrado de vez en cuando con alguna pareja aventurera, para quienes la belleza del paisaje compensaba el esfuerzo. Por mar era más habitual recibir visitantes, alguna lancha que fondeaba cerca de la orilla, aunque la barrera de arrecife evitaba que se acercara demasiado.

En cualquier caso, aquel 25 de septiembre Pau estaba solo. Arrojó el corazón de la manzana entre unos arbustos que separaban la playa del bosque de pinos, se chupó los dedos para despojarlos del pringue, y sacó su cuaderno de dibujo de la mochila.

Por fin iba a dibujar la casa, con luz en las ventanas.

…..

Pau llevaba casi una semana con el dibujo de la casa misteriosa, mucho más de lo que normalmente invertía en sus creaciones. En realidad, cada tarde lo había dado por terminado, pero al llegar a casa acababa desechándolo y al día siguiente empezaba de nuevo. Notaba que faltaba algo, que no era capaz de traspasar al papel la extraña sensación que le causaba aquel edificio. La cuestión era que, cuando tumbado en la cama se concentraba en lo que había dibujado, no le transmitía apenas nada. Sí, estaba bien hecho, era una reproducción fiel del paisaje, pero aquella casa en lo alto de la loma no tenía vida. Así que arrancaba la hoja, hacía una pelota con ella y la lanzaba a la papelera junto al escritorio.

Quizás la explicación de su fracaso tuviera que ver con que en todos aquellos días ni en una sola ocasión había tenido la impresión de ver luces en las ventanas, y, por mucho que les pintara destellos, no eran más que parches artificiales.

…..

Aquella tarde Pau abandonaba la playa con una nueva versión del dibujo en el cuaderno. Le había quedado bien, pero no las tenía todas consigo. De tanto concentrarse en aquel paisaje, y aún sin noticias de la parte misteriosa, era como si la casa que tanto había atraído su atención hubiera perdido toda capacidad para sorprender. Ahora, cuando Pau la miraba, solo veía paredes grises y un tejado vetusto del que amenazaban con caer todas las tejas.

Aun así, seguía habiendo algo que le impedía internarse en el bosquecillo que lo separaba de ella. Se moría de ganas por acercarse, pero cuando creía haber vencido al miedo que lo mantenía a distancia y se atrevía a abandonar la seguridad de la arena, enseguida notaba que le temblaban las piernas y daba media vuelta. «Mañana voy, que se ha hecho tarde», se excusaba consigo mismo.

Y el caso es que era verdad. Obsesionado como estaba con el dibujo, perdía la noción del tiempo. Aquella tarde empezaba a oscurecer cuando a mitad de camino del pueblo vio aparecer una figura que hacía el mismo trayecto en sentido contrario. «Uno de los habituales que sale a hacer footing a esta hora», se dijo Pau, aún lejos para distinguir de quién se trataba.

Pero no era ningún corredor.

Llevaba puesta la capucha de una sudadera demasiado gruesa para la agradable temperatura de principio de otoño, y una mochila negra a la espalda. Marta levantó la cabeza, y durante un segundo sus miradas coincidieron.

El «hola» se congeló en la garganta del muchacho, y un pellizco traicionero en el estómago lo paralizó por completo. Las piernas amenazaban con derrumbarse en cualquier momento, mientras los latidos acelerados le retumbaban en las sienes.

«Hola», volvió a intentar pronunciar, pero le castañeteaban los dientes y le temblaban los labios, con lo que lo único que salió de su boca fue un balbuceo ridículo.

Marta pasó de largo, dedicándole una media sonrisa. «Me ha sonreído; lo he visto, eso era una sonrisa. Me ha sonreído a mí», se repetía aturullado.

La mente del muchacho tenía concentrados todos sus esfuerzos en procesar aquella información que daba un nuevo sentido a su vida, con lo que el resto del cuerpo permanecía inmóvil, con los músculos agarrotados y escalofríos continuos recorriéndole la espalda y atravesándole el estómago.

Cuando por fin logró girarse, Marta ya se perdía por un recodo del camino. A lo lejos, en lo alto de una pequeña loma, la casa permanecía oscura y gris.

…..

Aquella noche Pau la pasó deseando que sonara el despertador. Se acostó sin ponerle peros al dibujo y por primera vez se levantó con ganas de ir al instituto. Comprobó que los cómics y el cuaderno estuvieran en la mochila y salió corriendo. Quería estar seguro de llegar antes que ella. Ocuparía el mismo banco de siempre, y cuando Marta apareciera no dejaría que pasara de largo. Sabía que existía; mucho más que eso, lo había saludado. Era, pues, el momento de llevar a la realidad lo que tantas veces había imaginado. «Seguro que le gustan mis dibujos», se dijo, tratando de vencer a los nervios mientras esperaba sentado en el respaldo, hojeando el cuaderno con dedos temblorosos, con las piernas moviéndose arriba y abajo, y los pies golpeteando sobre el asiento.

Tenía los ojos clavados en la puerta de rejas metálica, por donde iban accediendo al recinto los estudiantes en un reguero discontinuo.

Allí estaba.

Con la mochila azul habitual y una chaqueta tejana sin capucha, que dejaba al descubierto aquella melena de mechones rizados que solo con evocarla se le aceleraba el pulso.

Pau cerró los ojos durante un par de segundos, con el objetivo de concentrar toda su voluntad en lo que quería decir. No estaba dispuesto a quedar como un memo de nuevo. «La saludas, se para, y le enseñas los dibujos». Un plan sencillo. Él era capaz de llevarlo a cabo. Sabía hablar, sabía saludar y tenía entre las manos un cuaderno repleto de dibujos impresionantes.

‒Hola, Marta ‒disparó en cuanto abrió los párpados, sin tiempo para comprobar que la chica que pasaba junto al banco era realmente Marta.

Lo era.

La muchacha aminoró el paso y giró la cabeza, revelando una expresión de fastidio que automáticamente encendió todas las alarmas en el joven asustado. Pero enseguida relajó el gesto y los labios dibujaron una sonrisa.

‒Hola, Pau. ‒¡Sabía su nombre! Pau estaba al borde del infarto‒ ¿Qué tal el verano?

Marta se había detenido por completo y aguardaba la respuesta de su atónito compañero. «Vamos, piensa algo con lo que no quedes como un idiota y suéltalo antes de que se esfume». A Pau le temblaba todo, pero a pesar de ello consiguió controlarse y responder.

‒Bi… bien. Sobre todo en la playa, y ‒Levantó las manos, que sostenían el cuaderno‒… y dibujando.

Marta hizo una mueca de sorpresa y dirigió una mirada cargada de curiosidad a la libreta.

‒¿Qui… quieres verla? ‒se atrevió a proponer el muchacho, tal y como había reproducido mil veces en su imaginación.

Marta dudó un momento, echó una mirada rápida a la puerta del instituto y volvió a posar su atención en aquel cuaderno en cuya portada de cartulina azul claro no quedaba un milímetro cuadrado por garabatear.

‒No sabía que dibujabas. ‒Marta lo miró directamente a los ojos y notó cómo se acentuaba el efecto que provocaba en él, que, intimidado, acabó por apartar la vista‒. La verdad es que durante estos años has pasado tan desapercibido que sé muy poco sobre ti. ‒Marta alargó la mano hasta alcanzar la libreta. Pau, con la cabeza gacha y los hombros encogidos, se atrevió a lanzarle una mirada huidiza‒. Yo tampoco hablo mucho ‒concluyó la joven, ya con el cuaderno en su poder.

Marta pasaba páginas y se detenía a cada poco para fijarse en los detalles de aquellos dibujos ‒la mayoría a lápiz, algunos repasados con boli azul‒, que protagonizaban héroes y monstruos de todo tipo, pero también paisajes que le eran familiares, con el mar como elemento central de muchos de ellos.

Sonó la sirena, y Pau bajó del banco, aún con la sensación de estar inmerso en un sueño. Tomó aire y se dirigió a Marta, que seguía con toda la atención puesta en el papel.

‒Si quieres te la dejo y ya me la devolverás luego.

Pero Marta no reaccionaba. Se había quedado petrificada, con la libreta firmemente atenazada entre sus manos y la vista clavada en el último dibujo. Los estudiantes iban entrando en el edificio, y ya solo quedaban fuera los rezagados. Pau, por un lado, estaba pletórico. Que Marta hubiera quedado absorta contemplando sus creaciones era increíble, pero no podía obviar que su actitud era bastante extraña. Por fin se atrevió a intervenir, con timidez.

‒Marta, la sirena ha sonado hace un rato y van a cerrar la puerta.

Pero nada, la muchacha no reaccionaba. Entonces, Pau, con mucha cautela, le tocó suavemente el antebrazo derecho, con la misma delicadeza con la que uno tocaría una frágil figura de porcelana.

‒Marta…

De repente, la chica levantó la vista del dibujo y lo miró. Y ya no había ni asomo de sonrisa. Fue una fracción de segundo, lo suficiente para que a Pau se le helara el corazón. Nunca antes lo habían observado unos ojos tan fríos, y aquella expresión lo atravesó como un punzón de hielo.

Cuando recuperó el control, Marta corría hacia la puerta, y el cuaderno yacía abierto en el suelo. Antes de que Pau pudiera recuperarlo, sopló una ráfaga de viento con olor a mar. Las hojas corrieron para adelante y para atrás, hasta quedar de nuevo en la página que había hipnotizado a la muchacha.

En aquel momento, el sol hizo su aparición desde detrás del instituto. Pau agarró el cuaderno en el instante en que uno de los primeros rayos se reflejaba en el papel, casualmente en el punto donde aparecía dibujada la ventana de una vieja casa gris.

…..

Aquella tarde el tiempo empezó a cambiar.

Pau llevaba desde el día anterior dándole vueltas a la reacción desconcertante de Marta. Después de las clases la buscó sin éxito. Se había esfumado, y nadie parecía haberla visto. Ahora seguía pensando en ella, mientras el mar se encrespaba empujado por las nubes que crecían en el horizonte y la temperatura caía. «Ha llegado el otoño», sentenció, de vuelta de sus pensamientos.

La amenaza de la tormenta inminente lo hizo recoger la mochila e incorporarse para emprender el camino de regreso. Y entonces, al girarse, le dio un vuelco el corazón.

En la casa había luz.

Instintivamente, Pau levantó la vista al cielo, buscando un sol que ya había quedado oculto tras las nubes grises. Respiró hondo y cerró los ojos. Tenía que volver a mirar a la casa.

‒Que no haya luz, que no haya luz… ‒murmuraba, con los párpados apretados.

Pero al abrirlos de nuevo, la luz amarillenta seguía resplandeciendo tras la misma ventana.

…..

Esa noche, mientras el cielo rugía y lloraba a mares, Pau terminó el dibujo. Supo que era la versión definitiva porque al mirar el resplandor de la ventana sentía la misma inquietud que cuando creía ver luz en la casa real. Solo que ahora sabía que no eran imaginaciones suyas.

Antes de acostarse miró el dibujo una vez más y volvió a encontrarse en medio de la batalla entre la curiosidad y el temor.

…..

A la mañana siguiente el joven había decidido que su curiosidad era más fuerte que el miedo. Mientras sesteaba en clase de física, trataba de visualizar cómo sería la excursión de la tarde.

‒Eh, tú ‒susurró alguien.

Pau levantó la cabeza y, para su sorpresa, se encontró con una mano abierta que contenía un papel doblado. Siguiendo el brazo, apareció la cara poco entusiasta de un compañero con el que apenas había tenido relación en tres años.

‒Cógelo, es para ti.

Ante la expresión de desconcierto de Pau, el muchacho bufó y, sin ocultar su fastidio, aclaró:

‒Me lo ha dado Marta. ‒Pau casi salta de la silla‒. Lo habría leído y seguramente habría pasado de dártelo, pero, colega, esa tía da mucho miedo. No sé qué es, pero desde que me ha dado el papel solo quiero quitármelo de encima. Así que cógelo y olvídame.

Pau acercó su mano, pero no acababa de decidirse. Algo lo retenía. Estaba tan ansioso como asustado.

‒Va, tío, no me seas empanao.

Finalmente, con la misma precaución que si se tratara de un paquete bomba, Pau tomó el papel. Durante unos segundos se lo quedó mirando, con mil pensamientos circulando simultáneamente por su cerebro. Y entonces, con dedos temblorosos, lo desdobló, dejando al descubierto dos frases escritas a boli y en letras mayúsculas. Pau respiró hondo.

«NO ME BUSQUES», leyó.

Sintió un pellizco de decepción, pero, sobre todo, cómo se apoderaba de él tal inquietud que enseguida notó todos los músculos rígidos. De alguna forma sabía qué vendría después, y tenía miedo:

«POR FAVOR, NO TE ACERQUES A LA CASA».

…..

Hacía frío. El verano había sido barrido sin contemplaciones, y, aunque esa tarde no parecía que fuera a llover, soplaba el viento del norte con la intensidad de noviembre. Pau se arrebujó en la chaqueta tejana, con el cuello subido, pero seguía teniendo frío, y no sabía decir cuánto era debido al cambio de tiempo y cuánto a la zozobra que la nota de Marta le había provocado.

De todas formas, no le había hecho caso, así que como cada tarde avanzaba por el camino hacia la playa. Lo guiaba una extraña determinación. El mensaje llevaba implícito algo terrible. Era al mismo tiempo una advertencia, un ruego y quizás también un grito de socorro. La verdad es que estaba cagado de miedo, y no sabía de dónde salía la fuerza que lo empujaba hacia la casa. Pau se veía a sí mismo caminando, como un observador externo que hubiera perdido la capacidad de controlar su propio cuerpo. «Vuelve, vamos. Da media vuelta y olvida esta locura», se repetía a cada paso y, sin embargo, sus piernas continuaban adelante.

Llegó al punto desde el que ya se divisaba el mar. El viento arreciaba, y las olas rompían con violencia contra la playa, que con cada nueva andanada desaparecía bajo las aguas. Pau inició el descenso, con dificultad para aguantar el equilibrio a causa del viento. Notaba cómo la adrenalina le hervía en la sangre, más a medida que se acercaba a la curva desde la que divisaría la casa. «Vuélvete. Déjate de estupideces». Pero Pau pensaba en su vida, en la fría indiferencia que le esperaba en el hogar, y le parecía tan gris como la vieja casa que se había apoderado de su voluntad. Por un instante se vio a sí mismo rescatando a Marta, y momentáneamente eso decantó la balanza.

No había luz.

En lo alto de la loma, tras el bosque de pinos, la casa parecía aguardar su llegada, en silencio, casi mimetizada con el gris del cielo que se extendía detrás. Pau se detuvo, y durante unos segundos perdió el miedo. «Solo es una casa vieja», se dijo.

‒Seguro que lo de Marta es una broma. Me ha visto cara de pringao y no ha podido resistirse ‒verbalizó contra el viento, que le azotaba el rostro sin contemplaciones.

Y agarrándose a tan poco consistente reflexión se internó en el bosque.

Durante un par de minutos caminó en leve ascenso, resoplando y procurando fijar en su mente la idea de que la casa estaba abandonada. Pero entonces, al detenerse a tomar aire, se dio cuenta del silencio. Su respiración era lo único que se oía. «¿Qué ha pasado con el viento?», se preguntó, con inquietud creciente.

Los árboles estaban quietos, el viento había cesado por completo, no había sonido de insectos, ni siquiera el trino lejano de algún pájaro.

Y Pau se asustó. El instinto le ordenó dar marcha atrás, pero al girarse se dio cuenta de que se había perdido. El primer impulso fue salir corriendo, pero desde el fondo de su mente consiguió emerger un rastro de conciencia que lo hizo detener. «Tranquilo. Tienes que calmarte y pensar». Y eso hizo. Cerró los ojos, tomó aire y notó cómo el corazón desaceleraba. La perspectiva de una noche a oscuras en aquel bosque silencioso era tan aterradora como la misteriosa iluminación de la casa gris. «Tiene que haber una explicación», se dijo, y al abrir los ojos de nuevo fue capaz de atisbar entre las ramas las olas rompiendo en la playa. Eso lo calmó, lo bastante al menos como para mantener la resolución que lo había llevado hasta allí.

«POR FAVOR, NO TE ACERQUES A LA CASA». La imagen de la nota abierta en la mano volvió a ocupar sus pensamientos, y Pau, a pesar del miedo y de todas las señales que lo invitaban a abandonar, afrontó la última parte del camino, con los dientes y los puños bien apretados como remedio al temblor que afectaba a todos sus músculos.

…..

El sendero en el último tramo por el bosque se fue transformando en una pista pavimentada con piedras cubiertas de musgo y liquen, testimonio de tiempos mejores, ya lejanos. A medida que se acercaba al límite de la pinada, la vieja carretera iba recuperando la juventud, como si se tratara de una de esas aburridas líneas cronológicas que les hacían copiar en clase de historia. Así que cuando Pau sorteó el arco que formaban las ramas de los últimos pinos, se encontró al borde de una verde pradera atravesada por el camino de piedra que lo llevaría en suave ascenso al otro lado, donde lo aguardaba la casa, tan gris como siempre y con las ventanas oscuras.

Volvió a respirar hondo, y al dar el primer paso recibió la bofetada de bienvenida del viento reencontrado. Se ajustó el cuello de la tejana, metió las manos en los bolsillos y continuó adelante.

Tardó muy poco en plantarse ante la casa. El sendero conducía directo a la entrada, cuya puerta, a los veinte metros de distancia desde donde observaba Pau, aparecía medio abierta.

‒Mi padre tiene razón, está abandonada ‒concluyó en un murmullo, y se sintió aliviado.

No solo era la puerta. La mayoría de las ventanas carecían de cristal, varias zonas del tejado estaban despobladas de tejas, dejando al descubierto algunos agujeros, que también se reproducían en la fachada, y en los alrededores había multitud de objetos desperdigados, las últimas huellas de sus antiguos moradores.

Pau fue recuperando la calma y la confianza, y la inquietud fue dejando paso a la curiosidad. Era evidente que allí no había nadie. «¿Y qué pasa con las luces?», se preguntó. Pensó unos instantes, y entonces, satisfecho de sí mismo, halló la respuesta:

‒Okupas, un vagabundo o simplemente un grupo de chavales con una linterna.

Sacudió la cabeza, sonrió al recordar la manera tan infantil en que había sido dominado por el miedo, sacó las manos de los bolsillos, y, con decisión, avanzó hacia la puerta. Ya que había llegado hasta allí, tenía que entrar.

…..

Era media tarde. A principios de octubre, los días seguían siendo largos, aunque el cielo encapotado restaba buena parte de la luz normal a esa hora. Desde lo alto de la loma, antes de franquear la puerta, Pau giró la cabeza y observó el mar, su querido mar, lo que más amaba en el mundo. Las olas, empujadas por el viento, rompían con violencia contra las rocas. Era el mismo viento que aullaba al circular por los huecos de las ventanas y los agujeros del tejado y las paredes. ¿Viento, o quizás fantasmas? El muchacho sintió un escalofrío y dudó, pero no lo suficiente como para dar marcha atrás.

Así que entró en la casa.

Al principio no vio nada. No hacía sol, de modo que el contraste con el exterior no era tan pronunciado, pero aun así necesitó unos segundos para acostumbrarse a la semipenumbra. Ante sí tenía una sala espaciosa, con una escalera ancha en el centro, como la de las casas de las películas de época. A derecha y a izquierda se abrían otras salas, a las que se accedía a través de pasillos. Pau no tenía intención de recorrer todo el edificio. De hecho, con esa pequeña inspección desde el recibidor ya quedaba colmada su curiosidad.

Dio un paso corto hacia la izquierda y sintió un crujido bajo sus pies. Dio un respingo. «¿Qué has pisado?», se preguntó, con el corazón latiéndole en el cuello. Bajó la vista. Le costó un poco identificar qué eran aquellas cosas, pero cuando lo hizo no pudo reprimir un grito de pavor.

Estaba rodeado de huesos. Los había de tamaños diversos, así que debían pertenecer a animales diferentes, pero lo que aterró a Pau, de un modo que se sintió anclado al suelo, incapaz de mover un músculo, fueron los cráneos humanos.

‒¿Por qué has tenido que venir? Te dije que no lo hicieras. ‒Marta lloraba mientras descendía la escalera, muy despacio, sin ganas, arrastrando los pies‒. ¿Por qué, Pau? ¿Por qué has tenido que venir? ‒insistió, presa del llanto, sin poder detener el avance de sus piernas exhaustas.

Cuando alguien cerró la puerta con un golpe seco, Pau ya había perdido el control de sus pensamientos.

Y el viento seguía aullando.

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