Días de vino, risas y cine bajo las estrellas

Cuando uno está a gusto en un sitio, cuesta marcharse; aunque se sea consciente de que la sensación de bienestar está aumentada por el hecho de encontrarte de vacaciones, y de que prolongar la estancia a cuando las obligaciones son parte indisociable del día a día probablemente reduzca el encanto.

Es igual. El verano pasado caté la magia de la Muestra de cine de Ascaso, la más pequeña del mundo (eso dicen, pero a mí me parece gigante en muchos aspectos), y este año tenía muy claro que quería vivirla los cinco días. Reservé con antelación mi plaza en la zona de acampada y, tras el habitual periplo por las alturas pirenaicas, concluí las vacaciones en la aldea sobrarbense, que se llena de vida cada final de agosto gracias al trabajo incansable de los voluntarios que hacen posible la mágica simbiosis del cine con un entorno natural espectacular.

El sábado por la noche no quería pensar en que el hechizo se rompería en unas horas, en que la vida que nos hemos construido los estúpidos humanos no consiste en vibrar con todos los sentidos, esa es la excepción, el caramelo que está reservado para ciertos momentos y que sólo podemos saborear unos pocos privilegiados (aunque tengas el presupuesto controlado al céntimo, porque en septiembre ya no hay caramelos).

Disfruté tanto esos días, que estoy deseando repetir el verano que viene, y además pretendo ser parte activa de la magia, de modo que espero engrosar el equipo de voluntarios. Qué gente tan maja. La verdad es que me he sentido parte de la familia; son un factor fundamental para que el festival se haya convertido en un valioso tesoro a conservar, pese a la (nada sorprendente) dejadez de las administraciones.

Miguel (impulsor de la muestra) y compañía ya se encargan de poner los puntos sobre las íes respecto a las cuestiones a mejorar, pero es que hay cosas que claman al cielo: el lamentable estado en que se encuentra la pista de acceso a Ascaso y, sobre todo, el hecho de que tengan que ser los voluntarios quienes se encarguen de regular el tráfico y de recomendar cómo y dónde aparcar para evitar que algún vehículo acabe despeñándose por el barranco.

Un observador objetivo diría que quizás las administraciones no tengan demasiado interés en que la aldea reviva y en que el festival de cine continúe adelante. Y es obvio que Ascaso no va a revolucionar (al menos a corto plazo) la actividad cultural y económica del Sobrarbe, que básicamente se sostiene, como buena parte del país, en el turismo estacional, pero sí debería ser un patrimonio a conservar y potenciar, sin que llegue a desbordarse, claro, porque el encanto de la iniciativa reside en el pequeño formato y en su acento social; en la magia de las proyecciones bajo las estrellas y en las tertulias al calor de la borda y del vino de Enate.

Río Ara
Qué baño más bueno en las pozas del río Ara…

Las estrellas, el cine, el vino, la charla en buena compañía, el entorno natural, las risas, los baños en el río Ara, los bailes con la Orquestina del Fabirol (qué magníficos maestros de ceremonias y animadores son Elena y Roberto), la paella popular a pesar de la tormenta, la gente inspiradora… Como Isabel Segura y Carmelo López, galardonados con el Premio Ascaso. «Ser viajera es llegar, pero ser viajera es sobre todo despedirse», reflexiona Isabel en África en Cinecicleta, al darse cuenta de que para disfrutar de su aventura de dos años comunicándose mediante proyecciones de cine tiene que aprender a dejar ir, a aceptar que las personas y los lugares entran y salen de nuestras vidas, y que no podemos retenerlos a todos.

La vida es un viaje, o al menos deberíamos hacer lo posible por que lo fuera. «No hay que hacer las cosas que no te gustan», fue otro de los aprendizajes de Isabel. Simple, el razonamiento de un niño si se quiere, pero con el que estoy cada vez más de acuerdo. ¿Por qué? ¿Por qué nos resignamos a que la norma sea arrastrar los pies y mantener la cabeza gacha? ¿Por qué parece que debamos sentirnos culpables por disfrutar? Eres pobre, pues a sufrir. A ganarte el pan y a renunciar a la vida. Sí, eso es lo que hacemos, pero no deberíamos aceptarlo.

Macizo Posets-Maladeta
Espectacular vista del macizo Posets-Maladeta desde el puerto de la Madera, en el Pirineo Aragonés.

Si pienso en mi mes de agosto, sólo puedo sonreír. Me he llevado el trabajo a cuestas, un proyecto del que hablaré muy pronto porque va a ser una realidad el mes que viene, y aunque le he dedicado muchas horas, lo he podido combinar con la vida al aire libre, con mis caminatas por las espectaculares montañas del Pirineo Aragonés, con encuentros con gente que deja poso, con experiencias memorables, como el cine bajo las estrellas.

Ascaso - Juan Zamora
Bajo ese cielo se proyectan las películas de la Muestra de cine de Ascaso. Fotaza del gran Juan Zamora Lamas.
Atardecer desde Ascaso
Los atardeceres desde Ascaso son dignos de una película.

A mis 45 años, todavía pienso que el sentido de la vida es disfrutar de ella. No es que lo piense todavía, sino que cada vez estoy más convencido de ello. Perderse en la búsqueda de respuestas es desaprovechar oportunidades; prefiero plantearme nuevas preguntas, y sentir. Llegar, pero también aceptar las despedidas. Llenarme los sentidos de paisajes, y de gente estimulante. Mi objetivo vital es que los momentos memorables vayan ganando terreno hasta que los otros, los que nos mantienen clavados al suelo muy a nuestro pesar, sean irrelevantes.

Suena bien, pero no es un objetivo sencillo. Desintoxicarse del sistema depredador en que vivimos es complicado porque está lleno de trampas para hacernos picar. Creo que el hecho de sentir muy poco apego por lo material es un primer paso en la «buena» dirección.

En Ascaso he disfrutado de películas inspiradoras, como la ya mencionada sobre el proyecto Cinecicleta, y la islandesa La mujer de la montaña, una crítica inteligente a la sociedad capitalista y sus mecanismos de control basados en el racismo, la propaganda y la criminalización de cualquier signo de disidencia. Es una película feminista y ecologista, cargada de humor fino e ingeniosos recursos estilísticos, sobre la dificultad de llevar adelante unos ideales que entran en conflicto con los intereses del sistema. Los paisajes de Islandia, siempre presentes, resultan apabullantes.

Me encantó Buñuel en el laberinto de las tortugas, película de animación de Salvador Simó sobre el proceso de rodaje del documental Las Hurdes, tierra sin pan, que Luis Buñuel realizó en 1933. Lo mejor de la cinta es la reivindicación de la figura de Ramón Acín, amigo de Buñuel, humanista libertario, oscense, a quien el fascismo no perdonó ser buena persona. Ni a él ni a su compañera, Conchita Monrás. Ambos fueron ejecutados.

Ha sido esta una muestra muy «Buñueliana». La calle Única de Ascaso ha estado decorada con una exposición de la Fundación Televisa con fotografías que el mexicano Manuel Álvarez Bravo tomó durante el rodaje de Nazarín. Fue muy interesante la tertulia que contó con la participación del comisario de la muestra, Héctor Orozco, tras la proyección de Los olvidados, peliculón rodado por Buñuel en 1950 que desató la indignación de buena parte de la sociedad mexicana a causa del retrato descarnado y desesperanzado sobre esa juventud olvidada que setenta años después sigue sobreviviendo en las calles de las grandes ciudades. También pudimos ver Simón del desierto, un curioso ejercicio surrealista en el que Buñuel ridiculiza el ceremonial religioso cristiano, que dudo que hoy en día se pudiera rodar y proyectar.

En el debate que cerró la jornada dedicada a Buñuel participó también Samuel Alarcón, autor de la cinta, en mi opinión, más ingeniosa del festival: Oscuro y Lucientes, un «thriller» documental que arranca con la muerte de Francisco de Goya en Burdeos. Tras años de olvido, se descubre que alguien había robado la cabeza del cadáver… Es un ejercicio cinematográfico cargado de ingenio, en el que Alarcón juega con los recursos visuales que complementan a la perfección la hipnótica voz en off del narrador de la historia, Féodor Atkine. Samuel cuenta además con un importante punto a favor: que es un tío muy majo, y eso gusta mucho en Ascaso (y en casi cualquier parte).

La nota «folclórica» la puso la proyección con la que se estrenó la muestra: Zaniki, obra de Gabriel Velázquez y, sobre todo, de su protagonista, el músico folk Eusebio Mayalde, que actúa de sí mismo haciendo gala de su prodigiosa capacidad para crear música a partir de cualquier objeto. En la película actúa todo el clan charro Mayalde, con mención especial para el nieto, Zaniki. Tras su proyección se abrió un interesante y por momentos encendido debate sobre la transmisión de las tradiciones y la aparente intrascendencia de las mujeres de la familia.

Pero Ascaso no sería la muestra de cine que es sin esas películas que cuesta encontrar en otros festivales y, desde luego, que resulta imposible encontrar en las salas comerciales; películas que dejan el corazón encogido y la certeza de que hay muchas cosas que funcionan muy mal en el mundo. En esta edición, la octava, se han proyectado dos: Comandante Arian e Idrissa.

La primera relata casi en primera persona las operaciones de las YPG kurdas en su guerra contra el Daesh para liberar la ciudad de Kobane, en la región autónoma de Rojava, en el norte de Siria. La realizadora catalana Alba Sotorra se implicó personalmente en la lucha de las mujeres kurdas y creó un vínculo muy estrecho con la comandante Arian, quien resultó gravemente herida en una de las batallas contra los fascistas islámicos.

Con el estallido de la guerra en Siria, los kurdos y sobre todo las kurdas de Rojava iniciaron una revolución libertaria y feminista que ha transformado la sociedad pese a la amenaza de los fanáticos del Daesh y la hostilidad de Turquía. Tras la película, Amaranta Vellanuga, activista de Solidaridad con el Pueblo Kurdo, explicó cómo se está desarrollando este proceso. Aprovecho para recordar que uno de los artículos más leídos en «la recacha» es precisamente el que dediqué hace más de cuatro años a la revolución kurda.

Respecto a Idrissa. Crónica de una muerte cualquiera, relata el largo y penoso proceso para conseguir repatriar a Guinea Conakri el cuerpo de Idrissa Diallo, el joven que murió en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de Barcelona en enero de 2012. Después de una investigación opaca (como en todos los casos de muertes en cárceles o dependencias policiales), el cuerpo acabó en un nicho anónimo, y sólo la implicación de varias ONGs y de la productora Metromuster, responsable del documental, hizo posible la recuperación del cadáver para entregárselo a su familia.

En Ascaso pudimos charlar con Xavier Artigas, codirector junto a Xapo Ortega del documental, en un momento en el que el menosprecio por la vida de quienes se aventuran a un muy probable naufragio en el Mediterráneo se ha convertido en la seña de identidad de esta Europa aporófoba y racista, cada vez más cerrada en su miseria moral.

Y no me olvido de los cortometrajes: (una llamada a la persistencia, a no renunciar), La buena madre (genial bofetada al racista Donald Trump), Ashmina (duro retrato sobre la explotación infantil femenina en Nepal) y Out of plastic (un grito de auxilio y a la conciencia de los consumidores para poner remedio al vertido de plásticos en el Mediterráneo).

El verano que viene vuelvo, a Ascaso y a disfrutar del Pirineo Aragonés. Necesito escuchar el silencio de las montañas, oler sus bosques y prados, bañarme en sus aguas, descubrir nuevos rincones. Salir a caminar por el placer de hacerlo. Cada día que paso allí tengo más claro que estoy en casa, así que el reto para los próximos meses es frecuentarlo más a menudo, no sólo en verano. Desde luego, el hecho de implicarme en la organización de las jornadas de la Bolsa de Bielsa y en los proyectos de promoción de la lectura y escritura que desarrolla esa maravillosa entidad maña que es Atrapavientos me va a proporcionar coartadas para hacerlo.

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